Respuesta global a problema global
ALBERTO ACOSTA
A esto se suma la debacle en los mercados emergentes, muchos de los cuales, con Argentina, Turquía y Brasil a la cabeza, son casos sumergentes…
No sorprende, entonces, que este mundo en recesión se reencuentre con el Estado y que rescate elementos básicos del pensamiento keynesiano, nunca totalmente ausente de la práctica económica. En EEUU, con creciente gasto público, se alienta los golpeados «espíritus animales» del empresariado y de los consumidores en general. Este esfuerzo fiscal, no obstante, concentrado en un solo país, será insuficiente para enfrentar la primera crisis global de demanda.
Las relaciones globales de la economía internacional requieren respuestas globales, que hagan del problema global una oportunidad para el cambio global. Si esto es así, pensando globalmente, ¿por qué no incrementar la demanda internacional, especialmente aquella de los países subdesarrollados? Con esto, además, se contribuiría a superar las desigualdades que fomentan la violencia, como concluyó en Praga, hace pocos días, el ex presidente Bill Clinton. Y para lograrlo nada mejor que la anulación o cancelación total sin condiciones de las deudas externas. Esta decisión, más allá de los múltiples argumentos jurídicos y éticos a su favor, hoy más que nunca es una respuesta económica contundente.
Mas, para que esta opción cumpla con su cometido hay que superar las condonaciones selectivas derivadas de intereses geopolíticos; véase lo que sucede hoy con Pakistán y recuérdese lo que aconteció con Egipto en 1991, con Polonia en 1981, con Indonesia en 1971 o con Alemania en 1953, países a los que se les arregló generosamente sus deudas para conseguir su lealtad, su complicidad o su sumisión… La efectividad de una opción global depende de su oportunidad. No se puede reeditar lo de 1931. En ese año, los acreedores, alentados por EEUU, dejaron de cobrar las deudas externas; pero resultó una decisión tardía, el mundo se había sumido en la deflación.
Una cancelación de las deudas o al menos una moratoria sin condiciones, indispensable para ampliar la alicaída demanda mundial, no modifica, sin embargo, las reglas de juego. Esta decisión, por lo tanto, debería ser apenas un punto de arranque para establecer un código financiero internacional, que incorpore un sistema de arbitraje para situaciones de sobreendeudamiento, imposibilitando que la deuda externa siga siendo una fuente de financiamiento de privilegios y una herramienta imperial en manos de los gobiernos acreedores. Simultáneamente, hay que desmontar la excesiva movilidad internacional del capital financiero, que restringe severamente las políticas monetarias y fiscales apropiadas para las economías domésticas. Como herramientas básicas asoman la imposición del impuesto Tobin a los flujos financieros externos y el desmantelamiento de los paraísos fiscales, fuentes de financiamiento del mismo terrorismo internacional. Al normar, regular y controlar las relaciones financieras, no hay que recrear las actuales estructuras nada democráticas e ineficientes del FMI o del Banco Mundial. Todo este esfuerzo, por cierto, debe partir de la vigencia del derecho internacional, como piedra angular para desarmar cualquier forma de terrorismo, sea producto de acciones fundamentalistas o resultado de decisiones estatales. *
Alberto Acosta es un destacado economista ecuatoriano y analista del diario Hoy de Quito
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