El cine que fue
En materia de cine, como en el golf, la desmesura es mala consejera. Tan sesuda reflexión se asoma implacable y se afirma inamovible a medida que transcurre el filme «En la cama pasan cosas», cuyo título debidamente traducido debió ser «Así no vale». En realidad se trata de una obra que tiene algunos valores, no siendo el menor el del director Knud Hetz al asumir toda la responsabilidad de lo hecho. La acción se desarrolla en una vieja granja, cuyo granero abastece a todos los jóvenes de la zona en la edad del acné. El propietario es un anciano filatélico, que heredó la propiedad de un tío victima de la fiebre amarilla propagada por el cuadro de Blanes durante una exposición itinerante por Europa. Una noche de viento la mujer le abre la puerta, y le forma una corriente de aire que le lleva la colección de sellos (en una escena que, sospechosamente, nos recuerda «Vuelan las grullas») y el anciano enloquece y la mata con la corneta de una vitrola RCA con perrito que oye. La cuñada, que se acuesta con un leñador cuya irritante parsimonia sólo ha sido superada por Peter Fonda lidiando con la miel entre las abejas en «El padre del zángano», descubre el cadáver entre el follaje de una tomatera, y planea chantajear al viejito que enloquece y se cuelga de un roble. Colgado por la cintura se hamaca hasta que un nieto resuelve internarlo, pero es atacado por un oso que tiene pegado en una de sus patas el sello más valioso de la colección volada. No sería honesto abundar en el desarrollo del filme, pero es lícito decir que la música es de una simplicidad agobiante. El pito, como instrumento, tuvo su mayor eficacia en el tratamiento que le diera Carlitos Chaplin con hipo, pero en el caso que nos ocupa, agravado por la falta de imaginación para lograr algunas variaciones, no sólo no logra crear los climas adecuados sino que destruye, con su estridencia, toda posibilidad, por parte del espectador, de imaginar una melodía que bien podía ser, entre otras, «Noche de rondas». Lamentable también, los títulos en castellano. Impresos a destiempo, las imágenes iban muy adelantadas con respecto a los títulos, a tal punto que, acabada la película, los espectadores debimos permanecer otra media hora en la sala para enterarnos, sobre fondo blanco, de qué se había dicho durante esa última parte, que era, además, de fundamental importancia para la cabal compresión del argumento. Por estas y otras razones, nos atrevemos a decir que no ha sido lo mejor del año. Habrá que esperar y confiar en nuestro cine, que se las trae. Ya van a ver. *
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