El diálogo (armado) de las civilizaciones

El alivio que siente la población afgana por la desaparición de un régimen cargado de crímenes, caracterizado por la negación de los más elementales derechos de las personas, en particular de las mujeres, es una buena noticia.

Admitámoslo sin restricciones.

Sin embargo, el marco en que se está produciendo la liberación despoja al acontecimiento de toda certeza acerca de su significado profundo. Nada se puede vislumbrar acerca del futuro inmediato de esa sufrida población, porque ninguna claridad hay acerca de los motivos últimos de la crisis. Un cotejo de la información que saturó la opinión pública mundial después del 11 de setiembre, con los resultados de la guerra en territorio afgano, conduce a una evidencia: los servicios de Inteligencia (principalmente norteamericanos) no sólo no fueron capaces de prever el ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono; tampoco contaban con información fidedigna acerca de la capacidad de resistencia del Talibán. ¿O sí sabían todo?

La imagen de un enemigo cuyo poder de daño quedó fuera de toda discusión después del 11 de setiembre, se elaboró centralmente en base a la presunción que tenía a la red terrorista de Osama bin Laden como responsable. En ese hecho, débilmente probado en principio, se apoyó una «racionalidad» que reunió la imagen repetida hasta el cansancio de las torres derrumbándose, con el carácter difuso e intangible de la información disponible acerca de «La Red». ¿Total? La tranquilidad mundial pasó a reposar, sin grandes esfuerzos intelectuales, en la capacidad de los EEUU y sus aliados de descargar un castigo sistemático sobre territorio afgano, sin recibir ellos nuevos daños. Lo extraordinario fue la enorme cantidad de especulaciones y afirmaciones, provenientes de los más variados ámbitos, en torno a las esperables dotes para la guerra y la muerte, en su propio terreno, por parte de los talibanes. Nada parecido sucede.

No obstante ello, ya no hay marcha atrás, en la construcción de la imagen del nuevo enemigo, ni en la consumación del castigo. El mundo musulmán emerge como el gran encausado en este proceso civilizatorio contra el mal, en el que, paradojalmente, se administran el odio intelectual y la muerte real como único antídoto. Desde Occidente se lee a toda la civilización islámica como rea de educar a sus fieles en una trascendencia que los lleva a despreciar la vida (la ajena y la propia).

¿Dónde quedan las sesudas elucubraciones sobre este aspecto, frente a los miles de talibanes derrotados casi sin combate?

Una vez más en la historia mundial, una acción terrorista, llevada a cabo por un grupo selecto, entrenado y disciplinado para su propósito, da espacio a una reacción desmedida, cuyas víctimas nula responsabilidad tienen en los actos de los ofensores. ¿Ante qué tribunal podrán los EEUU justificar las incontables e incontadas víctimas de los bombardeos sobre objetivos civiles?

Sin embargo en la lógica de esta guerra, vivir en un territorio musulmán gobernado por un enemigo de EEUU es culpa suficiente. No hace falta más para morir sepultado por los bombardeos.

Tan grave como el bombardeo indiscriminado de poblaciones indefensas es que, aun mediando estas acciones, nadie puede asegurar que nuevos grupos de terroristas perpetren nuevos y sangrientos atentados en diferentes rincones del mundo.

Bush ha dicho que esta guerra será larga. Su afirmación, así como sus actuales acciones se inscriben en la lógica de una forma de disputar y ejercer el poder a escala mundial. Esa forma de ejercerlo alentó en su momento el apoyo a un Bin Laden peón estadounidense durante la guerra fría. Es la misma mentalidad que hoy impone una reestructuración del poder mundial, especialmente en lo que a estrategia petrolera se refiere, a través de estas acciones que tienen como punto de partida los atentados del 11 de setiembre.

Las Naciones Unidas habían proclamado el presente período como de diálogo de las civilizaciones. Se trata de una propuesta inscripta en una agenda global que contiene entre otros aspectos centrales, la desmilitarización de las relaciones internacionales, la defensa medioambiental y el relanzamiento de los postulados de defensa de los derechos humanos a escala global.

Hoy las Naciones Unidas reconocen que la rápida caída de los talibanes en Afganistán las encuentra desprevenidas. Esto quiere decir, en buen romance, que también las decisiones de la ONU se han adoptado en función de la información diseminada por las agencias propagandísticas del gobierno Bush. Y recordemos que los voceros militares y diplomáticos estadounidenses han hecho de la mentira una reconocida arma en esta guerra.

No hace falta que reconozcan, porque es público y conocido, que el liderazgo norteamericano se caracteriza por el más absoluto desprecio por los problemas globales (vgr. su negativa a ratificar los protocolos de Kyoto).

Tampoco es necesaria demasiada audacia intelectual para leer en la escalada militarista y de recortes de libertades que sacude a los propios Estados Unidos, una creciente claudicación en materia de derechos humanos.

La agenda global, tan trabajosamente elaborada a partir de las acciones de la sociedad civil transnacional y dinamizada por el fin de la guerra fría, quedó sepultada entre los escombros de las Torres Gemelas, junto a millares de víctimas inocentes. Tal vez como un preanuncio del tipo de diálogo que está al alcance de las «civilizaciones» de predominar los actuales factores de poder.

De pronto el único resultado rescatable de la actual coyuntura sea que Occidente, la gente digo, tan embriagada de su centralidad civilizatoria, avance hacia una conciencia planetaria que incluya al mundo en su diversidad.

De pronto, compartir de algún modo una cuota parte de la inseguridad en la que nacen, viven y mueren millones de seres humanos, permite a los urbanos habitantes de Occidente abrir las mentes y los corazones a una nueva comprensión del mundo. De la respuesta militar no hay nada que esperar. Ya se verá.*

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