El terrorismo bacteriológico no es omnipotente
RAFAEL L. BARDAJI (*) MADRID, IPS
Es más, tras los ataques del pasado 11 de setiembre y sus consecuencias catastróficas se ha extendido la visión de que a partir de ahora todo es posible para el mundo del terror, que las sociedades democráticas y avanzadas son tan abiertas como vulnerables y que están expuestas a ataques terroristas con armas de destrucción masiva y consecuencias incalculables en pérdidas humanas.
Pero no es cierto. La experiencia de los últimos decenios pone de relieve que los grupos terroristas, por muy sofisticados que sean, encuentran grandes dificultades, las más de las veces insuperables, para dotarse y utilizar armas químicas y bacteriológicas.
Aunque en los últimos años diversos informes oficiales y privados han avisado sobre la posibilidad de una agresión terrorista con armas de destrucción masiva, la verdad es que hubo sólo dos casos constatados de uso de sistemas bacteriológicos y químicos.
El primero en Estados Unidos en 1984, donde la secta de los Rajneeshees provocó una epidemia de salmonelosis que afectó a un millar de personas; y el segundo en Japón en 1995, cuando la secta Aum Shinrikyo llegó a atentar con gas sarín en el metro de Tokio causando la muerte a 12 personas y afecciones de consideración a un centenar más.
Sobre el papel, las armas bacteriológicas resultan temibles por el grado de víctimas mortales que pueden conseguir. Según estimaciones oficiales norteamericanas de la FEMA (la agencia federal para las emergencias civiles), para producir el mismo número de bajas por kilómetro cuadrado serían necesarios 1.600 kilos de bombas de fragmentación, 160 kilos de gas mostaza, 40 kilos de gas nervioso, 2,5 kilos de material radiactivo en un arma rudimentaria de fisión nuclear, 40 gramos de toxina butolínica y 4 gramos de esporas de ántrax.
En ese sentido, parece evidente el atractivo que estos dos últimos agentes pueden tener para mentes terroristas.
Sin embargo, la historia muestra que para los grupos terroristas resulta muy complejo dotarse con estos patógenos. La mayor dificultad comienza con la producción misma de dichos agentes. No basta con comenzar el cultivo con una cepa bacteriana cualquiera, sino que ésta debe contar con un potencial de letalidad muy elevado. Conseguirla con estas características de la naturaleza es muy complicado y, de hecho, en los laboratorios que han investigado elementos bacteriológicos y virus como armas de guerra, la mayoría de patógenos es modificada genéticamente para aumentar su virulencia, ganar en estabilidad y favorecer su producción. Es más, el cultivo de los agentes letales también presenta problemas y exige personal altamente calificado en microbiología.
El culto Aum Shinrikyo tenía trabajando en sus laboratorios químicos a 80 licenciados universitarios y a 20 más en sus proyectos bacteriológicos, lo que no impidió que los nuevos intentos de ataques biológicos fallaran uno tras otro y que de la veintena de agresiones químicas sólo dos tuvieran un cierto éxito. En el caso de los Rajneeshees de Oregón, sus recursos humanos se limitaban a un médico y personal de enfermería y laboratorio y, aun así, su idea de extender la fiebre tifoidea tuvo que transformarse, a lo largo de más de un año de ensayos, en algo más fácil pero menos grave, un ataque de salmonelosis (Salmonella entérica en lugar de Salmonella typhi).
Tanto en uno como en otro ejemplo, el material de laboratorio y cepas con las que arrancar sus macabros ensayos fueron obtenidos a través de compañías médicas interpuestas (en el caso japonés) o de los laboratorios de los hospitales locales (en el caso estadounidense). Lo que buscaban los Rajneeshees era incapacitar a la población para hacerse con el poder local, no eliminarla, por lo que su búsqueda de un agente patógeno era más sencilla. En el caso de la secta Aum Shinrikyo, cuyas investigaciones se centraron en la producción de toxina butolínica y ántrax, fallaron estrepitosamente. Ni pudieron conseguir la toxicidad requerida ni dar con un sistema de diseminación fiable, afortunadamente.
Por tanto, y en contra de lo que vulgarmente se cree, no sólo no es fácil hacerse con los elementos requeridos para desarrollar un agente bacteriológico, sino que su utilización como arma tampoco es sencilla. Su fabricación exige procesos de purificación y secado que reducen drásticamente la cantidad de organismos vivos y utilizables en un 70%-80%.
Más aun, su diseminación, que debe respetar el tamaño máximo de las esporas (10 micras para el ántrax, por ejemplo), exige instrumentos de aerosolización muy sofisticados.
Los atentados con carta y ántrax que estamos viendo estos días en Estados Unidos reafirman la limitación que tienen estos sistemas para provocar daños masivos. Es más, en el hipotético caso de que organizaciones terroristas –y es difícil imaginar grupos más sofisticados que Aum Shinrikyo, con 60.000 miembros repartidos en todo el mundo y propiedades por un valor cercano a los 1.000 millones de dólares de entonces– tuvieran resueltos los problemas de producción y dispersión de agentes químicos o bacteriológicos, las condiciones medioambientales también mitigan la efectividad de un posible ataque. La aerosolización de esporas en realidad acaba con un 60%-70% de las mismas y las supervivientes están a merced de la luz solar y del viento, lo que las hace decaer rápidamente.
En el caso del sarín, serían necesarios más de 1.000 kilos para cubrir un área abierta en la que matar a 10.000 personas, una cantidad compleja de manejar para quien se mueve en la clandestinidad. En espacios cerrados, la cosa cambiaría, pero como demuestra la historia de Aum, ni con tres años, 80 científicos y una inversión cercana a los 100 millones de dólares, lograron causar más daños que el que se hace con un coche bomba.
El 11 de setiembre ha puesto dramáticamente de relieve que el terrorismo posmoderno no se detiene ante la perspectiva de segar la vida de miles de ciudadanos corrientes.
Al contrario, es lo que se busca. Sin embargo, también ha puesto de relieve que puede conseguirlo utilizando medios bien convencionales y cotidianos.
Aunque no cuente con escrúpulos morales, simplemente le es más fácil de esa manera. Bin Laden no es omnipotente ni sus terroristas tienen acceso a todos los medios con los que quisieran contar. La prudencia lógica de los gobiernos no debiera llevar a la población al pánico, porque eso sería tanto como caer en la trampa del terror. Y no hay motivo para ello.
(*) Rafael L. Bardají, fundador del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) y asesor ejecutivo del ministro de Defensa de España
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