Entre aburridos y divertidos
Entraba en fase plena la campaña presidencial, y entre los anuncios proyectados antes de que comenzara la película, había uno del candidato Fernando de la Rúa. Aparecía en primer plano, con cara adusta de profesor de matemáticas de colegio de secundaria que no está dispuesto a tolerar la menor distracción de sus alumnos. Sus adversarios peronistas del Partido Justicialista propagaban que era un hombre aburrido, y precisamente de allí se agarró para enderezar su campaña. En la pantalla, en tono de regaño, dijo: «¿Dicen que soy aburrido? ¡Aburridos están los argentinos de soportar tanta corrupción!». El público, muy juvenil en su mayoría, aplaudió con entusiasmo, entre risas.
Cuando salí del cine, por la reacción del público, estuve seguro de que Argentina iba a elegir a un hombre con fama de aburrido a la presidencia y, por tanto, austero, muy lejos del derroche palaciego del gobierno de diez años de Carlos Saúl Menem. Al principio un ídolo sólo comparable a Maradona, con el que se fotografiaba a menudo, ahora todo el mundo quería que se fuera rápido junto con sus historias escabrosas de pleitos matrimoniales, parientes y ministros campeones de la corrupción, negociados de contrabando de armas en intimidad de familia, y comitivas presidenciales tan numerosas como para llenar un hotel entero, como había podido ser testigo yo mismo una vez en Madrid.
Menem, como todos sabemos, terminó siendo juzgado por el delito de vender armas por vía de contrabando, despachadas a través de Panamá y Venezuela, tanto a Bosnia, donde Argentina era parte de la fuerza de paz de la ONU, como a Ecuador, que libraba una guerra con Perú, un aliado espontáneo de Argentina durante la guerra de Las Malvinas. El negocio, que representó beneficios por muchos millones de dólares, fue ejecutado por el propio cuñado de Menem, y diversas investigaciones periodísticas, entre ellas el reportaje premiado.
Fernando de la Rúa, el hombre aburrido, que prometía seriedad y austeridad en sus actos, y sobre todo rescatar de la debacle una economía que décadas atrás había sido símbolo de pujanza, fracasó desde sus primeros intentos de poner orden en el caos. Llegaba a la presidencia respaldado por una amplia coalición de izquierda formada por el Frente Grande, que encabezaba Chacho Alvarez, un político joven y carismático, electo esa vez vicepresidente, y por su propio partido Unión Cívica Radical, que ya había fracasado a su vez en detener el deterioro creciente, desempleo e inflación, bajo el gobierno de Raúl Alfonsín, otro presidente bien intencionado. Al final de su mandato, Alfonsín no había tenido más remedio que pedirle a su sucesor electo en 1989, el propio Menem, que asumiera la presidencia por adelantado, tal era el estado de ingobernabilidad del país.
A De la Rúa no le basta con ser honesto para enfrentar el alud creciente de la deuda externa, tratar de imponer la austeridad, pedir sacrificios tales como la rebaja de salarios y pensiones a una población cuyas condiciones de vida estaban ya suficientemente deterioradas, o hacer que los gobernadores de las provincias recorten sus propios presupuestos. Cuando ha podido imponer estas medidas, ha sido a costa de su imagen, y de la credibilidad de sus promesas, porque sólo le ha tocado aplicar políticas impopulares. Tampoco le ha servido sacar del closet al viejo fantasma de Domingo Cavallo, el mago de la economía que ya había actuado bajo la carpa de Menem.
La coalición que llevó a de la Rúa al poder se ha desangrado. Chacho Alvarez renunció desde temprano a la vicepresidencia. Cada medida económica que De la Rúa debe tomar, sólo es aprobada en el Congreso Nacional tras tormentosos y amargos debates entre los propios diputados y senadores de la coalición gobernante, que tiene ahora muy pocas perspectivas electorales. Todo apunta a un triunfo del Partido Justicialista, el viejo peronismo otra vez al poder. ¿Pero será Menem el candidato, como él pretende?
Primero tienen que derrotar a los barones del justicialismo, la mayoría gobernadores de provincia, y aspirantes a candidatos, que mientras estuvo preso en Don Torcuato lo despojaron de todos sus atributos, dejándolo como presidente decorativo del partido. Pero ya ha anunciado que les dará la batalla hasta desalojarlos, sobre todo a Eduardo Duhalde, su principal rival. Y hay motivos para creerle que lo hará.
No es dudoso, por lo tanto, que para la próxima campaña electoral, si alguien entra en un cine de la calle Corrientes se encuentre con el rostro de Menem en primer plano en la pantalla, con sus largas patillas de prócer de almanaque, diciendo: «¿Dicen que soy divertido?…» Un candidato que, a pesar de su edad, pues ya pasa los setenta, podría seguir ofreciendo a los electores la imagen de alguien capaz de pilotear carros de carrera, meterse en la cancha a patear la pelota, vestido con el uniforme de la selección argentina, y casarse con una modelo medio siglo menor que él. Y si en la oscuridad se escuchan aplausos y risas, sabremos que la rueda ha comenzado otra vez su vuelta hacia atrás. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad