La Columna Amarilla

Te veo mal (última parte)

En la columna publicada ayer terminábamos diciendo que los censores sólo tienen los gestos del poder. Le copian la estética, nada más.

Y es así, a los censores sólo les queda el gritito histérico «Â¡No, no y no!» que se transforma en un susurrante «Sí señor», frente a la mirada del que le dio el cargo.

También dije ayer que en todas partes y en todos los tiempos, los censores son patéticos, incapaces de gozo y con graves problemas de erección.

Y terminaba diciendo que el verdadero problema no son ellos.

¿Por qué? Porque ellos son demasiado insignificantes y poca cosa. Ya que su acción puede ser causada por neurosis, por alcoholismo, por reacción química, por mal humor producido por estreñimiento (intestinal y/o mental, que en muchos casos es casi lo mismo), por afán de succionar medias, por hacerse ver y hasta por estúpidos, por burros.

El problema real y peligroso es cuando la acción de estos sujetos es avalada por quienes tienen realmente el poder. Por el mismísimo presidente de la República, por ejemplo. Eso sí que es grave.

Y sigue siendo grave cuando los políticos, del color que sean, no responden inmediatamente a una acción tan atentatoria de la libertad de expresión, sin necesidad de ser llamados para ello.

Y es particularmente grave, cuando los medios de comunicación hacen la mosqueta con el tema, ignorándolo o –lo que quizás sea peor– transformándolo en un problema entre dos personas.

Titulando equívocamente sobre un inexistente arreglo no cumplido que minimiza y ¡hasta justifica! la censura.

«El loco Fasano versus el loco Doyenart».

Pero lo cierto es que «el loco Fasano» sos vos y soy yo. Somos todos nosotros.

Y «el loco Doyenart» es el estado.

(Me queda otra sospecha. Si este hombre delante de todo el mundo es capaz de censurar una opinión y de exigirle a sus contratados que se retiren, ¿qué será capaz de hacer a puertas cerradas?) *

 

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