La desigualdad sexual impulsa la propagación del sida
La epidemia no ha hecho sino subrayar más dramáticamente la correlación directa entre el bajo estatus de las mujeres, la violación de sus derechos humanos y la trasmisión del VIH. Si las mujeres fueran rutinariamente capaces de negociar el sexo seguro, la epidemia no estaría fuera de control.
Las mujeres se encuentran en el verdadero epicentro de esta crisis. De los 34 millones 700 mil adultos que vivían con el VIH/sida en todo el mundo, el 47 por ciento –o sea 16 millones 400 mil– eran mujeres. Sólo tres años antes, en 1997, esa cifra era del 41 por ciento. En el Africa subsahariana, sin embargo, las mujeres afectadas por la epidemia son el 55 por ciento del total de adultos que viven con el virus. Estos números tienen razones tanto biológicas como sociales.
Las mujeres y las muchachas son a menudo silenciadas por la ignorancia y el miedo. Así como condenadas por su impotencia para resistir a los peligros que enfrentan. La falta de conocimiento que tienen las mujeres acerca de su propio sistema reproductivo lleva a una falta de conciencia de los riesgos sanitarios asociados a la actividad sexual. Pero las muchachas y las mujeres pueden en realidad resistir si logran informarse, pese al hecho de que las culturas que premian la virginidad prematrimonial a menudo equiparan los conocimientos sobre el sexo con la experiencia sexual.
Dado que estas desiguales relaciones entre los géneros se basan en el poder, las mujeres están en tremenda desventaja con respecto al problema del VIH/sida. Y sin embargo ya conocemos mucho acerca de lo que hace falta para minimizar los riesgos y crear un más equitativo balance de poder entre hombres y mujeres.
Las mujeres necesitan ser estimuladas, facultadas y capacitadas para decir «no» al sexo inseguro. Las familias necesitan compartir sus recursos, aunque ellos sean limitados, para proporcionar cuidado de la salud no sólo a sus hombres sino también a sus infectadas madres, esposas, hermanas e hijas. Los gobiernos deben entender que las mujeres constituyen la red de seguridad social para los miembros de la familia infectados y que hacen falta programas de servicio social y otros servicios de apoyo para ligerar esta carga adicional que soportan las mujeres.
La legalización en algunos países de medidas para impedir, por ejemplo, la mutilación genital femenina, la violencia doméstica y la poligamia representa un excelente ejemplo de intentos gubernamentales para corregir los desequilibrios entre los géneros reflejados en prácticas culturales.
Hasta aquí, lamentablemente ha faltado en muchos planes nacionales contra el sida una perspectiva que tenga en cuenta el problema del desequilibrio entre los sexos. Esa perspectiva está ausente en las políticas de salud pública y en las estrategias de prevención, tratamiento y cura, así como en todos los otros mecanismos dispuestos para enfrentar a esta epidemia. A menos que los gobiernos sean responsables y se asignen fondos a escala nacional e internacional a fin de hacer frente a la desigualdad de los sexos, a menos que la relación entre la desigualdad de los géneros y el VIH/sida sea apreciada en su totalidad, los esfuerzos para contener la pandemia serán probablemente inútiles.
Tres pasos deben ser dados por todos los estados que integran las Naciones Unidas, por todos los donantes y por todos los organismos de la ONU: En primer lugar, la igualdad entre los sexos debe ser un principio guía de la respuesta global del VIH/sida. El éxito en este tercer decenio de la epidemia dependerá de si se tienen en cuenta o no las lecciones aprendidas durante los 20 primeros años. En cada plan, cada programa y cada asignación de fondos, las mujeres deberán participar por entero en la toma de decisiones.
En segundo lugar, las necesidades particulares y las circunstancias especiales de las mujeres deben ser tenidas en cuenta. Sabemos ahora que en todo el transcurso del flagelo del VIH/sida, desde la prevención de la difusión del virus hasta la disminución de su impacto, la crisis se manifiesta de forma diferente entre las mujeres y los hombres. Por consiguiente, las futuras asignaciones de recursos, la investigación médica, la reforma legislativa y los esquemas de seguridad social deben ser enfocados de modo de garantizar el acceso y los beneficios igualitarios para las mujeres.
En tercer lugar, nuestras respuestas deben tener en cuenta que dondequiera una mujer viva en situaciones conflictivas –en un hogar violento o en un país en guerra– la amenaza de infección con VIH/sida y los efectos de su daño se ven multiplicados. De ahí que se deban poner en práctica medidas especiales para proteger a las mujeres en todas las situaciones de violencia, como campos de refugiados o zonas militarizadas, de la amenaza adicional del VIH/sida.
La igualdad de los sexos es una solución clave para el problema de la difusión del VIH/sida. En memoria de los 9 millones de mujeres que han muerto en los pasados dos decenios y por el bien de las mujeres y jovencitas que continúan cuidando a los enfermos y muriendo todos los días, debemos trabajar para hacer que la igualdad entre los géneros sea una realidad.
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