Tiene la palabra

 

No se puede renacer desde el odio

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

 

* Estas son las reflexiones para encarar la vida. La insania humana se instala en el mundo. Unos, fanáticos de destrucción de vidas. Otros, en su venganza ojo por ojo, mutilan y matan en aras de supuesta justicia. En los dos bandos: seres vitales y necesitados de un digno vivir.

Resultante: ambos derrotados. Antítesis: por primera vez los Padres de Renacer tienen su mito histórico, la muerte de nuestros hijos no genera sed de venganza. Estos mensajes de vida nos generan a nosotros, sus mensajeros, cambio de actitud; podemos anidar en el amor, por ende en el perdón, en la solidaridad, en querer aun más la vida; en proporcionar más vida a la vida. Quien hoy escribe tendría el perdón divino desde el 11 de setiembre de 2001, si hubiere arremetido para matar, mutilar, a médicos, por así haberlo decidido, en virtud de una mala praxis con mi joven hijo. No, no tendría perdón divino. ¿Verdad que no?

Si por accidente de tránsito, frecuentes, los padres de esas jóvenes vidas perdidas acometieran irracionalmente contra todo vehículo, mataran otros seres humanos que encontraran, ¿serían absueltos?

No quiero que los corruptos, amanuenses, buenos para nada, con su expresión tan repetida «es lo único que se puede hacer ante este horror» triunfen. Todos los que amamos la vida, detrás de ese gran guía que no miente, que es justo, que no hiere; nuestra conciencia; pletórica de amor, escuchémosla a diario, en todo instante.

Revertir esta insania es obligación de los seres humanos, logremos que nuestros hijos; milagros de la vida, transiten por ella, desprovistos de semejantes infortunios. Renacer a la vida es grandeza espiritual; mancillarla es agravio para la humanidad.

ROBERTO MORAN, INTEGRANTE DEL GRUPO RENACER

 

«Sé lo que hicieron el sábado pasado…»

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

 

* Obedecer la ley. Vaya cuestión. Cuántas veces nos acordamos trivialmente del viejo refrán: «Â¡Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago!» y sin darnos cuenta millones de ejemplos bailan ante nosotros todos los días. Pero hay cosas que superan todo lo previsto por la famosa frase, y la noche del sábado próximo pasado fue una de esas. No es mi intención hablar de culpables ni victimarios y menos aun de razones políticas ni soluciones posibles, no porque no las halla, sino porque es el deber de otros que están donde la autoridad democrática los ha depositado para encontrarlas.

Mi sorpresa no fue mayor cuando las boleterías del Teatro de Verano estaban cerradas y las entradas agotadas; pero sí sorprendía que autoridades de la ley, sintiéndose quizás impunes, omnipotentes o vaya a saber uno qué, resguardados tras su traje negro y su «palo» real, encimaban su caballo sobre el que se atraviese a estar inocentemente parado o sentado o simplemente dialogando frente al Ramón Collazo e incluso sobre la rambla.

Usted podrá decir: «…y… algo habrán hecho…». Muchas veces pensé así. Todos alguna vez nos lavamos las manos así. ¿Pero sabe una cosa?, esta vez yo estaba ahí, junto a mi novio y mi primo, cometiendo el único pecado de no conseguir un par de entradas y no tener otro remedio que quedarme sin disfrutar de un recital. Sin embargo, al igual que otros tantos jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres sin importar aspecto, tuvimos que correr, incluso por la playa sin saber el porqué… pero a sabiendas de que si no lo hacíamos no cabía en la cabeza de estos señores la simple explicación que necesitaba el asunto.

Otras dos horas pasamos dentro de un antiguo bar del Parque Rodó desde donde pudimos observar la película fantasma de personas como uno, como usted, que eran subidos de los pelos –no con mucha suavidad– a camiones que lucían el famoso eslogan «Sirviendo a la Sociedad» sólo por estar sentados haciendo ¿lo que no debían?: disfrutar de nuestra hermosa rambla.

