Argentina, la utopía del mercado

JOAQUIN ROY (*)

 

Estas medidas convirtieron al país, de ser una sociedad en la que apenas unas décadas atrás todo parecía depender del clientelismo del Estado y de la cosecha de la pampa, en un laboratorio utópico del triunfo del sistema liderado por los Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría. La utopía marxista había sido sustituida definitivamente por la todavía más idealizada del mercado en el fin de la historia.

El fracaso de esta estrategia, basada en la privatización, la paridad con el dólar y el cumplimiento de los requisitos del Fondo Monetario Internacional, es solamente una parte de la explicación para interpretar las claves remotas de la caída del sistema que ha desembocado trágicamente en muertes y saqueos, y espectacularmente en la dimisión del presidente. El problema viene de lejos. Paradójicamente, más que fallar el mercado y el propio Estado (suicidamente «achicado», para usar la terminología en boga), la que ha hecho aguas es la sociedad que ahora aparece como víctima.

Argentina se ha convertido en un ejemplo emblemático de la incapacidad contemporánea de cumplir con el guión de hace un par de siglos para transitar del ancient regime al moderno, con la puesta en marcha de aquel invento mágico que se ha llamado estado-nación. En una de las variantes, ahora se testifica el resurgimiento de la nación primordial, étnica; en otra, al estilo francés, el Estado se debía encargar de la producción de la nación.

En Italia, por ejemplo, con la unificación el humor descreído decía que ya había una Italia y que ahora se debía proceder a hacer italianos.

Fue el modelo para las Américas, donde apenas ha resultado exitoso en los Estados Unidos y Canadá.

En la Argentina, cuando se optó definitivamente por la opción sarmientina de la civilización contra la barbarie, la apuesta se fundó en la inserción de la economía en la red imperial británica, y luego en la norteamericana. Los beneficios de la pampa, administrados por el Estado en una primera etapa predominantemente en la primera mitad del pasado siglo, y la política de sustitución de importaciones de la segunda, se encargarían de hacer argentinos.

El problema es que este modelo de nacionalismo de voluntad tiene el lastre de que debe librar resultados. La nación de opción debe resultar un buen negocio. En algún momento de los años 30, la Argentina comenzó a fallar en ese aspecto, y solamente bajo el espejismo populista consiguió mantenerse la esperanza a flote. Ahora prácticamente ya nadie cree en el sueño.

Si hace unas décadas los estratos más beneficiados («los que mandan») fueron los primeros que optaron por el «exilio» a través del capital, al menos «los de abajo» todavía tenían la esperanza de los cantos de sirena revolucionarios, mientras la todavía clase media estaba apuntalada por los restos de la economía subsidiada. Con el final de la Guerra Fría, los destituidos se quedaron sin opción utópica, la criminalidad se ensañó en ellos, mientras sus filas eran engrosadas por las capas medias que se debían quedar en el país, al tiempo que miles elegían la emigración a Europa o los Estados Unidos. Más que «achicar» el Estado, se logró el achicamiento de la nación. El problema no era el Estado, sino la ausencia efectiva de Estado.

La apuesta por este modelo de nación voluntarista, del que hasta la fecha el más claro superviviente es el imperante en Norteamérica, como coagulación concreta del «plebiscito diario» que reclamaba Ernest Renan, es al mismo tiempo (nueva paradoja) el más fácil de proponer y plantear, ya que no requiere condiciones anteriores: son americanos (en el sentido amplio del término) los que desean serlo, generalmente como consecuencia del rechazo de ser europeos o asiáticos.

Pero simultáneamente es el más difícil, ya que al contrario de la lealtad que asumen los lazos de sangre y tradición (frecuentemente inventados) del modelo esencialista, el nacionalismo político debe al final del día librar concretos beneficios: trabajo, comida, vivienda, seguridad material, y sobre todo mental.

Imposibilitados de disfrutar de un nacionalismo de base étnica, esto es lo que los desesperados reclamaban cuando saqueaban los supermercados de Buenos Aires. Sus padres o abuelos habían sido atraídos a la Argentina pos-sarmientina por las ofertas de una vida mejor para ser «argentinos hasta la muerte», según el poema de Fernández Moreno. Ahora, agotada la tregua planteada por la transición de la dictadura, reclaman los beneficios de adherirse al sueño americano.

El problema es que esta lealtad mental no es ya utópica, sino que necesita realizaciones palpables. En el fondo, por lo tanto, la crisis no está basada en unas causas económicas. Para parafrasear una vez más el eslógan de Clinton con el que le arrebató la Casa Blanca al padre del actual inquilino, «es el Estado-nación, imbécil». *

 

(*) Catedrático Jean Monnet en la Facultad de Estudios Internacionales e Investigador Senior del Centro Norte-Sur, de la Universidad de Miami ([email protected])

(Servicio exclusivo para LA REPUBLICA de IPS)

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