Que Dios se lo pague

La limosna como único remedio a la crisis

JUAN MENDIETA *

 

Desde la infancia, la imagen que tengo asociada a los vocablos mendicidad, limosna o caridad es –sospecho que como todo el mundo– la casi estereotípica de un individuo andrajoso sentado a la puerta de una iglesia pidiendo «una limosnita por el amor de Dios». Los fieles que entran al templo a confesar sus pecados o a asistir al oficio religioso suelen dejar caer unas monedas en la palma extendida, con lo cual reciben la gratitud del menesteroso con un «que Dios se lo pague» que el creyente espera se cumpla al pie de la letra y le permita multiplicar su activo, o, por lo menos, ganar la salvación eterna.

Claro, a medida que fui creciendo, pude observar otras formas de mendicidad más extendidas y quizá menos conmovedoras porque además no hay invocación alguna al Ser Supremo. Pienso, por ejemplo, en cuando atravieso el Parque Batlle los días de partido y algún adolescente me espeta «Flaco, ¿no tenés dos pesos pa’ la entrada?» O ciertas noches en que vuelvo a casa, y en la esquina me espera la nada tranquilizadora y más bien amenazante pregunta: «Jefe, ¿no nos da pa’l vino?» O incluso el inocente «Mocito, ¿no habrá un faso?» pedido que, para un fumador empedernido como yo, resulta absolutamente irresistible.

En el mismo paquete podríamos incluir a los que, apostados en determinados cruces con semáforos y munidos de lampazos, ofrecen lavar parabrisas a cambio de las monedas que el conductor esté dispuesto a darles en retribución. O los ‘obreros desocupados’ con la cabeza protegida (no se sabe de qué) por un casco amarillo, que apelan a la sensibilidad de los pasajeros y pasan otro casco a guisa de gorra. O los niños que dejan estampitas, pergaminos, bolígrafos o cualquier otro producto –que «no tiene precio ni valor: el precio se lo pone cada bolsillo, cada corazón»– sobre las faldas o rodillas de los usuarios de «este medio de transporte capitalino»; estos últimos suelen apuntar directo a nuestra alma pecadora deseando que Dios nos retribuya con el doble de lo que les demos…

Me apresuro a excluir de esta categoría a los artistas callejeros (músicos, malabaristas, actores, mimos, etcétera) a quienes considero trabajadores, informales tal vez, pero no mendigos disfrazados. (Debo confesar que el carnavalito humahuaqueño me tiene un poco paspado, pero en fin, cuando me toca oírlo, lo soporto estoicamente).

Bien, todo este introito viene a cuento en razón de la información aparecida hace unos días sobre el balance del Plan Invierno 2001 organizado por la IMM, el BPS, el Iname y el Ministerio de Defensa Nacional, y apoyado por UTE, Antel, Ancap y la Cámara Industrial de Alimentos envasados, con el objeto de paliar la situación trágica de los sin techo, sin abrigo y sin comida: una acción solidaria inobjetable y por cierto muy loable.

También por estos días aparece en la prensa un aviso instando a donar nueve pesos por mes (que se debitan de la tarjeta de crédito) al Movimiento Tacurú. La convocatoria está firmada por una extraña mezcla de organismos estatales, organizaciones sociales, medios de comunicación y pujantes empresas como por ejemplo instituciones bancarias; y el aviso aclara: «No se trata de una limosna. Se trata de una oportunidad».

Como en el caso del Plan Invierno, todo muy loable; de la misma manera que no me parece mal que se acceda a levantar a un autostopista, o que se dé una mano al amigo que anda en la mala. La caridad –no me refiero a la virtud teologal sino a la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno– no es mala cosa.

De lo que no estoy muy convencido es de que sea ése el camino correcto para enmendar los dramas sociales que el sistema genera. Entiendo que de esta forma –comprometiendo a la gente sensible a abonar una determinada cantidad mensual– se está institucionalizando la limosna. Un acto de caridad particular, coyuntural como la limosna, pasa a convertirse en una suerte de impuesto voluntario, valga la paradoja. ¿No es un caso de usurpación de funciones? ¿No es al Estado al que compete velar por el bienestar de sus súbditos? Al promover esta solidaridad, las organizaciones sociales están arrogándose potestades que son del Estado.

Y el Estado deja hacer. Claro, un sistema económico que genera pobreza y no tiene soluciones para la injusta distribución del ingreso, lejos de reivindicar sus atribuciones en la materia, permite (y hasta fomenta) que ese problema lo resuelvan otros.

Esta postura no debe asombrarnos, puesto que el mismo gobierno practica la mendicidad ante los organismos internacionales y ante las otras naciones. ¿De qué otra manera calificar la queja contra el proteccionismo que practica el norte desarrollado? ¿Y la buena letra que debemos hacer para obtener migajas del FMI? ¿No es una actitud casi mendicante la del Presidente tratando de ‘colocar’ nuestras carnes? Me imagino al doctor Batlle subiendo a un ómnibus neoyorkino para ofrecer churrascos jugosos y libres de aftosa a los pasajeros; y atrás al ministro Bensión ofreciendo estampitas con la foto de Gardel, por ejemplo, con un speech más o menos así: «A voluntá, a voluntá; somo tre millone y no tenemo pa’l presupuesto…»

No parece ser ésa la función de un estadista. A mí me cuesta imaginarme a De Gaulle gestionando la venta de automóviles Renault, por ejemplo. Tampoco sé que la reina Victoria se haya ocupado personalmente de lograr mercados para los casimires ingleses. En cambio en Uruguay, de un tiempo a esta parte, parece haber tomado cuerpo la idea de que el jefe de Estado debe comportarse más bien como el jefe de ventas de una empresa.

Y yo me pregunto: ¿Pero qué votamos? ¿Un presidente o un gerente de marketing? *

* Periodista de LA REPUBLICA

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