Yo me pregunto: esta gente ¿no sabe diferenciar? ¿Cuál es realmente su trabajo? Creo que los ciudadanos lo tenemos muchas veces más claro que ellos mismos.

Pero aunque todo esto no era poco, el colmo de la indiferencia y la divinidad que creen tener fue que seis granaderos montados en sus caballos descendieran a la arena de la playa Ramírez por el solo hecho de que un «pobre infeliz» –porque no hay otro término posible para este chico– corría por la playa. No sé, ni creo que importe al caso lo que este sujeto haya gritado, dicho o hecho, el asunto está claro, más allá de que sean uno o miles los que corrían, y en éste era uno, la playa es hasta donde todos sabemos competencia de Prefectura.

Y es así donde se me plantean las ironías y las incongruencias… mientras el señor ministro Stirling se esfuerza por una policía ciudadana, por aumentar el respeto de la gente hacia ella, por repartir volantes preguntando sugerencias y mejorar la policía de todos… estos personajes que se idolatran a sí mismos y juegan a los ladrones y policías, ennegrecen todo esfuerzo posible con hechos y ademanes que se parecen más a una guerra civil que a una simple noche de recital.

Quiero pensar que desconocen la ley, que son ignorantes al respecto aunque esto no los haga inocentes, y no que hacen lo que tanto predican que no se haga: desobedecer la ley y armar disturbios de la nada. Esa noche no impusieron el orden ni sirvieron a nadie, sino que impusieron el gratuito desorden que no había.

Todo esto va más allá de si bajaron o no a la playa, de si pegaron bien o pegaron mal, todo trasciende en el simple hecho del viejo refrán. Todos cumplimos la ley, la obedecemos e incluso a veces la tememos, pero… tendré que creer a mis 20 años que esta gente es realmente impune, que los que nos hacen obedecer no obedecen lo que nos imponen.

Mire para que vaya llevando y después no se queje, cuando dijimos: «esto no va más» y decidimos pacíficamente caminar hacia el Punta Carretas a buscar alguna película de trasnoche, no nos dejaron caminar por la rambla, pero lo importante es que pudimos ver en este momento a este chico sumergido hasta la cintura en las aguas del Plata escoltado por los seis jinetes que esperaban en la orilla –donde nunca tendrían que haber estado– esperando a que en algún momento, este ser humano en una noche bastante fría, iba a salir congelado a sus pies. No supe qué pasó luego… desgraciadamente no creo que el chico resistiera el frío mucho más.

Si hoy usted me pregunta: ¿Díganos que más podemos hacer para ser la Policía que usted quieren? Que quiere que le diga. Quiero seres humanos y no más animales sirviendo a la sociedad. Quiero el respeto que todos nos merecemos. Quiero educación para estos señores… y que les avisen… por las dudas… que llevamos más de quince años de democracia.

Gracias

4.272.415-7

4.411-558-4

 

Por un gremio municipal cristalino

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

 

* Las páginas del periódico El Municipal están abiertas a unos pocos;no está permitido verter opiniones contrarias a quienes, puestos en su sitio de dirigentes sindicales por los propios trabajadores, se arrogan la facultad de decidir qué es lo que éstos pueden o no decir en la publicación mensual perteneciente a todos los afiliados de Adeom.

No quiero pensar eso. Prefiero creer que por algún error involuntario alguien metió mal un dedo y borró el e-mail; y que además, algún distraído ext
ravió el diskette que, para evitar justamente esos inconvenientes, también había enviado con la misma nota.

Pero más allá de cualquier especulación, lo cierto es que no se publicó.

Esa nota hacía duras críticas a la asamblea municipal del 6 de setiembre. En esa asamblea el tema principal fue la expulsión de dos integrantes del ejecutivo y tres militantes, acusados de mal manejo de las finanzas del sindicato.

El asunto se discutió largamente hasta que finalmente la mayoría resolvió restituir a los dirigentes sancionados.

