Palabra de honor
LUIS GRENE
En la casa del «gran hermano» de enfrente estalló la bronca. No hay más «efectivo» y sólo sirve lo que guardaste abajo del colchón. De este lado relojeamos el descomunal mambo y nos viene un chucho. A poner las barbas a remojar. Dinero de plástico, créditos y tarjetas. Los vecinitos saltan como pelota.
El vil y ansiado metal que se esconde y las recetas para chapar algún mango. En la vieja Montevideo, por fines de los 20, también la cosa se puso fea y el ingenio de algunos enfrentó el temporal. Aunque existía algo que ahora es una ingenuidad.
El valor de «la palabra» como garantía para los compromisos de pago. Algo así como el honor por saldar las deudas. Agarrándose de eso, los judíos inmigrantes implantaron aquello de la venta en cuotas.
Fue en la antigua Villa Muñoz que nació el compromiso, basado en la palabra, entre tenaces vendedores y sus clientes.
Primero trajes, ya que muchos trajeron en sus modestas valijas, además de las ganas de laburar, el oficio de sastres.
Después, todo tipo de ropa, los tradicionales «acolchados» y terminaron hasta con muebles. Sudaban la gota gorda.
Ofrecían puerta por puerta. No precisaban ninguna firma. Sólo usaban una libretita o cartones para el común acuerdo de los pagos.
Es que la mutua confianza respaldaba sencillos negocios. Y si aparecía alguna «mosca blanca» que quería zafar, sin cumplir, ahí aparecía la sabia paciencia y persuasión de los vendedores que doblegaban al díscolo.
Por estos días de las Fiestas, los judíos salían con sus valijas a cuestas desde el Reus al Norte.
A puro patacón, trillaban los barrios populares. Unas palabras en el zaguán y ya estaban en casa los regalos para «el arbolito».
Como las relucientes bicicletas «Bianchi» que salían del local de Sierra y Madrid, gracias a la venta domiciliaria, a pura cuota, llegaban a los modestos hogares. Cómo olvidarse de don Salomón y su tallercito de guantes por la empedrada Domingo Aramburú. Junto a su señora, recorrían las cuadras ofreciendo una moda que por ese tiempo pegaba muy fuerte. Guantes de «cabretilla» para los pitucos y de «media manga» para la fiesta de los quince.
A nadie se le ocurría no pagar las cuotas. Ya sea por trajes, muebles o el bacalao y el aceite de oliva que vendía doña Rebeca en Arenal Grande y Berteloth. Antes fueron la libreta y «la palabra».
Ahora brillan las tarjetas y la guita que también brilla pero por su ausencia. Los esperamos sábados y domingos, a las 19, en 1410 AM LIBRE, con el auspicio del Departamento de Cultura de la IMM. *
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