Volver sin la frente marchita
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Trabajaban juntos, en una cuadrilla de ochenta, en la remodelación de un estudio de abogados que ocupaba cuatro sectores de la Torre 2.
Viven a dos cuadras uno de otro en la zona de Elizabeth, New Jersey, a una hora por auto del centro de Nueva York.
Claudio cuenta una visión fotográfica de la experiencia.
Una mañana como tantas
«Era un día como todos. Habíamos entrado a las cinco y media de la mañana. Se acercaba la hora del café. Estábamos ahí, con todos los compañeros. De repente sentimos una vibración muy fuerte. No sentí una explosión, fue una vibración, que venía de afuera… Abrimos una ventana. La torre, enfrente de nosotros, estaba incendiándose. En el aire había miles de papeles. Lo que me quedó grabado fue cómo el fuego cubría los ventanales de la torre. Al avión no lo habíamos visto, ni lo veíamos. Creíamos que había sido una bomba. Fue lo primero que se me cruzó por la cabeza».
Claudio cuenta su experiencia como si aún estuviera allí. Casi que le habla, al almohadón que tiene al lado, en la casa de New Jersey donde se hace la entrevista. Claudio está volviendo a Montevideo y su casa está en proceso de embalaje. En el living de una vecina centroamericana, oficia de anfitrión. Junto a su esposa revive las imágenes.
«Los electricistas, los carpinteros, un montón de obreros que estaban en el piso 85 eran latinos. Todos hablaban de que era una bomba. De inmediato se organizó la evacuación por las escaleras de incendio. A cada piso se agregaba gente. La bajada era ordenada, pero no era rápida. Cuando andábamos creo por el piso 50 la bajada paró. Pasaron, me parece, unos cinco minutos. Ahí sí que tuve miedo. Con Javier, nos mirábamos y no entendíamos nada».
Aún faltaba lo peor
Claudio estuvo también, como Javier, a punto de perder lo que le quedaba de paciencia y elegir la puerta a los pasillos, para esperar algún ascensor. Los que lo hicieron, jamás volverían.
Segundos después el segundo avión impactaba en la torre donde Claudio y Javier, estaban inmovilizados en la escalera.
«Se movió el edificio. No fue que tembló ni nada: se movió el piso, se inclinó el piso. Ahí todos empujaban como locos para bajar. En ese momento, como que se destapó. El descenso era de desesperados. Así y todo, llevó tiempo. Demoramos, estoy casi seguro, más de media hora en bajar hasta el lobby.
En el segundo, tal vez el tercer piso, ya había bomberos subiendo. Cuando llegamos abajo, al hall del edificio, parecía una película: estaba todo roto, el techo caído, volaba tierra por todos lados. La policía ayudaba a evacuar. Llegamos a la calle».
Claudio y Javier coinciden en que no se alejaron de inmediato de las Torres. Ahí se encontraron con su jefe: un constructor polaco, Richie, quien les dijo que se alejaran cuanto antes del lugar. «Decía que en esas construcciones no sabía lo que podía pasar. Apenas empezábamos a alejarnos, cuando se cayó la primera torre».
El valor del dinero
Ana Laura Barttfeld, es la esposa de Claudio. Cuenta que había tenido «como una premonición. Dormía mal. Le encomendaba a Claudio siempre que tuviera mucho cuidado cuando se iba a trabajar. Estaba muy nerviosa, me parecía que algo raro podía pasar», cuenta mientras explica que el retorno a Uruguay nada tiene que ver con el atentado.
Tenían hasta los pasajes marcados para volver el 15 de diciembre. Adelantaron la fecha este mes.
«A veces, así te das cuenta que el valor del dinero no es nada», piensa.
La referencia es directa al cometido que los trajo a Estados Unidos: hacer el dinero para comprar una casa, poner un negocio en Uruguay.
Cumplieron su meta en dos años.
Claudio trabajó más que nada en empresas «de demolición, de construcción». Ana Laura trabajó en estos últimos tiempos. Más le dedicó a adelantar lo que hacía en Montevideo: «Diseño de modas, que perfeccioné con las técnicas de acá. Desde que llegué lo que hice realmente fue estudiar, lo que yo ganaba acá no hacía a la diferencia: Claudio estaba ganando muy bien. Así que me perfeccioné en lo mío».
Compraron vivienda en Montevideo. Apuestan que es posible vivir en Uruguay.
«Mi madre se dedicó siempre a la fabricación de prendas que es lo que yo estaba haciendo al momento de venirnos» recuerda Ana Laura. «La verdad es que cuando Claudio decidió venirse, yo me quería morir. Yo trabajaba muy bien. Gano más allá que trabajando acá».
Reconocen que difícilmente hubieran ahorrado de otra forma en dos años lo suficiente para comprar su hogar. Pero le tienen confianza a su vuelta, «a volver a lo mismo, a dedicarnos los dos con otro profesionalismo, con otro nivel y otra preparación», afirma Ana Laura. *
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