Príncipe y plebeya: una historia conmovedora
JUAN MENDIETA
El príncipe heredero de la monarquía de Noruega contrajo enlace, y todo el mundo –el ‘gran mundo’– no hace sino comentar, escandalizado, el acontecimiento. Claro, parece que la novia, además de no ser de alcurnia, de no provenir de la nobleza, tiene un pasado un tanto turbio como consumidora de drogas y ‘ligera de cascos’ o ‘casquivana’, términos estos un poco démodés u obsoletos, si usted prefiere, pero que definen con precisión el concepto que tenían nuestras abuelas de las mujeres que no reprimían su sexualidad.
Parece que la señorita Matte-Marit Tjessem-Hoiby (bravo para pronunciar, ¿no?) dio el mal paso cuando un oscuro galán la sedujo y le dejó de regalo la simiente de un infante. En definitiva, una peripecia similar a la que le tocó vivir a la hermana de La Coneja, con la diferencia de que la nórdica no quiso interrumpir el embarazo, como sí lo hizo nuestra compatriota. Unica diferencia entre ambas, por otra parte, ya que la oriunda de Playa Pascual también echó buenas después del percance con el Tito.
Una conmovedora historia de príncipes de rancio abolengo y muchachas de origen plebeyo catapultadas al mundo de la gente linda por el amor de un noble. Príncipes azules y cenicientas; sólo falta un hechizo (que uno de ellos hubiera sido transformado en carpincho, por ejemplo y que el encantamiento sólo se rompiera por medio de una práctica zoófila) para completar el cuento de hadas con que lloran tantas y tantos tontos y tontas. No hay caso; la vida íntima de los ricos y famosos ejerce una poderosa fascinación entre los pobres y anodinos. Algo perfectamente explicable por los resortes del alma humana, siempre proclive –según los psicólogos– a identificarse con los modelos impuestos. Algo que ha ocurrido desde siempre: la admiración del chinchaje hacia los bacanes, para decirlo en lenguaje vulgar.
Si tenemos en cuenta este inocultable hecho, no debería sorprendernos el prestigio de que goza el término noble.Vea el lector cómo hablamos de un espíritu noble; de actitudes, gestos y sentimientos nobles. A la hora de calificar una actitud solidaria, nadie duda de acompañarla con el adjetivo noble. También se habla de bebida noble para referirse a una cuyas consecuencias por excesos en su ingesta no son demasiado catastróficas. Se aplica a materiales tales como la madera, que mantienen sus propiedades y observan un comportamiento satisfactorio, así como a ciertos metales que no se alteran fácilmente. A animales como el caballo, a quien suele llamarse el noble bruto. En fin, el adjetivo noble parece pues designar a seres vivos con altísimos atributos morales, o bien cosas inanimadas de características sobresalientes. Como puede apreciarse, es un adjetivo esencialmente moral, que solemos reservar para calificar a los virtuosos. Ahora bien. Dicho esto, parece imposible no recordar que en definitiva, en sus orígenes, la nobleza tiene poco de virtuosa ya que no es sino la clase social que tiene la sartén por el mango, los mangos y todos los privilegios.
Para no remontarnos demasiado en el tiempo, la nobleza europea que tanta seducción ejerce en todos lados, está compuesta por descendientes de feroces y bárbaros guerreros entre cuyos atributos nadie podría sensatamente incluir la nobleza de espíritu. Señores, marqueses, duques, condes y barones (todos títulos nobiliarios que embobecen a la plebe) lograron su prestigio y su poder por medios no precisamente nobles: guerras, saqueos, traiciones, conjuras, intrigas palaciegas y otras ‘noblezas’ por el estilo. Childerico, Alarico, Carlos Martel y tantos otros, son ejemplo de lo que sostengo. Con el paso del tiempo, fueron puliéndose un poco, es cierto: adquirieron urbanidad y mejores modales y cultivaron su intelecto; pero eso sí: se mantuvieron como parásitos de la sociedad abrumando con diezmos y corveas a los laburantes, y apelando a los mismos medios para lograr sus propósitos. Piénsese en los Borgia o los Medici, sin ir más lejos, responsables de matanzas y asesinatos varios.
Y los miembros de la aristocracia europea actual que no descienden de aquellos brutos innobles son herederos de algún vivillo que se las ingenió para comprar un título.
Entonces, ¿por qué usamos el adjetivo noble como si fuera sinónimo de honroso, ilustre o generoso?
–Yo no tengo respuesta a su pregunta, Mendieta. Pero ¡qué bien me vendría una princesa azul!… Pa’ levantar cabeza, ¿vio? Ahora dígame una cosa: ¿no sabe cuánto costará un titulito de esos? Porque capaz que es más fácil de conseguir que un contrato de obra en la OPP.
–¡Qué lo parió! *
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