A pesar de la gravedad del extenso informe hecho por la comisión de análisis financiero; a pesar de que los acusados y sus partidarios basaron su defensa acusando a los acusadores, imputando persecuciones políticas, minimizando faltas graves, y nunca proponiendo una investigación neutral y objetiva que los librara de las calumnias de las que dijeron haber sido víctimas; a pesar del indescriptible bochorno que fue el debate, todo quedó en nada y los acusados recuperaron sus sillas en medio de un acalorado aplauso.

Pero como el escaso número de asistentes a la asamblea impedía que ésta decidiera sobre temas estatutarios, uno tenía la esperanza de que la cuestión no se diluyera y los que habían promovido la investigación continuaran sus esfuerzos con el fin de dejar las cosas definitivamente claras. Pero no. Sorprendentemente el ejecutivo resolvió instrumentar lo resuelto por la asamblea.

De un día para otro borraron todo de un plumazo y dieron vuelta la página. Hoy parece que no hubiera sucedido nada. Yo siento, junto a muchos municipales, que fuimos estafados.

Porque la duda sobrevuela la imagen del sindicato. Es triste, pero es así. ¿Qué fue lo que pasó realmente? ¿Quién dice la verdad: los acusadores o los acusados? Solamente la intervención del PIT-CNT mediante una auditoría podría esclarecerlo. Ojalá prime la sensatez.

JOSE A. LUCAS – C.I. 2.684.631-1

 

Cilindro Dr. Héctor Grauert

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

 

* Quiero felicitar al lector que escribió el artículo del «Cilindro Dr. Héctor Grauert», el pasado 5 de octubre, en el espacio de los lectores, lo saludo, felicito y me siento perfectamente identificada con recalcar y reafirmar que el mencionado estadio cerrado que construyó e inauguró el doctor Grauert, hoy lleva su nombre con total justicia.

El doctor Grauert fue un hombre de pensamiento y acción, un brillante parlamentario, destacado abogado y por encima de todo un hombre muy solidario, un gran humanista, que supo ganarse el respto dentro y fuera de su partido. Representó a nuestro país en forma excelente, cuando fundó junto a Víctor Raúl Haya De La Torre y presidió el Parlamento Latinoamericano, presidió misiones diplomáticas a la O.I.T. en Ginebra-Suiza en 1954 y 55, presidió la Delegación uruguaya a la O.E.A. en 1964 y a la O.N.U. en 1967, en 1968 fue invitado a participar del Parlamento europeo en Estasburgo.

Don Héctor Grauert fue condecorado por diferentes países, fue en dos períodos diputado por Montevideo desde 1943 a 47 y desde 1947 a 1951, resultó electo cinco veces senador en 1950, 1954, 1962, 1966 y 1971, y es cierto también que fue el penúltimo en hacer uso de la palabra en la última sesión del Senado de la madrugada del 27 de junio de 1973, Grauert combatió a las dos dictaduras, a la de Terra donde asesinaron a su hermano el doctor Julio César Grauert y a la militar.

Hablar de Grauert es referirse a un gigante de la política nacional, a un preclaro hombre de principios, a un constructor que elaboró varios proyectos de Ley, e impulsó varias y destacadas obras públicas que nos hacen sentir orgullosos de ser uruguayos, como cuando inauguró el Espinillar de Ancap, le dio los predios y establecimientos del frigorífico del Cerro a los obreros, desde su segunda presidencia en la Junta Departamental de Montevideo. Grauert hizo construir el moderno edificio sede del deliberativo comunal. Don Héctor fue presidente de la Junta Departamental de Montevideo en 1985 y 86 con el respaldo de todos los partidos algo que es muy bueno en resaltar, insólito en la historia cívica del país.

El nombre verdadero y oficial, legal del estadio cerrado es «Cilindro Dr. Héctor Grauert», que se mencione como se debe es lo mínimo que deben hacer los periodistas en los medios de comunicación.

Las nuevas generaciones deben de ser influenciadas con los hombres y mujeres libres de buenas costumbres, que se sacrificaron e hicieron obras por el Uruguay y el pueblo de la República, es hora de defender y valorar lo nuestro.

MARIA INES CALO VICA – GUSTAVO A LORENZO

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