Altruismo con garra charrúa
DANIEL MARTINEZ SOTO – ENVIADO A NUEVA YORK
Yo nací en Jacinto Vera….», canta con su guitarra Oscar, el marido de Christina. Desde el sofá del living, en su casa en Newark a 50 minutos de Nueva York, se ve la piscina, en el fondo. Su hijo mayor le acompaña en el ritmo con su woodstone (literalmente «piedra de madera»), instrumento rapero que, irónicamente, no es de piedra ni de madera: es de plástico. Algunos uruguayos de visita, corean. La comida ha sido excelente, el vino mejor. El guitarrero y asador, dueño de casa, atribuye las virtudes de lo asado a la nueva parrilla semielectrónica donde el único recuerdo criollo, es el carbón. Las dos plantas de la casa apenas tienen recuerdos uruguayos a la vista, salvo fotos familiares.
Los tres hijos, uruguayos por herencia, adoran la montevideana comida materna, recuerdan con calor sus visitas al país de sus padres. Montevideo, es algo remoto, referente de padre amante del folclore y madre estudiante en los 70. El país de los abuelos. Su vida real, anda más por Broadway que por 18.
De la noche a la mañana estos emigrantes como tantos, asumieron la fragilidad de vivir. Lo contundente de disfrutarlo.
Claro que no todos los uruguayos tenemos… una heroína en casa.
«Creí que era un accidente»
«A las ocho estaba, como casi siempre, atendiendo pacientes», hilvana Christina los primeros recuerdos de la mañana del 11 de setiembre. «En un momento uno de los enfermeros me dice: ‘¿Vio, doctora, que un avión se estrelló contra el World Trade Center?’. Yo no sabía nada pero una de las enfermeras, Teresa Thomas, estaba llorando porque su novio trabajaba en el piso 104 de la Torre Uno. Salí a la calle, buscando relajarme un poco. En ese momento se estrelló el segundo avión. De golpe, la calle se llenó de humo, de gente corriendo. Yo no podía creer lo que estaba viendo. Volví adentro. Intenté calmar a la enfermera que todavía lloraba, diciéndole que era solo un incendio, que los bomberos estaban yendo, que nada iba a pasarle al novio. Pero ella insistía en que lo llamaba al celular y no contestaba. Gimoteaba: ‘Algo le pasó, algo le pasó’.Tenía razón; su novio está en la lista de desaparecidos.
En ese momento nos llaman del hospital central, a cinco cuadras del centro de oncología donde yo trabajo. Alertan que estamos en plan de desastre, que debemos presentarnos. Allá nos fuimos. Había médicos esperando por todos lados. Pero nada que hacer.
El tiempo pasaba y nadie hacía nada.
Fui a una de las ambulancias estacionadas. Les dije que me llevaran allá. Aunque algo les pareció raro, nadie dijo nada. Allá nos fuimos».
Como si llegara del cielo
En menos de cinco minutos bajaron hasta Broadway. «El aire se había oscurecido, era rarísimo».
Los bomberos, ante el suplicio de su impotencia y con los ojos estallando por el polvo enceguecedor recibieron la ambulancia como si llegara del cielo.
Abrieron ahí mismo, un dispensario de emergencia con la farmacia móvil de los mismos bomberos. La conectaron al lobby de un edificio («en el 225 de Broadway, me acuerdo»). Armaron estaciones diferenciadas esperando por heridos, quemados, traumatizados.
«Atendimos primero a los bomberos con los ojos congestionados, estaban enloquecidos por el dolor y por lo que pensaban le había ocurrido a sus compañeros; otros estaban heridos. Para entonces, comenzaron a llegar más ambulancias. También suministros de todo tipo».
Apenas pudo, Christina volvió a la calle. Aguardaba la llegada de heridos peores. Le impactó el enjambre de bomberos trabajando, que le parecieron miles.
«A cada momento todo se iba poniendo cada vez más oscuro. La primera torre ya se había derrumbado. Les pedíamos que por favor, nos dejaran ayudar en la segunda torre, ir a buscar heridos».
Los bomberos dijeron que no. Nadie iría. Cuando se dieron cuenta que ni los bomberos estaban yendo, dejaron de insistir. Por eso, tal vez sobrevivieron.
