APUNTES DE UN VIAJE IMPREVISTO

New York: los múltiples rostros de la humanidad

Comencemos por el final y por lo nuestro: el ingreso al Uruguay del vuelo de Pluna proveniente de San Pablo pareció estar planificado. Quizás porque jamás habíamos ingresado a territorio nacional por el Este, volando paralelo a la costa uruguaya, quedamos realmente impactados de las bellezas de nuestras costas vistas desde las alturas.

Rocha, Maldonado y Canelones se fueron sucediendo como un audiovisual de postales donde el blanco de la arena y del romper de las olas cortaba como un grueso hilo blanco el verde de nuestros campos y el azul verdoso del Océano Atlántico, primero, y el azul oscuro del Río de la Plata, después.

La verdad es que tendríamos que decretar que los aviones ingresaran siempre por esa puerta atlántica, aunque sabemos que eso va a ser imposible por nuestra dependencia comercial con Buenos Aires, lo que nos obliga a priorizar esa ruta aérea.

Si nos quedamos con esa imagen del paisito como resumen de diez días de experiencias diversas y de impactos múltiples, no es por una postura de negación de lo que vimos en Estados Unidos. Al contrario: el país del norte es punto obligado de aterrizaje de cualquier turista. Pero particularmente es imposible obviar el impacto de New York, donde la genialidad, la soberbia y la miseria de los hombres toman las caras de todas las razas y asumen los gestos más increíbles.

El centro de New York es sustancialmente la noche, con ese permanente andar de su gente transformada en multitud y casi sólo iluminada por los faros de los coches, la desbordante publicidad y las luces de las oficinas, que se escapan de entre las paredes de los rascacielos –quizás tontos y suicidas–, pero que tienen no sólo grandiosidad, sino también una belleza incomparable.

Por allí va una mujer rubia, delgada, sencillamente elegante y predominantemente vestida de oscuro, con championes blancos y los zapatos en una bolsa de nailon, que se cruza con una hermosa morena que debe de haber dedicado muchas horas a tejer sus finas trenzas sobre su cabeza.

Más allá –como acá– los vendedores ambulantes que no son tapa de los diarios, negocian y regatean el valor de un sombrero del FBI o de la Policía de New York (que sería incapaz de ponerme), junto a relojes baratos, mientras a pocos metros y ante la presencia del representante de la ley alguien envuelve en un mantel sus productos de venta y sale corriendo, en apenas unos segundos. Como acá.

En la misma cuadra una disquería está invadida de consumidores, que mueven sus caderas como si la música emanara de sus cuerpos, mientras que los hombres negros lucen coquetos esa ropa que les queda grande y que parece haber pertenecido a un peso pesado. A pocos pasos una barra de amigos ingresa al bar de un hotel, porque la gente se encuentra en restaurantes u hoteles, para quedarse horas socializando sus angustias, sus amores frustrados o el éxito de la jornada.

Las librerías parecen palacios, donde se puede encontrar desde cómo curarse el Mal de San Vito hasta el último análisis económico-filosófico. Pero hay menos gente que en la disquerías y a los consumidores parece no salirles del cuerpo el pensamiento. Es sólo una impresión, por cierto.

Claro que a esto, como en las películas, no les podía faltar el vapor que sale desde abajo del centro de un cruce de calles, donde uno espera que aparezca el investigador privado que busca saber quién mató al esposo de una bella rubia que no le sobra un gramo de grasa y que duerme en camas gigantes mientras perros –también gigantes– la custodian como si fueran sus amantes. Y por sólo ello está bajo sospecha.

Alcanza con cerrar los ojos para comenzar a sentir a Frank Sinatra detrás de cada copa de licor, aunque puede pasar que lo que realmente se escuche sea la sirena de un carro de bomberos, que fue convocado por el miedo al terrorismo. O que la misma voz de Sinatra esté acompañando el cortejo con los restos de un fuerte bombero que entregó su vida entre los escombros de las Torres Gemelas, intentando buscar los restos de miles de desconocidos a los que un día dos aviones piloteados por fanáticos del terror le tiraron sobre su cuerpo miles de toneladas de cemento ardiente o, simplemente, la culpa de nuestras propias culpas.

