Seguriola
POR HORACIO BUSCAGLIA
El turista es uruguayo. Viaja hacia Brasil en Pluna-Varig.
Al revisarle las maletas le encuentran un alicate.
Enseguida en la cabeza del funcionario de Aduanas (adentro de ella, digo) le aparecen las imágenes del atentado terrorista binládico y ve derrumbarse el Palacio Salvo una y otra vez. Le quitan la peligrosa arma secuestradora de aviones que también sirve para cortarse las uñas.
El uruguayito se queda en el molde porque comprende las nuevas reglas de seguridad y además porque recuerda lo sucedido a Lima en Miami.
Ya en vuelo, le traen la cena. Junto con ella venían los cubiertos: un tenedor y un filoso cuchillo de acero inoxidable.
Ahora el turista es norteamericano y sale hacia el aeropuerto Luis Armstrong de Nueva Orleans rumbo a Phoenix, Arizona. Tiene que llegar tres horas antes porque las colas para cumplir con todos los controles son muy lentas. Le llevan más de dos horas. El buen norteamericano se queda in the molde porque comprende las nuevas reglas de seguridad. Y además, aprovecha el tiempo para mirarle la cara al resto de los pasajeros tratando de descubrir algún rasgo morfológico que delate a un secuestrador. (Es decir, alguien «poco norteamericano»).
Una hora después se levanta y va al encuentro de una azafata, cuando llega a ella le muestra una pistola calibre 22, al tiempo que le dice: «Creo que no debo tener esta arma a bordo. No me había dado cuenta que la llevaba.»
Estas dos historias son ciertas y son recientes.
La de Pluna, bien puede quedar como una típica uruguayez. Pero la de los yanquis, no le hace gracia a nadie. Y mucho menos cuando no se trata de un hecho aislado. Y es que los servicios de seguridad son privados, pagan sueldos miserables y, generalmente, los empleados son removidos trimestralmente ya que pueden despedirlos sin explicación ni indemnización. Están pensando en federalizarlos, hacerlos funcionarios del Estado.
¿Cómo el FMI a ellos no les aconseja privatizar? *
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