Darwin y Ghandi inspiradores de la ideología colorada

ace un par de semanas me ocupé en esta contratapa de la fiebre renovadora que había atacado a nuestras colectividades políticas, ávidas de actualización ideológica o de redefiniciones de identidad. En medio de la crisis (recesión, desempleo, etcétera), el del aggiornamiento doctrinario de los partidos se ha convertido en tema prioritario en el ámbito político nacional. Expresaba entonces mi inquietud a propósito de cuál era la ideología del Partido Colorado (o la del Partido Nacional) que sus dirigentes se proponían actualizar, teniendo en cuenta que ninguna de ambas colectividades podía razonablemente situarse a la izquierda, a la derecha o en el centro, puesto que tanto una cuanto la otra habían albergado en su seno sectores, dirigentes o grupos de signo ideológico francamente antagónico.

Al enterarme de que el Partido de Rivera había dispuesto comenzar su tarea ideológico-actualizadora en Colonia, pensé que por fin se desentrañaría el misterio. Pues bien, menudo chasco me he llevado al leer las notas de prensa sobre el referido encuentro y advertir que en realidad, más que de una redefinición doctrinaria de lo que se trató fue de un prolijo lavado de imagen. En definitiva, ello viene a confirmar lo sostenido en esta columna: que el Partido Colorado jamás tuvo una definición ideológica.

Algunas intervenciones de ciertos prohombres, fundamentalmente foristas, dan la pauta del verdadero propósito que se persigue: minga de actualización ideológica; ni más ni menos que un simple lavado de cara.

Lo que preocupa al Coloradismo no es ofrecer una ideología creíble como alternativa al aparentemente imparable avance de la izquierda. La única preocupación parece ser edulcorar un pasado incómodo y despojarse de malos recuerdos como si se tratara de olvidar una pesadilla. En ese sentido, las palabras del vicepresidente Luis Hierro –y más aun la precisión que envió a LA REPUBLICA el 24/10– son más que elocuentes. En la edición de la víspera habíamos titulado «Hierro López: Pacheco gobernó con desbordes», con lo cual los lectores podían concluir que el Partido de la Defensa procedía a hacer una autocrítica. Pero no. Contra lo que podría pensarse, el profesor Hierro –lejos de tomar distancia del autoritarismo pachequista– se ocupa de justificar al extinto líder partidario. Bueno, al menos es un sinceramiento loable. Y en definitiva, a poco que uno se ponga a reflexionar, parece impensable que dirigentes medios de un sector liderado por quien fue ministro de Industria de Pacheco y de Educación y Cultura de Bordaberry renieguen de su pasado pachequista.

Por si algo faltaba, el diputado Washington Abdala fue categórico: «Los colorados no tenemos nada de que arrepentirnos», sentenció ufano, explicando a continuación: «Nosotros no tenemos que actualizarnos en el sentido nato de la palabra porque somos evolucionistas y pacifistas«. ¡Albricias! ¡Eureka! Ahora sabemos cuáles son las bases doctrinarias del coloradismo. ¡Por fin! Como buenos ateos y anticlericales, los hijos de don Frutos se proclaman contrarios a la teoría religiosa sobre el origen de la humanidad y se proclaman darwinianamente evolucionistas. En lo que tiene que ver con el segundo término de la definición ideológica, confieso que me desacomoda un tanto pues no acierto a comprender cómo se compagina con el fervoroso apoyo que el Foro brinda a Bush y la OTAN; o con la incuestionable filiación colorada de pacifistas tales como Latorre o Santos. Pero en fin, usted sabe cómo son esas cosas; lo que importa es la síntesis magistral que hizo Abdala del contenido ideológico del Partido Colorado: «Este partido no es categorizable ni como de derecha ni como de izquierda; somos colorados y punto». Así se habla, ¡carajo! Eso es honestidad intelectual.

Pero volvamos a las palabras del profesor Hierro. El vicepresidente sostiene la tesis de que el MLN no surgió como una respuesta a la «violencia de arriba» sino que comenzó cinco años atrás, en circunstancias en que no gobernaba el Partido Colorado ni el señor Pacheco. Este –según Hierro– ejerció la autoridad para evitar enfrentamientos mayores, y en ese ejercicio de la autoridad hubo desbordes inevitables en este tipo de situaciones. Todo sic. ¿Qué tal?

Cuando a poco de asumir –en diciembre de 1967– Pacheco clausuró Epoca y El Sol e ilegalizó al Partido Socialista y otros grupos políticos, nadie hablaba del MLN. Cuando en junio de 1968 instauró sine die el régimen de excepción de las medidas de seguridad, los Tupamaros no habían llevado a cabo atentado alguno. Fue a partir de entonces que el MLN comenzó a actuar y a cobrar notoriedad y no al revés, como pretende el profesor Hierro.

Y si echamos un vistazo a nuestra historia, advertiremos que la insurgencia armada fue moneda corriente. Lavalleja –que en última instancia no se sabe bien si era blanco o colorado– se sublevó contra Rivera, primer presidente constitucional. Este, a su vez, encabezó un movimiento armado contra Oribe, que fue el origen de la Guerra Grande. Cuando don Bernardo Prudencio Berro ejercía legítimamente la Presidencia de la República y gobernaba con acierto y dignidad, Venancio Flores no tuvo mejor idea que pactar con el Imperio del Brasil e iniciar la invasión que unos años más tarde terminaría con el mandato constitucional de Atanasio Aguirre. Avelino Arredondo baleó de muerte a Idiarte Borda, presidente constitucional, y no obstante, el mismísimo Batlle y Ordóñez fue a la prisión a manifestar su solidaridad con el magnicida.

Así que a no tergiversar la realidad, ni la pasada ni la presente. Y menos, la burda pretensión de maquillar el autoritarismo pachequista cuyo apartamiento de la legalidad constitucional no puede justificarse. El maquillaje es un recurso del actor. Y el nombre que éste recibía ya en la antigua Grecia era hipócrita. *

 

(*) Periodista de LA REPUBLICA

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