Mondo cane
Mundo perro –para aquellos que ignoran hasta los más elementales fundamentos de la lengua del Dante– fue una serie de películas documentales muy prolijamente realizadas, que hicieron furor hace unos cuantos años. Nunca supe por qué (es un tema que habría que dejar para que fuera explicado por psicozoólogos) los mamíferos cánidos domésticos se han convertido en referentes nada prestigiosos –más bien deleznables– en el léxico de los humanos. Ora se los asocia con la miseria (vida de perros), ora con la maldad, que es precisamente el sentido del título de los filmes; y esto sin hablar del idioma inglés que usa el femenino de dog —bitch— para designar nada menos que a las putas.
Pero en fin, volviendo al tema, lo que la serie cinematográfica se proponía era mostrar la cara jodida de la humanidad, las contradicciones de una civilización perversa que tolera y aun promueve las injusticias y las aberraciones más brutales; los efectos de un sistema económico que permite a unos pocos llevar una vida rumbosa en el lujo y la opulencia mientras condena al resto a sobrevivir.
El efecto más recurrente de los realizadores consistía en jugar con los contrastes: por ejemplo, mostraba las penurias de una tribu africana durante la sequía, y –sin solución de continuidad– una fiesta en Europa con piscinas y juegos de agua derrochando el líquido precioso; un recurso cinematográfico facilongo pero no por ello menos eficaz.
Pues bien, hace unos días, pude revivir sensaciones similares viajando en un 113 desde la terminal en Malvín hacia el centro. Fue casi como viajar de Estocolmo a Biafra en quince minutos; del primero al tercer mundo (o al cuarto) en un breve recorrido. Ya sé que contradicciones hay en todos lados, que todas las ciudades ofrecen contrastes impactantes. Pero al atravesar Avenida Italia por Hipólito Yrigoyen, tuve la sensación de trasponer una frontera como la del Muro de Berlín: «Atención; usted está dejando la zona de la gente linda» podría ser el cartel indicador para este caso. Entonces cabe preguntarse a qué nos referimos cuando hablamos de Montevideo: ¿el Centro, Pocitos, Punta Gorda? ¿O Villa Española, Marconi y el Borro?
Como queda dicho más arriba, está claro que ninguna ciudad es homogénea y que tal vez los contrastes sean un atractivo. Pero francamente, resulta conmovedor ver la diferencia de modo de vida de un barrio a otro, y uno tiene la sensación de que en el espacio geográfico de Montevideo coexisten varios mundos ajenos unos a otros. Chocolate por la noticia, se me dirá. Y es cierto que ya lo sabemos, lo de la marginación, la pobreza, las diferencias sociales, etcétera, pero no deja de ser impactante comprobarlo de manera tan didáctica.
De la calle Orinoco a metros de la rambla –con bares y gran movimiento comercial, con casas coquetas y calles arboladas–, a poco de andar el ómnibus se desemboca en un paisaje gris y desolado. Se asiste a una mezcla de ranchos de lata (sin la magia de los que contemplaba Falco, obviamente) y de complejos habitacionales en bloques idénticos que se extienden a pérdida de vista; en una pared se leía el juicio que a alguno le mereció la conducta de una vecina: «Laura puta»; o fue tal vez la venganza de un amante despechado… Aparecen también cada tanto fábricas cerradas, desafectadas, como testimonios inocultables de una prosperidad pretérita que el neoliberalismo se encargó de sepultar.
Ya circulando por el vértigo de 8 de Octubre en plena zona comercial, a la altura de Félix Laborde, una imagen casi surrealista: entre los ajetreados peatones tratando de hacer sus compras navideñas, como si él también buscara alguna pichincha para dejar en el arbolito, se desplazaba un caballo. Mundo equino. Obviamente se trataba del motor de uno de los vehículos de hurgadores y recolectores clandestinos de basura.
Sí, uno de esos que escandalizan a la gente bien, preocupada por la imagen penosa que los carritos dan de la ciudad. Precisamente, el editorial del matutino El País del pasado jueves 13 trata una vez más el tema. Dice el indignado editorialista: «Circulan a contramano, lo hacen de noche sin luces, a menudo cruzan con la roja ante los semáforos y son muchas veces manejados por menores de edad. Todo eso significaría amonestaciones, multas y demás incidentes graves en el caso de los automóviles, pero nada de ello ocurre en el caso de los carritos: disfrutan de completa impunidad». He ahí la impunidad que irrita al matutino. No lo inquieta la de Cordero y los otros terroristas de Estado: se indigna por la de los carritos.
Entonces, por eso le digo, en el Uruguay cohabitan gentes tan diversas como los malvinenses (despojos de un entramado social que hoy se desvanece), los beneficiarios del modelo (que cada vez son menos), los marginales (que cada vez son más), y los editorialistas de El País.
*Periodista de LA REPUBLICA
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