Adolfo Rodríguez Saá ¿es un nuevo Perón?

EMILIO J. CORBIERE (*)

 

Hasta hace pocos días eran considerados «enemigos públicos» por la gestión de la Alianza radical-frepasista. Ahora estaban en la Casa Rosada y el presidente les dijo que era como si estuvieran en su casa.

No fue el único gesto. Hebe de Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo también habían sido invitadas a otra reunión donde el presidente les comunicó que antes de fin de año dejaría en libertad a todos los presos políticos y sociales, entre ellos a Emilio Alí y Raúl Castells. Otra novedad que ha alegrado sobremanera a las organizaciones de derechos humanos es que el nuevo gobierno ha removido la legislación que impedía la extradición de militares del Proceso reclamados por los jueces europeos para su juzgamiento por crímenes de lesa humanidad. La remoción del comisario Ruben Santos, jefe de la Policía que reprimió cruentamente las movilizaciones populares en el centro de la ciudad, también ha sido bien recibida por la población. Otra reunión significativa fue la del presidente con el «grupo productivo» que reúne a la Unión Industrial Argentina, las Apyme y el sector exportador. Es el mismo grupo que el ex presidente Fernando de la Rúa despreció pocas horas antes de su caída durante un cónclave en el local de Cáritas, en la cercanía de la Casa de Gobierno.

Los «piqueteros», es decir el enorme «ejército de reserva» de desocupados, son la representación de los sectores más sumergidos de sociedad que apenas tienen para comer y que sobreviven con los «planes trabajar» utilizados como forma de presión por el gobierno anterior. La ex ministra de Trabajo Patricia Bullrich les había declarado una guerra sin cuartel utilizando los medios de comunicación para desacreditar a los dirigentes y restarles importancia como fuerza social. Se parecen mucho a aquellos «cabecitas negras» que irrumpieron a la luz pública y en plena Buenos Aires aquel 17 de octubre de 1945 de la historia peronista.

Pero este comienzo de siglo es distinto al mundo de la posguerra. Ahora la Argentina está sumergida en la globalización capitalista financiera, sólo le quedan las riquezas naturales, que son muchas y la de su gente, pero su aparato productivo está totalmente destruido; la violencia y la corrupción estructural corroen y disgregan tanto el Estado como la sociedad civil. La clase dirigente política y social está totalmente subyugada por la ideología del neoliberalismo.

¿Es Adolfo Rodríguez Saá un nuevo Perón? La historia lo ha colocado al frente de un gobierno de transición para preparar nuevos comicios nacionales en marzo. En noventa días tiene la posibilidad de desplegar su propuesta hacia el futuro. La tentación por quedarse en el gobierno es grande pero sus adversarios internos o externos al peronismo son enormes. El «riesgo país» crecía, dibujado por las agencias financieras internacionales, a casi 6.000 puntos y los operadores del capital financiero, por radio y TV, proclaman que la Argentina ha entrado «en un cono de sombras» y que «se aisla del mundo». Es curioso. Para Solanet, Ávila, los Alemann, entre otros, los diarios económicos, «aislarse» es dejar de pagar los intereses usurarios de la deuda externa y tratar de investigar el capital de esa deuda por vía parlamentaria. Por el otro lado, el premier cubano Fidel Castro le envió al presidente argentino una carta de saludo. Fidel, en 1985, en una conferencia sobre la deuda externa, realizada en La Habana, ya había sostenido la imposibilidad de pagar esa deuda. Por otro lado, no deja de satisfacer al gobernante cubano la caída de Fernando de la Rúa, cuya política diplomática hizo tanto daño al gobierno caribeño.

Un bonapartismo en el siglo XXI

Rodríguez Saá ha puesto en circulación 100.000 puestos de trabajo de un plan de un millón a desarrollar en los próximos tres meses. El reparto abarca las provincias, grupos sociales y hasta las Fuerzas Armadas, que han recibido 5.000 «planes trabajar» por cabeza de cada fuerza. La misma política ha sido empleada para la designación en los cargos públicos, tratando de cubrir todos los sectores del justicialismo aunque el más perjudicado es el menemista, que deseaba hegemonizar, desde las sombras, la transición.

Incluso el relevo de Rodolfo Barra, de la Auditoría General de la Nación, cargo que ha pasado a los radicales, ha sido significativo, porque si bien la normativa legal establece que el cargo debe ser otorgado a la fuerza política opositora, podía haberse hecho demorar la nueva designación para tener tiempo de realizar consultas. Lo sacó al miembro cooperador del Opus Dei, doctor Barra, uno de los delfines menemistas, lo designó en un cargo menor y dejó el lugar para que sea cubierto por los opositores. En cuanto a designaciones, hay algunas muy cuestionadas, como la de Carlos Grosso, quien reconoció que no lo tomaban por su «prontuario» sino por su «inteligencia». También hay quejas crecientes por la provincialización completa de las redes de salud y educación, incluido el PAMI, que Rodríguez Saá realiza dentro de la estrategia de «federalizar al país».

La historia no se repite de la misma manera. Eso lo decía Hegel. Marx agregó en su libro sobre el XVIII Brumario de Luis Bonaparte que la historia aparece como drama y suele repetirse como farsa. Lo de Perón de 1945 fue único. Lo de Rodríguez Saá puede ser sólo un momento fugaz y que su proyecto lo devore la realidad. Pero también debería saber que a los hombres públicos la historia pasa sólo una vez por la puerta de sus casas y que si ella no es abrazada, nunca más retorna.

La tecla difícil es la de la economía, la deuda externa y la reactivación. Para enfrentar el problema no sirve sólo el bonapartismo verbalista. La crisis no es como dicen los agoreros de la Argentina. Hay una economía financiera mundial en crisis, por tanto los Estados Unidos, como Alemania y Japón están entrando en depresión. O la Argentina aprende a vivir con lo suyo, a pensar en ella, en su desarrollo, por su gente, o será devorada por los buitres que rondan peligrosamente. *

Analista político argentino(Especial en Uruguay para LA REPUBLICA)

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