Entonces, la segunda torre se derrumbó.
«Escuchamos un ruido muy grande. Después, montones de polvo, de tierra, basura, avanzaron volando por todos lados. Mirando por la ventana no lo podía creer: era como si estuvieran desparramando bolsas y bolsas de harina. Me acuerdo de un puesto de fruta en esa esquina que, por supuesto, estaba abandonado. Miraba aquellas frutas, en una pirámide casi perfecta, cubierta toda con tierra, como si le hubiera nevado algo agrisado, sucio. Era tétrico».
Christina recuerda ese momento de inacción como el peor de todos. Ya sabían, por la policía que iba llegando, que eran atentados; incluso al Pentágono. Pero también, habían oído que estaban suspendidos todos los vuelos en el país.
«Entonces sentimos los aviones. Me aterrorizé. Fue el peor de todos los momentos. Creíamos cualquier cosa. Enseguida nos tranquilizaron, diciéndonos que eran aviones nuestros. Apoyaban la búsqueda de alguien a quien rescatar. Me calmé. Pero empecé a pensar en las consecuencias de lo que estaba viendo: me parecían horrorosas. Al mismo tiempo me daba cuenta que estaba viviendo algo terriblemente histórico.
Decidí ocupar mi cabeza en algo y busqué una cámara de fotos. Así saqué algunas, y otras me sacó un bombero: las quería para mis hijos, para lo único».
A las cinco de la tarde Christina dio cuenta que no podía hacer más nada. «Quería estar con los míos, pensaba en los chiquilines. Le pedí a un policía que me llevara al hospital. Me dijo que nadie podía abandonar su puesto. Decidí volver caminando».
Una noche en familia
Aunque la familia de Christina estaba tan alterada como todas por los acontecimientos, estaban tranquilos por ella. Christina había avisado a su marido de lo que estaba ocurriendo, cuando aún creía que el choque del avión con la primera torre era un accidente. Despertó a Oscar y le dijo que encendiera la televisión a ver si decían lo que ocurría. Apenas tuvo tiempo Oscar de encender la televisión. En cuanto colgó, la familia en Montevideo telefoneó para saber cómo estaban. Oscar los tranquilizó.
En esos minutos Christina comenzaba a ser atrapada por su Odisea, pero nadie podía adivinar que ella abandonaría el hospital para ayudar en las Torres.
A la media tarde, Christina, sin encontrar quién la ayudara a salir del lugar, guardó sus cosas en la cartera y decidió irse caminando.
Caminó desde Broadway hasta el hospital como en el peor de los sueños. Calcula que bien puede haber caminado media hora.
El polvo, aquel cadavérico color agrisado de todo lo que le rodeaba, remarcaba la desolación de esas calles a las que había conocido bulliciosas. «Me llamaban la atención los papeles. Cartas de amor alguna sería, pensaba yo, quizás nadie la llegó a leer; órdenes, sin sentido, sin cumplir; facturas, recibos, cheques. Cuánto de humano había en esos papeles que ya no tenían ningún sentido. Antes de llegar al hospital hay un pequeño cementerio: estaba cubierto completamente de polvo gris. Igual que yo. La angustia me atenazó la garganta». Pensó en sus hijos, apuró el paso.
Como baño de agua fría
Cuando llegó al hospital, la realidad la golpeó literalmente como un baño de agua fría. Había orden de descontaminación obligatoria para todos quienes trabajaban allí. Aunque habituada a la disciplina clínica, intentó protestar. Pero la medida no conocía excepciones.
«Me debí dar el mismo baño de agua helada que los demás. Me sentía cansada e indignada por el baño frío».
Agotada, pero estimulada por el baño, caminó hasta Penn Station, la estación del subterráneo más cercana. Había un mar de gente, porqu
e recién habían rehabilitado el servicio. Terminó haciendo algunas conexiones. Llegó a casa. «Abracé a cada uno desde lo más profundo. Pero como no sabían lo que me había pasado, estaban más preocupados por la cena. A mí, el corazón me estallaba de tenerlos, simplemente ahí, mirándome». *
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