Grandes maniobras de las superpotencias
La mayoría de los países en desarrollo quiere que la reunión ministerial se concentre en temas relacionados con la puesta en marcha de los compromisos asumidos en la Ronda Uruguay. Esta posición fue trazada en una reciente declaración del Grupo de los 77, que identificó «104 problemas a solucionar».
Los países en desarrollo han estado simplemente sufriendo bajo el peso de la ejecución de 28 diferentes acuerdos subsidiarios comprendidos en el acuerdo de la Ronda Uruguay, mientras que las grandes potencias comerciales se han rehusado a cumplir sus compromisos o han sido muy lentas en el cumplimiento de los mismos, entre ellos los de proporcionar a los países en desarrollo un mayor acceso a los mercados agrícolas y textiles y los de recortar los masivos subsidios a sus propias producciones agrícolas.
La Unión Europea y Estados Unidos han dejado de lado –transitoriamente– algunas de sus diferencias para presentar un frente común para una nueva ronda de negociaciones comerciales que se centraría en los llamados «nuevos asuntos» de la inversión, la política en materia de competencia y la facilitación del comercio.
Esencialmente, estos son los mismos asuntos que formaron parte de su agenda común antes de la desastrosa reunión ministerial en diciembre de 1999.
Aprendiendo de lo ocurrido en Seattle, la Unión Europea y Estados Unidos aparentemente no tienen la intención de hacer de la conexión entre comercio y normas laborales –un punto conflictivo clave con los países en desarrollo en Seattle– una cuestión a tratar en Doha.
El anteproyecto de declaración propuesto para la reunión ministerial es un ejemplo del tipo de tácticas turbias al que están recurriendo las grandes potencias comerciales.
Los proponentes del documento dicen que es «equilibrado». El problema está en el énfasis y en los matices.
Según Aileen Kwa, un analista que cubre la OMC para Focus on the Global South, el anteproyecto no le da importancia al cumplimiento de los compromisos asumidos por parte de las potencias comerciales, que sí importa a la mayoría de los miembros de la OMC.
Entre esos asuntos están los de dar un «Tratamiento Especial y Diuferencial» a los países en desarrollo, facilitarles un mayor acceso a los mercados de las naciones desarrolladas, revisar los acuerdos sobre Medidas de Inversión Afines al Comercio (TRIMs), Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio (TRIPs) y los servicios (GATS).
En cambio, el anteproyecto de declaración pone el énfasis sobre temas como el pretendido consenso en negociaciones sobre asuntos de competencia, política de inversión y facilitación del comercio que son prioritarios para la minoría de países ricos y comercialmente poderosos.
El anteproyecto fue un producto de consultas llevadas a cabo dentro de un pequeño círculo de entre 20 y 25 participantes, o sea en el seno del llamado proceso del «Green Room», que de hecho excluye a la mayoría de los miembros de la OMC.
El descontento de los países en desarrollo con el proceso del «Green Room» fue una de las razones por las cuales fracasó la Tercera Reunión Ministerial en 1999.
En este entonces, Charlene Barshefsky, entonces representante comercial de Estados Unidos, admitió que el proceso de toma de decisiones de la OMC no era transparente, resultaba injusto y debía ser cambiado.
Pero ese momento de franqueza fue, sin embargo, olvidado rápidamente no bien los países desarrollados se dieron cuenta que en una organización como la OMC, donde las naciones en desarrollo constituyen la mayoría, las grandes potencias pueden dominar sólo a través de mecanismos antidemocráticos como los del «Green Room» y el llamado «Sistema de consenso». Apenas dos meses después de Seattle, Mike Moorre, Director General de la OMC, le dijo a los países en desarrollo que el «Green Room» y el sistema de consenso no eran negociables. Y así ha sido hasta ahora.
Las superpotencias económicas no han perdido oportunidad alguna de presionar para la realización de una nueva ronda comercial.
Aunque los países en desarrollo mantuvieron su línea en los meses posteriores al colapso de la reunión de Seattle, muchos observadores temen que su propósito pueda ahora estar debilitándose ante las presiones concentradas de los países desarrollados.
Los países comercialmente poderosos bien pueden seguir adelante en su camino y embestir por medio de una declaración que acuerde la realización de una ronda global de negociaciones comerciales en Doha.
Pero el mayor obstáculo para la liberalización comercial puede ser no ya la oposición por parte de los países en desarrollo sino la situación de la propia economía mundial, que se está contrayendo muy rápidamente debido precisamente al acelerado entrelazamiento de las economías traído por la globalización y la liberalización.
Tanto en los países desarrollados como en las naciones en desarrollo, las presiones para salvar a las industrias domésticas, para buscar un crecimiento conducido por la demanda interna y para contrarrestar la vulnerabilidad de las economías basadas en la exportación en una época de profunda recesión global probablemente bloquearán todo movimiento significativo a favor de más liberalización.
La Cuarta Reunión Ministerial bien puede convertirse en el último hurra de la OMC y del proyecto de una radical globalización económica de la que era «la joya de la corona».*
(*) Walden Bello, Director Ejecutivo de Focus on the Global South, un programa de investigación con sede en Bangkok, y catedrático de Sociología y Administración Pública en la Universidad de las Filipinas.
(Servicio especial de IPS para LA REPUBLICA)
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