LA ORGANIZACION "FOBICOS ANONIMOS" CUMPLIO DIEZ AÑOS DE VIDA AYUDANDO A LAS VICTIMAS DEL MIEDO

Uno de cada diez uruguayos padece la patología del pánico

DANIEL MARTINEZ SOTO

 

Esta semana cumplió su primer año «Fóbicos Anónimos», ayudando a los aterrados uruguayos.

De improviso uno se queda en blanco. Aterrorizado. Duro como piedra. El miedo no lo deja reaccionar ni mover un músculo. Exteriormente, el mundo sigue como siempre, pero en ese mismo instante, la ansiedad, en su expresión más desaforada, apabulla a su víctima.

El «estado de pánico» acaba de ganar otro paciente.

Esta patología psiquiátrica, quizás tan antigua como el hombre, pero reconocida, atendida y tratada en tiempos muy recientes, es uno de los problemas de más rápida expansión en nuestros días.

Sociedades como la uruguaya, donde la inestabilidad laboral, la inseguridad ciudadana, la delincuencia y las angustias aumentan sin cesar, fertilizan el campo para el desarrollo de esta tan difundida enfermedad individual y colectiva.

El 50% de los uruguayos padece síndrome de ansiedad

Actualmente, se estima que uno de cada diez uruguayos experimenta alguna fase de estas crisis de manera periódica. En tanto la ansiedad en grado de patología alcanza a cuando menos la mitad de los compatriotas. La exacerbación de sus síntomas y el desenlace en el «estado de pánico» a nadie deberían asombrar.

Aunque afecta sin distinción de raza o condición social, el «estado de pánico» aparece con mayor frecuencia entre los 30 y los 40 años. Las mujeres lo sufren en relación doble que los hombres.

La detección, más incluso que el tratamiento, está generando los mayores inconvenientes para disminuir la proliferación de esta pandemia de la civilización moderna.

En países como Uruguay, donde visitar un psiquiatra es aún mirado con recelo por muchos y que una mujer sienta pánico suele ser visto como condición «natural» femenina, el reconocimiento de que se padece una enfermedad, que necesita tratamiento, suele ser compleja.

En este marco, los grupos de autoayuda, que en esta semana cumplieron su primer año de funcionamiento en Uruguay, aparecen como una puerta de esperanza en un mar de incertidumbres y, naturalmente, de miedos.

Sin jugar con las palabras

«Es fácil decir: tiene miedo, se asustó. Pero esto es otra cosa. Yo ya no juego más con las palabras», afirma Dagmar Van der Weck, durante ocho años enferma del «estado de pánico» y actualmente coordinadora de los grupos de autoayuda que se extienden por Montevideo.

«El momento del ataque es algo completamente inesperado. Algo espantoso que se siente físicamente, que genera una incertidumbre atroz: a uno le parece que va a morirse o a volverse loco», explica.

En su caso, la experiencia la impactó mientras manejaba por la ruta Interbalnearia rumbo al este, en pleno mediodía de verano.

Nuestras pesadillas

«En aquellos días, la ruta todavía era angosta. La Onda se me puso atrás y me hacía señas con las luces. Yo no entendía qué quería que hiciera, tampoco podía salir de la ruta. Ahí tuve un ataque con palpitaciones, sudaba a mares, me desesperaba la sensación de ahogo. Creía que me iba a morir ahí mismo», recuerda. Después de ese incidente en que se salvó de estrellarse por milagro, las aterrorizantes experiencias se repitieron. Al igual que muchos otros pacientes, comenzó a visitar médicos. Su peregrinar fue inútil. Para los análisis clínicos era una persona «sana».

Finalmente encontró un psiquiatra que diagnosticó «ataques de pánico».

Comenzó a hacerse tratar, demoró ocho años en recuperarse. Pero ya en esa etapa pensaba en ayudar a otros que padecieran de lo mismo. Hoy, su meta es la creación de una fundación que a nivel nacional se ocupe de atender estas patologías.

Recuerda que ello se le ocurrió al descubrir que lo suyo lejos estaba de ser una rareza médica, que había muchos como ella que sufrían pero que al no ser diagnosticados seguían padeciendo.

Es que, aún cuando se estima que el diez por ciento de la población sufre ataques, los diagnósticos no siempre son acertados o fáciles. Actualmente, las propias emergencia móviles están preparadas ante este problema. Se estima que hasta un 15 por ciento de las llamadas que reciben están originadas en «ataques de pánico», asegura. En casi todos los casos se aplica un ansiolítico y se sugiere atención médica especializada.

Con medicación, tratamiento y tiempo, la enfermedad es curable. Van der Weck afirma que hace dos años que no experimenta una crisis. «Pero si la tuviera ya sé cómo manejarla, sé lo que hacer. Pero otros afectados no. Ahora con los grupos de autoayuda tenemos un referente más que valioso para todos».

Los «Fóbicos Anónimos»

La idea surgió a partir de un programa argentino, hace algo más de dos años. Allí se explicaba el sentido de una organización «Fóbicos Anónimos» que buscaba combatir los miedos enfermizos de la gente. Después de contactos con esta organización y con otra estadounidense aún más antigua, la idea cuajó en nuestro país. Con el apoyo de psiquiatras y otros, los Fobicos Anónimos de Uruguay comenzaron sus primeras reuniones en un local de Malvín. Luego otro fue abierto en La Comercial, mientras el de Malvín se trasladaba a Carrasco. Ahora también hay en Las Piedras.

«Y queremos abrir en el Interior. Es donde más nos preocupa ya que la gente sufre tanto como en Montevideo, pero aún no hemos encontrado la forma de consolidar allí grupos de autoayuda».

La gente llega a través de un teléfono a contactarse con el sistema (el celular 094-303935). Allí se le formulan algunas preguntas vinculadas al eventual tratamiento recibido, medicación, etc. Recibidos en el grupo, comienza una serie de terapias que paulatinamente llevan a superar el miedo.

«En definitiva esto es más que la fobia: esto es miedo al miedo; miedo a perder el control. Yo llegué a pedirle a los vecinos que ayudaran a mis hijos a cruzar la calle, porque tenía miedo hasta a salir de casa. Ahora, con el control de mi vida en mis manos, puedo decir que he resucitado. Y quiero que otros también puedan». *

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