"Mis compañeros murieron casi todos"
Don Luis Feglia, 53 años, casado, tres hijos jóvenes, la entrevista está pactada en un restorán colombiano-uruguayo: «La Estancia». Es en el distrito de Queen’s, al norte de Nueva York.
Apretón de manos. Una mesa como tantas.
«Llamame ‘Yuyo’. ¿Qué tomás? Yo quiero un café con leche y un Chajá».
El cronista pide un refresco. Mientras llega la bebida y el postre «de la Medallita», sólo la ventana con el bullicio de la avenida comercial recuerda dónde estamos.
Yuyo hace 27 años que se vino a Nueva York.
«Me vine en el 74. Allá también era sindicalista. Y la cosa se había puesto demasiado brava», cuenta. Jamás dejó de visitar Montevideo, al resto de su familia. Pero su vida está aquí. Dos hijos, de 25 y 20 años, una hija de 15 y su esposa tienen a esta ciudad por hogar.
«Cuando pasó lo de las Torres quería que se fueran. No quieren. Los entiendo. Mis grandes amigos están allá, mi amor familiar acá. Y yo, yo no puedo estar corriendo toda la vida», reflexiona, demorando la cuchara en el Chajá, dejando enfriar el café con leche.
Vuelve un cuarto de siglo atrás, recién llegado, haciendo las changas que encontraba. El primer trabajo aceptable fue como ayudante de mozo, en la Bolsa de Valores neoyorquina. Después pasó a un restorán italiano. Decidió seguir esa carrera. Trabajaba de día e hizo un curso de maître por la noche. Después el de catador de vinos. Siguió adelante. La familia se agrandó. Yuyo esperaba su oportunidad.
La esperó hasta el 3 de junio de 1996.
«Era como jugar en Maracaná»
Cuando el restorán «más alto del mundo» se recicló, convirtiéndose en uno de los más lujosos y caros de Nueva York, cambiaron la plantilla de servicio. Llamaron a concurso. Yuyo estaba entre 7.000 aspirantes para los 13 puestos de captain, algo así como el jefe de los mozos, mano derecha del maître.
Obtuvo el puesto.
«Ganaba mucha plata», sonríe, cabeceando ante lo consumado. Trabajaba cinco días a la semana. Entraba a las tres y media de la tarde, y su turno se extendía a veces hasta medianoche. El trabajo exigía perfección para atender al promedio de 400 personas que llegaban en cada jornada. Los sábados había hasta 700 comensales.
El equipo de trabajo tenía casi 120 personas por turno. Y era la envidia del ámbito laboral gastronómico estadounidense.
Como representante del sindicato ante la patronal, la vida de conflictos era casi que aburrida. Entre los mejor pagos del estado, aquellos trabajadores ahorraban lo suficiente para diversificar sus vidas. El mismo Yuyo estaba comenzando un negocio inmobiliario, pensando en su retiro: una pasividad activa y temprana.
«Además había otras compensaciones. Atendimos a personalidades del mundo. Algunos volvían y quedaban tan complacidos que tengo invitaciones, hasta europeas, para visitarlos».
¿Cuánto costaba comer en las alturas?
Extrae de la campera una suerte de menú forrado en cuero: la carta de vinos del Windows of the World. «Pensé que te gustaría verla. Ahora es un documento histórico». En 24 páginas de papel satinado, la carta alinea vinos de una docena de países. La joya era un Chateau Rostchild Lafitte, de 1894. La botella costaba 8.000 dólares.
«Para mí, fue la culminación de mi carrera. Creo que ya no voy a encontrar nada igual. Es que en el mundo como ese restorán no hay nada igual. Para mí fue como haber jugado en Maracaná», sentencia en su uruguayez.
De mis compañeros, 74 murieron
«Había trabajado hasta pasada las 12 la noche anterior. Ese día a las tres y media de la tarde teníamos un grupo a almorzar. Me levanté temprano, llevé a los gurises. Cuando volví, decidí tirarme otro rato», hilvana sobre su vida en aquella mañana del 11 de setiembre.
«Estaba medio dormido cuando sonó el teléfono: ‘Levantate y prendé la televisión. ¡Urgente!’. Desperezándome, la prendí y vi el fuego en las torres. ‘Me quedé sin trabajo’, fue lo primero que pensé, cuando todavía no alcanzaba a medir las consecuencias».
Volvió al teléfono y empezó a llamar a los compañeros más allegados. El restorán también organizaba desayunos de trabajo: esa mañana había uno para 150 personas. A esas mismas horas comenzaban los arreglos para el mediodía.
«De mis compañeros, 74 murieron. Los cocineros todos eran los que entraban más temprano. Un íntimo amigo mío, de 24 años, estaba muy contento porque con las horas extra de la mañana había juntado para comprarse un cero kilómetro. Nunca más lo vi».
El relato se ensombrece, mira sin ver por la ventana. Deriva el relato. Habla de injusticias, de fatalidad, de lo sutil de estar vivo.
«El jefe de los lavaplatos el día anterior estaba furioso: se había quebrado una pierna. No fue a trabajar y, por supuesto, se salvó».
Pero también recuerda una compañera dominicana que ese día viajaba de paseo a su país. Para no perder ni el día de trabajo, ni el avión, pidió para entrar, ese día, más temprano. Desapareció.
«Ahora no tengo ganas de trabajar más. Me cuesta mucho dormir. En mi vida hay como un antes y un después: ahora es después y es horrible».
Del Uruguay y después
De la vuelta a Uruguay prefiere no hablar. «De mi familia nadie quiere volver a Uruguay. Y es que acá el sistema funciona», asume. Cuenta de sus experiencias como delegado sindical, cuando tuvo que hacer reclamos al Estado, y donde al final de las cuentas había diferencias de centavos.
«Acá incluso por dos centavos te dan pelota. Y te los devuelven. Uno se olvida las que pasó en Uruguay: acá yo estoy acostumbrado a pedir el seguro de desempleo… por teléfono».
Yuyo ahora está sin trabajo. Pero eso no es lo que más le preocupa. «Del presente me preocupa qué me pidan que hable en los memorial’s (honras fúnebres) por mis compañeros. Yo era el representante sindical, me corresponde hacerlo. Pero no tengo ganas de hablar. De casi nada me han quedado ganas. ¿Del futuro? Y sí, del futuro me preocupa todo». Yuyo se declara antibelicista, pero cree que «vivimos el preámbulo de la tercera guerra mundial». Afirma que la cuestión se ha transformado en una dicotomía absoluta «entre cristianos y musulmanes», y que los Estados Unidos corren el riesgo de convertirse en un «Estado policial» *
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