 

La escena del crimen

En la Zona Cero, la escena del crimen, el dolor se da la mano con la frivolidad, casi como si se conocieran desde hace mucho tiempo. Una niña acaricia un perro que no escucha, mientras le dice que su padre se murió entre las piedras y los vecinos utilizan tapabocas para impedir el paso del polvo y del olor a carne quemada o, puede ser, para que nadie les vea la mueca de dolor. También puede ser por simple moda.

Próximo a la niña, dos mujeres imbéciles y vivas de risa se hacen sacar una foto, en tanto posan delante de dibujos de niños que aún en sus trazos muestran la familia completa, como si nada hubiera ocurrido. Y como no podía ser de otra manera, en uno de los pasillos que quedó entre las ruinas y los edificios, que va directamente a World Trade Center, dos tipos desayunan huevos revueltos con panceta, café y jugo de naranja, hablando de negocios, de la bolsa o de cómo sería conveniente invadir Colombia, donde no entienden un carajo –deben de decir ellos– de las virtudes de la democracia, de los rascacielos y de los hot dogs.

Claro que también tengo mi recorrido en cámara ligera, que me permite pasar desde el Central Park a la puerta del hotel donde mataron a Lennon, que sigue cantando. Después paso por Harlem y las oficinas de Clinton, por el Museo de Historia Natural y el de Arte Moderno (me comprometo a visitarlos y no lo hago) –también ya estuve en la ONU–, llego a mi hotel, donde los ascensores tienen un televisor que sólo pasa la CNN, entro a mi habitación y encuentro que junto al televisor, lugar donde dejé por la mitad la botellita de agua, la empleada puso otra, pero completa. Dicen que eso es así por respeto a mi individualidad. Dicen.

Al otro día voy en un ferry hasta Queens, donde dos días después cayó un avión de forma misteriosa, y paso cerca de la afrancesada estatua de la Libertad.

Próximo al embarcadero las ardillas corren y saltan y me quedo pensando en que a lo mejor si Disney hubiera nacido en Canelones, los apereás serían tan lindos y dulces como ellas.

Ya es hora de descansar, pero antes voy a cenar al Hotel Roosevelt, donde su gerente nos espera para compartir habanos, licores, buenos vinos tintos, sopas de mariscos y salmones, anécdotas de su Pocitos querido y de cómo tuvo que hacer para que los empleados del Roosevelt atendieran a Arafat.

En eso se arrima un niño delgado, bien vestido, que miraba con atención nuestras «cucardas» de periodistas. «Señor, ¿usted es de la seguridad?», preguntó con cara de muy interesado. Razones tenía el muchacho para hacernos la pregunta: en esos días, con motivo de la reunión en la ONU, los agentes del FBI eran la especie humana más generalizada de Manhattan. Se les reconocía no por la «cucarda», sino por el audífono que llevaban en uno de sus oídos y el cable que caía por debajo del cuello de la camisa. Podría hablar de Washington, de la Casa Blanca, que no es tan grande, de la extraña sensación que sentí ante el memorial de los caídos en Vietnam, donde el «Yanqui go home» lo grité por dentro y no por cobardía, sino por respeto a la muerte y con la esperanza de que eso sirva para algo. También podría contarles sobre la tragedia contenida en el Museo del Holcausto, del tipo que toca el tambor todo el día frente a la Casa Blanca reclamando que se destruyan las armas nucleares, de la austera tumba de JFK que se sigue preguntando quién apretó el gatillo, del día en que una falsa alarma nos anunció que el hotel podía estar incendiándose y de lo divina
que estaba la morocha que cantó y bailó como los dioses en el crucero sobre el Potomac. Pero no lo voy a hacer, porque New York te gana para siempre. Mi idea es volver a subir a un avión, si es mañana mejor, para caminar por la 5ª Avenida y confundirme otra vez con los múltiples rostros de la humanidad, con sus bondades y sus miserias. Y que sea en un país donde el comienzo del oscurantismo que se oculta detrás del discurso de la sociedad abierta –que existe y no existe a la vez– haya sido sólo un ensayo fracasado. *

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