Las únicas dos orillas del mundo
TOMAS ELOY MARTINEZ
El martes, 25 de setiembre, llegó a un sorprendente 89 por ciento. Ese vuelco de la opinión pública no puede ser explicado por la razón sino por otros desvíos de la inteligencia, que tienen que ver con la fe, el patriotismo y la certeza de que los Estados Unidos prevalecerán, hagan lo que hagan. Pocas veces como ahora se ha sentido en ese país que el derecho a disentir es frágil y hasta peligroso. Aunque Bush haya dicho en su celebrado discurso del 20 de setiembre que quienes odian a los Estados Unidos lo hacen porque también odian sus libertades, el miedo a pensar distinto flota en el aire. Ya no se trata sólo del miedo a ser distinto (como los pasajeros árabes a los que bajan de los aviones porque la tripulación no se siente cómoda con ellos) sino también del miedo al aislamiento que sobreviene cuando uno se pone al margen del patriotismo, que en cada hombre pacífico ve a un enemigo. Bush es un converso. Después de ocho meses de gris y errática administración, y de un aluvión de tiras cómicas que veían a Dick Cheyney o a Condoleeza Rice llevando el timón del país mientras él se entretenía con sus gameboys, George W. se ha sentado por fin en el puesto de mando. Ha encontrado un destino. Antes de la catástrofe de las Torres Gemelas era un muchachote que aparecía fuera de lugar en el Salón Oval de la Casa Blanca. Se le entendía poco lo que decía, no tanto por el siseo montaraz de su elocución como por su sintaxis enrevesada y tartamuda, detrás de la cual se abría un desierto blanco y vacío. Y además, estaba la extravagancia de sus gestos: el inverosímil repertorio de tics faciales, la expresión vacuna que no lo abandona, ni siquiera cuando trata de mostrarse tierno con los animales y los niños, y el aire de constante desconcierto que transmite y que da ganas de explicarle: «¿Ve, presidente? De aquel lado esta el sur, de aquel otro lado el norte.» Durante los debates con Al Gore, hace poco menos de un año, George W. se preparó tanto que por primera vez se lo vio igual a sí mismo: audaz, provinciano, con más ambición que sesos. Si Nostradamus –cuyas profecías han vuelto a venderse ahora como pan caliente en los Estados Unidos — hubiera vaticinado en octubre pasado el ataque sangriento contra las Torres Gemelas y el Pentágono, nadie habría votado a Bush. El sagaz periodista Jim Lehrer, en el primero de los debates presidenciales, le preguntó a los candidatos qué harían en una situación crítica e imprevista, algo así como un ataque aéreo por sorpresa. El demócrata Gore dio una respuesta cautelosa. Recordó a la audiencia la velocidad con que él había reaccionado durante la crisis de Kosovo. Y luego, con ese voluntarismo que los políticos despliegan con tanta eficacia cuando están en campaña, dijo: «Hay pocas armas mejores que la diplomacia. Ganamos la guerra en los Balcanes sin perder ni una sola vida norteamericana. Haríamos lo mismo en otras partes.» Bush pareció no entender bien la pregunta. «¿Qué me quiere decir?» le preguntó a Lehrer. «¿Usted está refiriéndose a una emergencia, por ejemplo?» «De eso se trata», le aclaró el periodista. «Bueno, al ser gobernador de Texas he tenido que demostrar cómo se actúa en casos graves: incendios de bosques, por ejemplo, o inundaciones como las que hubo en Del Rio. Eso rompió mi corazón.» Y se puso a mirar el cielo raso del estudio, como un niñito acongojado y lerdo. El George W. de este primer setiembre del milenio es, en cambio, un misionero inflamado de pasión redentora. No hay retratos de Godofredo de Bouillon ni de Pedro el Ermitaño entrando en la Jerusalén de los infieles hace 900 años, pero, si los hubiera, exhalarían el mismo fervor religioso que ahora exhala Bush. Es apasionante seguir las etapas de esa milagrosa conversión, a través de las mudanzas en el lenguaje del presidente. La expresión de desconcierto y la mirada bovina siguen allí, pero la sintaxis se le ha desenredado. George W. ha