Sin sueños y obligados a callar

La socióloga Mabela Ruiz, del Departamento de Investigación de la Facultad de Psicología, presentó los datos obtenidos en una investigación realizada entre hombres y mujeres desempleados, cuyas edades oscilan entre los 40 y 45 años.

De ese estudio surgió que la repercusión más importante de la falta de empleo es el sufrimiento social, al que definió como una invalidación de la imagen de sí mismo que padece todo desocupado.

Los sentimientos que aparecen en las personas que se encuentran sin empleo van desde exclusión social, pérdida de confianza, impotencia y traición, hasta la vergüenza y el miedo a la pobreza. Frente a la aparición de estos sentimientos el individuo inicia un combate por la dignidad, de ese modo intenta mostrar a los demás que es capaz, responsable y que trabaja bien.

La condición de desempleado influye tanto en sus vínculos horizontales –familiares, amistades– como verticales, instituciones. Entonces la persona se aisla, debilita su participación ciudadana y pierde derechos entre los que destacan la salud y consumir. Pero lo más importante es la pérdida de identidad, ya que el trabajo es el único portador de la misma y es la puerta de entrada a la integración social.

Entre las pérdidas de identidades se encuentran la de la política, la sindical y la de clase social, pues la socióloga explicó que hoy ya nadie sabe en qué sector social está.

Al finalizar su exposición, Ruiz destacó la grave situación de aislamiento y la falta de sueños que siente todo aquel que se encuentra fuera del mercado laboral. «No se sueña con proyectos de vivir en un mundo mejor, da mucho miedo proyectarse a futuro y volver a ser decepcionado. Además el individuo se enfrenta al silencio, la sociedad lo exhorta a no decir lo que le sucede, hay un reclamo de la sociedad a que se calle».

El estrés del desocupado

El desempleo se duplicó y hasta triplicó en los sectores más desposeídos de la sociedad, como son las mujeres, los jóvenes y los pobres, afirmó Fernando Tomassina de la Facultad de Medicina, basándose en un informe regional de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

El médico disertó sobre salud ocupacional y planteó la necesidad de concebir al hombre y al trabajo como un todo. Aseguró que el empleo permite el acceso a bienes y servicios que «generan un andar en la vida» y que la posesión o la falta de ellos determina diferentes procesos de salud y enfermedad.

Entre los males más frecuentes que padece un desocupado situó la depresión, «la persona siente que no es nada y que no sirve». También habló el especialista de la variación que sufrió en los últimos tiempos la enfermedad conocida como estrés, que antes era asociada con el cansancio ocasionado por el exceso de trabajo, pero ahora aparece la disfunción en aquellos que se encuentran en posición de riesgo social. Esta patología se asocia con la presencia de fuertes trastornos digestivos y cardiovasculares.

«Antes el estrés estaba cerca del trabajador, hoy en día se manifiesta en el desocupado. Tampoco hay que olvidar los riesgos de encontrarse sometido a la amenaza de ser despedido, que también causa una fuerte situación de estrés». *

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