El FMI castiga a su mejor alumno
El caso más claro de adaptación a esas orientaciones es la Argentina, que ha llegado a ser un paradigma de las orientaciones que rigen desde hace dos décadas, por lo menos en cuanto se refiere a los deseos de los organismos internacionales respecto de los países calificados «en desarrollo». Por esta conducta, la Argentina no ha recibido un premio sino un castigo: varias negativas y cada vez más difíciles condiciones para obtener del FMI una línea de crédito que le permita afrontar la grave crisis económica y la virtual cesación de pagos a las que la ha llevado su política económica «fondomonetarista».
¿Qué hizo la Argentina para merecer el honor de reconocerse mundialmente su seguimiento leal a esas políticas? De acuerdo con el Plan 1990-91 estableció una firmísima relación de su moneda con el dólar, no permitiendo oscilaciones en la materia. Llevó a cabo la ola de privatizaciones tal vez mayor del mundo, por su masividad e indiscriminación. Liberó el flujo de capitales de manera total y llegó aún más lejos: eximió de impuestos a las transacciones financieras, mientras aumentaba en general los impuestos internos. Rebajó los aranceles aduaneros hasta el punto que han llegado a ser meramente fiscales: han carecido de todo intento proteccionista.
Obviamente racionalizó el personal de lo que quedaba del Estado nacional, no interviniendo en los despidos que, con el mismo propósito hicieron, en gran número las empresas privatizadas. Eliminó, entre otras entidades públicas, a la Marina Mercante del país, redujo notablemente las experiencias sobre energía atómica que con fines pacíficos y de abastecimiento se venían realizando, se cancelaron las industrias militares y los trabajos sobre proyectiles estratoféricos que estaban muy avanzados, quedó clausurada la empresa estatal de petróleo, riqueza ahora en manos enteramente privadas.
Realizada esta ciclópea tarea liberalizadora –en el sentido de economía neoliberal– ahora el pueblo argentino y sus representantes más lúcidos hacen un balance. Por el lado positivo, se observan mejoras en algunos de los servicios privatizados, claro que con aumentos considerables de las tarifas, aunque desde hace unos tres años parecen haberse paralizado los progresos. Hay casos, como el de la otrora poderosa red ferroviaria, en los que los subsidios del Estado persisten, claro que actualmente a favor de los grupos privados a cargo.
Por el lado negativo: hay un 50 por ciento de la población potencialmente activa que está desocupada o semiocupada, contra un 20 por ciento existente al momento de lanzarse el plan. Se producen en el país 2.000 nuevos pobres por día (pobre es una familia de cuatro personas con 420 dólares en total de ingresos mensuales). La deuda pública externa se ha triplicado y la deuda privada también externa, antes irrelevante es, en el presente, de unos 60 mil millones de dólares.
Mientras tanto la industria se ha desarticulado, fundamentalmente por la introducción de competencia barata del exterior, ya que los precios internos se hacen incompatibles con los externos respaldados por créditos baratos y tipos de cambio elásticos; se han cerrado varios miles de establecimientos medianos y pequeños.
A su vez, la agricultura argentina opera sobre pérdidas generadas por el cambio fijo, el aumento de los insumos y la desaparición del crédito normal.
El libre juego del mercado en la Argentina se ha convertido es una expresión hueca, ya que operan la concentración y la falta de una posible competitividad respecto del producto externo. Las exportaciones se mantienen en el mismo nivel de hace varios años porque el tema del cambio rígido y el de los precios relativos internos caros, a pesar de los sueldos que continúan a la baja, impiden todo desarrollo en mercados que prefieren iguales calidades derivadas de otros países que venden a mejor precio.
Este país soporta ya más de tres años de recesión y, en los últimos meses, la recaudación fiscal ha caído abruptamente en razón de la atenuación de la actividad interna provocada por los bajos salarios, la alta desocupación y la caída de la producción nacional.
Así las cosas, los funcionarios del FMI que han impulsado y aplaudido aquellas medidas mencionadas, y no pocos dirigentes mundiales que atribuían a la Argentina un relanzamiento en base a las mismas razones, ahora no sólo ven con preocupación el fracaso –estrepitoso– del ensayo sino que retacean o niegan la ayuda necesaria para que el país no caiga en cesación de pagos. En todo caso sólo atinan a exigir más ajustes, lo que es claro, creará peores recaudaciones sin que se estimulen las exportaciones.
Lo peor de todo es que las más altas dirigencias de los partidos políticos argentinos de real peso, el peronismo y el radicalismo, han aceptado la receta del «Consenso de Washington», imponiéndola ortodoxamente el primero y tibiamente el segundo, pero sin otorgar alternativas a este cortejo hacia el abismo.
El fracaso como nación moderna de la Argentina es más llamativo si se tienen en cuenta sus bien reconocidos recursos humanos, sus capacidades intelectuales que no se detienen en la literatura sino que se han extendido a la ciencia en general. Si se tienen en cuenta sus recursos alimenticios y formidables riquezas mineras. Si se piensa en sus capacidades turísticas variadas y algunas, de elevadísimas bellezas. Y si se hace notar que no es sólo su famoso agro un suelo incomparable sino que su mar territorial está entre los más extensos del mundo, con un millón de kilómetros cuadrados.
Si se recuerda que la Argentina estuvo, hace algunas décadas, entre las 10 primeras potencias económicas del orbe. *
(*) Alfredo Allende, diputado nacional por la Unión Cívica Radical, ex ministro de Trabajo (1958-59). Exclusivo para LA REPUBLICA de IPS.
La Columna Amarilla
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