descubierto el lugar que le deparaba la historia y quiere que su mandato de cuatro años se ajuste a ese destino. La más aplaudida frase de su discurso del 20 de setiembre no es una frase vana: «Cada nación en cada región del mundo tiene ahora una decisión que tomar. O está con nosotros o está con los terroristas.» A las naciones civilizadas que sin duda están contra los terroristas no les es posible tomar el camino del medio, entender las razones del enemigo o verificar si hay atajos alternativos para la paz. No. Los tambores de guerra tienen que sonar al unísono, como si se tratara de otra Jihad, pero al revés. No es de extrañar que en Wall Street estén derrumbándose las acciones de los grandes estudios cinematográficos, de los astilleros deportivos y de las compañías de aviación, mientras crecen las acciones de las industrias de armamentos se alzan veloces como un incendio. Durante la semana que sucedió al 11 de setiembre, George W. recuperó su lenguaje casi doméstico de muchacho texano. «Osama bin Laden es el principal sospechoso», dijo, «y lo quiero vivo o muerto,» sin prestar demasiada atención a la diferencia que hay entre un sospechoso y un culpable. Horas más tarde, el estilo se le puso en pantuflas: «Nuestra nación saldrá detrás de esos tipos, los fumigará y los pondrá a correr». A los asesores de imagen no les asustó esa jerga, tal vez con razón. El presidente habla como un hombre sincero. Proyecta una imagen de honestidad. Cuanto más suelto y a sus anchas se siente, más fundamentalista se vuelve Bush. Los servicios de inteligencia han establecido con toda certeza –así lo dicen, y prometen probarlo– que Osama bin Laden es el arquitecto de los últimos ataques letales a los Estados Unidos: los bombardeos a las embajadas africanas y los misiles suicida del 11 de setiembre. Alguien ha escrito que esa historia parece un delirio de Julio Verne: Robur el Conquistador, Herr Schulze o el Capitán Nemo, antihéroes solitarios, han infundido pavor al más poderoso imperio de la historia y, por extraño que resulte, al cabo de varias semanas, esa imagen satánica sigue en la sombra, indemne, inalcanzable a todas las furias del planeta. «La nación que no esté con nosotros está con el terrorismo», dice George W. La frase no difiere demasiado de la que proferían los dictadores latinoamericanos y los comunistas de hace 60 años, a los cuales Bush ha omitido en sus discursos. Pero ¿qué nación sería tan suicida e inmoral como para ponerse del lado del terror? Lo temible de la frase reside en que, al simplificar la visión del mundo, partiéndolo en dos bandos, Bush no deja lugar para aquellos que, aun estando contra el terror de Bin Laden y contra la abominable opresión de los talibanes, también están contra toda otra forma de terror guerrero. El presidente norteamericano ha instalado la idea de que la patria, su patria, defiende los únicos valores dignos de la civilización, garantiza el único futuro digno de ser vivido. El único, el único. La historia de la que habla está hecha de futuro y no de otra cosa. No hay una sola lágrima ni acto de contrición por las atrocidades del pasado. Pocas horas son tan oscuras como estas para el mundo. De un lado está el fundamentalismo ciego de Bin Laden, empeñado en acabar con los civiles y militares de los Estados Unidos.
«Todos,» ha dicho, «son blancos de la fatwa», la condena. Del otro lado está Bush, para quien el mundo es sólo un eco de América: America uber alles. De los que están en el medio nadie habla. Quizás el viento de la guerra global se los lleve hacia ninguna parte, y el porvenir sea sólo blanco o negro, no gris, como cuando empezó el otro milenio. *
* Tomas Eloy Martínez es el autor de «La Novela de Perón» y «Santa Evita,» de la cu
al próximamente se hará una película. Es director del programa de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rutgers y realiza frecuentes viajes como escritor y periodista.
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