Unión Europea: una moneda única, un destino común

JOAQUIN ROY (*)

 

En el acto culminante de la presidencia semestral belga (a la que sucederá España el próximo 1º de enero), la UE decidió convocar una convención, dirigida por el ex presidente francés Valèry Giscard D’Estaing, para dotarse de una verdadera constitución que sustituya la serie de tratados que desde la fundación en 1951 de la original Comunidad Europea del Carbón y del Acero ha regido el experimento diseñado por Jean Monnet.

No hay para menos, ya que al final de la presente década, la UE puede doblar el número de sus miembros, de los presentes quince a una treintena, dejando fuera de Europa (temporalmente, según algunos expertos) apenas a Rusia y algunos de sus antiguos satélites.

De todos los capítulos de la historia reciente de la UE, quizá ninguna supera en simbología a la adopción del euro, resolución lógica de la decisión en mitad de los 80 de completar el mercado único, asignatura pendiente desde el Tratado de Roma de 1957. Desde entonces, la UE se ha movido por una brújula encarada hacia un rumbo definido. La meta siempre ha sido la creación de una novísima entidad en la historia de la cooperación entre estados, que fuera algo diferente de la tradicional estructura de federaciones, confederaciones, estados-nación al uso tradicional y organizaciones internacionales regidas por la lógica intergubernamental (como las Naciones Unidas o la OEA). La UE, según la ocurrente definición de Jacques Delors, el decisivo presidente de la Comisión Europea, artífice del camino hacia Maastricht y el euro, es un OPNI, un Objeto Político No Identificado. El resto del mundo deberá acostumbrarse a aceptar que la UE es diferente.

La adopción del euro ayudará a consolidar el mensaje de unidad, pero no como sublimación de lo que Winston Churchill en 1946 en Zurich llamó los Estados Unidos de Europa, al que se atribuye erróneamente (desde una perspectiva excesivamente anglosajona) el inicio de esta expresión.

Anteriormente, un puñado notable de líderes y comentaristas europeos, mayoritariamente franceses, aludieron directamente al mismo proyecto. Desde Víctor Hugo en mitad del siglo XIX a los socialistas alemanes a principios del XX, desde el visionario húngaro Coudenhove-Kalergi en los años veinte hasta Ortega y Gasset en el contexto de «La rebelión de las masas» en 1930, todos arroparon la obsesión del ministro de Asuntos Exteriores francés Aristide Briand en forjar una sólida federación, luego enterrada en las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.

En cualquier caso, la evolución histórica de los experimentos de la integración muestra que hay dos modelos. Uno está dedicado a la integración tenaz de todos los sectores de la economía para llegar inexorablemente a los políticos; el otro se reduce a la desaparición de los aranceles y apostar por el simple libre comercio. La diferencia esencial de la UE es que cada paso en la integración es simplemente una etapa hacia el siguiente para lograr lo aparentemente imposible: el mantenimiento del estado-nación y la simultánea construcción de otra entidad que administre la soberanía compartida. Esta cesta común (llamada «primer pilar» en la eurolengua) ha ido creciendo tenazmente desde 1950, hasta que ahora parece que fuera de ella solamente quedan algunas dimensiones sensibles de la soberanía nacional, encuadradas en el segundo pilar (defensa) y el tercero (justicia). La teoría política enseña que el ejercicio de la soberanía de las naciones está básicamente centrado en el control del territorio (con su economía regulada por transacciones en una moneda) y el monopolio de la fuerza (ejercida por las fuerzas armadas y la policía). Desaparecida la moneda nacional, ya solamente se mantienen el orden interior y el ejército como restos de la soberanía estatal tradicional. Algunas señales apuntan a que estos dos sectores están también camino de ser erosionados y compartidos.

Tras el 11 de setiembre, se ha avanzado espectacularmente en la adopción de un espacio judicial común para por lo menos lograr una definición continental de la amenaza terrorista. Con el euro, solamente faltaría la integración de los ejércitos nacionales. Aunque este camino será largo, en unos salones de Bruselas un centenar de oficiales militares de quince estados europeos están ya diseñando la logística que permitirá que 60.000 soldados puedan ser despachados a zonas de conflicto encuadrados en la Fuerza de Acción Rápida, en esencia el germen del futuro ejército europeo. *

 

(*) Catedrático ‘Jean Monnet’ de Integración Europea en la Facultad de Estudios Internacionales, e Investigador Senior del Centro Norte-Sur, de la Universidad de Miami ([email protected]) (Exclusivo para LA REPUBLICA)

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