Una vista corta
Con motivo de las fiestas paso a saludar a mi amigo el Toto Pechuga y como de costumbre a estas horas, me lo encuentro tomando mate debajo de la parra de uva chinche. Me arrima una silla para que me siente y él se ubica nuevamente en su banquito, uno bajo que nombra como «el de ordeñar», aunque en realidad, dice, yo nunca ordeñé una vaca y no sé cómo se hace, porque hay que saber agarrarle el pezón y apretar y tirar para que salga el chijete, y a mí qué querés que te diga, esas son cosas para terneros y no para hombres, porque cada cual con su madre de acuerdo a la naturaleza de cada uno, ¿o no? Sí, claro, apruebo sin mucho entusiasmo. Hay una pausa que él aprovecha para hacerle roncar el fondo al mate un par de veces, es como un rezongo que le saca y pienso si esa no será la forma de dialogar que tienen los materos solitarios. El desnivel entre su banquito y mi silla me obliga a verlo de arriba. Está perdiendo pelo en la coronilla y luce una luneta de las que usaban antes los curas, en los tiempos en que andaban por la calle de sotana y se decía que verlo venir de frente traía suerte, así como gato negro que se cruza trae desgracia, está comprobado, dice el Toto que de gatos conoce más que de vacas porque el gato es flor de compañero y en invierno es mejor que el porrón, y sale el tema de la Ginebra Bols, que era el nombre de un holandés que la inventó, afirma el Toto que de bebidas sabe más que de gatos. Yo sé que el Toto no es afín a las fiestas de Fin de Año pero el tema sale solo porque cada poco rato se escucha reventar algún cohete, desubicado, dice aquel, porque no es hora y suena mal, suena falso, es como si los fuegos artificiales de la Rambla los hicieran al mediodía, a quién se le ocurre. Hay cosas que requieren la noche, la complicidad de las sombras para que ocurra la magia, el misterio al rayo del sol no funciona. De día se ve tanto que no se ve nada. Su posición le permite observar de cerca mis calcetines y me dice no sé cómo podés andar así con este calor, y además, debés ser daltónico porque tenés dos de distintos colores, fijate que ese es más claro que este, señala y por un momento temo haber salido con uno de cada par, pero no, te parece Toto, fijate que el dibujo es el mismo y sacude la cabeza como diciendo puede ser y me agarra los dos tobillos y mira de cerca, y vuelve a sacudir la cabeza y arruga la nariz en un gesto que significa qué querés que te diga. Le hago notar que no me invitó con un mate y me dice está fulero, se me enfrió y está medio lavado y ya no tiene más vueltas, porque el Toto es de los que aprovechan cada cebadura con esa maestría que se necesita para ir moviendo la bombilla al milímetro, que de algo tiene que hacer alarde el hombre, aunque sea de saber cebar el mate, que en este país no es poca cosa. Ahora pienso que debí llevarle una botellita de algo a mi amigo, pero me ocurre con frecuencia que me doy cuenta después, cuando ya hice el papelón de caer con las manos vacías. Como si el Toto me adivinara se levanta y vuelve con una de caña y dos copitas, y brindamos en silencio, sin palabras, chocando los vidrios nomás, como si ya estuviera todo dicho, y estaba. Al llegar a la esquina siento ganas de volver y quedarme otro rato, decirle a mi amigo que lo quiero, pero sigo caminando, me voy, no faltará oportunidad, será el año que viene.
De tanto en tanto me levanto un poquito los pantalones y me miro los calcetines. Para mí que son iguales. *
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