Apocalipsis ya o el retorno de los brujos
ue al mundo le falta un tornillo es un descubrimiento de Enrique Cadícamo de hace cerca de setenta años. Contemporáneamente, el otro Enrique (Santos Discépolo) comparaba el mundo con un cambalache. Sin embargo, ambos tangos no hacían sino expresar –con su peculiar estética y desde una óptica popular– una percepción bastante común entre los descendientes de Adán y Eva ya advertida por otros pensadores unos cuantos siglos atrás: cuando creó el mundo, Tata Dios no estaba en uno de sus mejores días.
Y eso por no decir como Vallejo, «un día que Dios estuvo enfermo, grave».
Tal vez no sea más que la humana costumbre de creer que todo tiempo pasado fue mejor, o bien que como el presente no hay. El hecho es que nos parece que nunca como ahora el mundo (y cuando digo el mundo me refiero a los animales superiores de la creación, a la actividad humana) estuvo tan loco.
Porque, de verdad, los hechos cotidianos y menores (no estoy hablando del terrorismo de Bin Laden ni del de Bush) se ocupan de poner a prueba diariamente nuestra capacidad de asombro. Reconozco que la mía parece no tener límites y espero que la del lector no esté disminuida.
Leyendo la página 13 (¿será un signo?) de LA REPUBLICA del miércoles 17, uno no puede menos que quedar sumido en la más absoluta perplejidad. Tres notas ocupan la página en cuestión: la «A» informa de las predicciones del astrónomo inglés Stephen Hawking, premoniciones apocalípticas que auguran un futuro negro para la humanidad. La «B» trata de la nueva mascota robot creada por los japoneses, el gato NeCoRo, que no se mueve, no obedece ni hace piruetas pero ronronea cuando se lo acaricia y del que ya se ocupó Buscaglia en su columna amarilla. Y finalmente, una breve nota que anuncia el inminente nacimiento del primer ‘bebé diseñado’ en Gran Bretaña, una suerte de clon escogido entre otros embriones como posible donante de médula ósea para su hermanito mayor.
Si después de leer las tres noticias a usted no se le mueve un pelo, hay que concluir que usted es de plástico.
Pero veamos un poco el desarrollo de las informaciones.
El fin del mundo
Según Hawking –un distinguido astrónomo y divulgador científico–, la humanidad está condenada a desaparecer antes del fin de este milenio que comienza, pero no como consecuencia de una conflagración atómica ni por la destrucción del medio ambiente, sino por un virus creado accidental o voluntariamente, que será imposible combatir. Ni más ni menos que la concreción de lo que sugería El Aprendiz de Hechicero. Dice Hawking –convertido en una mezcla de Nostradamus y Jules Verne– que la ingeniería genética puede realizarse en un pequeño laboratorio con medios bastante modestos, al revés de las vastas y costosas instalaciones que requiere la ingeniería nuclear. Pero no os inquietéis, amigos lectores: tenemos salvación. Nuestra salvación está en las estrellas, y el bueno de Hawking nos tranquiliza tratando de transmitir su confianza en que los seres humanos colonizarán el espacio –en el mejor estilo de las obras de ciencia ficción– a bordo de naves capaces de superar la velocidad de la luz. A mí me cuesta creerlo, pero todo es posible. Ahora, eso sí: deberemos acostumbrarnos a vivir en el espacio, y, para afrontar bien el viaje, deberemos sufrir algunas modificaciones genéticas, razón por la cual Hawking es partidario de la manipulación del ADN como forma de asegurar al hombre su supremacía sobre la computadora, una máquina capaz de mejorar mucho más rápidamente que el cerebro humano.
Esto de que la humanidad tiene los días contados puede generar alguna congoja, aunque claro, mil años no es un día, y es altamente improbable que alguno de nosotros asista al apocalipsis. De todos modos nadie hay que no corra el albur de ser el primer inmortal, como bien advierte Borges.
Los robots
Para ese viaje a las estrellas que nos salvará de la hecatombe, son muy apropiadas las mascotas robot. Fíjese que no necesitan adaptación alguna, ni genética ni psicológica y no requieren alimentación ni gastos de veterinario y, además, ¡son imortales! Se acabaron los llantos por la muerte del gatito; se acabaron los cementerios para mascotas. Una verdadera maravilla.
Presumo que después de estos inventos, los japoneses se ocuparán de crear no ya mascotas sino cónyuges robot. No, no me refiero a vulgares muñecas inflables. Estoy hablando de esposas y esposos electrónicos perfectamente programables para satisfacer las necesidades de cada cual.
Imagine el lector una esposa robot que nunca tenga dolor de cabeza, a la que no es preciso colmar de pilchas, alhajas y perfumes y que no nos contradiga en nada. Podría estar programada incluso para recordarnos «no te olvides que hoy pasan el partido» y sentarse a cebarnos mate frente al televisor, o recibirnos diciendo «me encanta que tomes unas copas de más porque te ponés más ingenioso que de costumbre» cuando uno llega tarde y mamado. Ideal, ¿no es cierto?
Los maridos robot serían un poco más caros porque –además de gentiles, condescendientes, amorosos, y amantes infatigables– tendrían un buen empleo que evitaría las zozobras de fin de mes y serían capaces de decir «Â¡qué bien te queda ese peinado!». ¿Se imagina, amiga lectora, no tener que lavarle los calcetines, ni plancharle las camisas, ni esperarlo con la cena?
Diseño de bebés
Y finalmente, ¿qué mejor para llevar consigo a otra galaxia más acogedora, que hijos diseñados a nuestro gusto y de acuerdo con nuestras necesidades y anhelos? Además de rubios y de ojos azules (un estereotipo difícil de erradicar), sanitos y sin vicios (como los esclavos), nuestros hijos no exhibirán inconductas, serán los primeros de la clase, nos obedecerán en todo; serán inteligentes y bondadosos (esto último no mucho). En dos palabras: una monada. Haremos de ellos profesionales de renombre, empresarios exitosos, gobernantes justos y amados por el pueblo, estrellas deportivas, artistas mundialmente reconocidos y todo lo que a usted se le ocurra; todo lo que uno soñó para sí y no pudo ser: una venganza contra nuestras frustraciones.
Ahora digo yo, ¿tiene sentido preocuparse por el fin de un mundo tan imbécil? *
*Periodista de LA REPUBLICA
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