La globalización y sus cinco mandamientos

sta globalización es insostenible y por eso el capitalismo mundial no puede ser el futuro de nuestras sociedades. El mundo «desarrollado» representa el 12 por ciento de la población y el 86 y 88 por ciento, respectivamente, del bienestar y el consumo planetario. Este tipo de globalización se basa en principios fundadores específicos que generan mandamientos y producen efectos negativos en nuestro modo de vivir.

En primer lugar, se afirma que la sociedad está constituida por individuos, que funciona sobre la base de un sistema de transacciones individuales y que cada uno debe lograr los mejores resultados. Es decir, costos mínimos y ganancias máximas. Se privilegia al individuo, con lo cual triunfan el individualismo y el corporativismo. Por eso se habla más de necesidades individuales que de bien común y más de intereses corporativos que del interés general.

El segundo principio dice que el mercado es el mecanismo idóneo para mejorar las transacciones individuales y que cuanto más mundial sea mayor será su capacidad para optimizar los resultados. Es por eso que la tendencia dominante es darle poder al mercado y quitárselo a los estados.

El poder del mercado emerge de la afirmación de las clases dirigentes de los países más desarrollados de que el mercado debería ser el principal mecanismo para regular la distribución de recursos y redistribuir las ganancias.

Con éxito han promovido e impuesto la noción de que la historia marcha tan inevitable como inexorablemente hacia la creación de un mercado global único y autorregulado. Según ellos, este sería nuestro destino «natural», y quien se opone es considerado ciego o loco.

También se asevera que es el capital financiero el que establece los parámetros de definición del valor en el mercado. Todo lo que produce plusvalor del capital, tiene valor; lo que no, no lo tiene. Por esta razón los recursos humanos no rediticios son considerados como una vieja pantufla. La empresa, expresión del individualismo, es el actor principal sacralizado por la economía contemporánea. Hoy sucede incluso que cada uno deba ser empresario de su propio futuro, es decir, de su jubilación.

La empresa privada, al administrar el capital financiero, tiene el deber de transformarlo en más capital. Quien no lo hace es considerado un mal empresario. La actual globalización dice que la empresa es la forma de organización más apropiada para la mejor gestión de los recursos. Su objetivo es maximizar las utilidades, lo cual «necesariamente» lleva a innovar para reducir costos de producción y precios de venta, mejorar la calidad, aumentar la variedad y promover una organización y dirección flexibles.

Estos principios generan algunos mandamientos y su propia Santísima Trinidad: liberalizar las transacciones de todo tipo –aboliendo políticas nacionales o locales que pongan límites a la libertad de comercio– desregularizar la economía y privatizar.

Los gobiernos nacionales actúan persiguiendo como principal objetivo ajustar la economía nacional a la mundial. Todo queda supeditado a ello: políticas de inversiones, innovación tecnológica, políticas laborales, educación y formación, reglas para los negocios y el comercio, políticas impositivas. Según esta lógica, el estado debe dejar que la economía sea regulada por las fuerzas del mercado y que el capital organizado circule libremente a escala mundial.

A aquellos tres mandamientos se suman otros dos. Por un lado, la necesidad de innovar, pero exclusivamente en el campo tecnológico; por el otro, competir, ser el mejor, vencer. «Si eres el mejor tienes poder, luego tienes legitimidad». Por eso Microsoft es competitiva y puede determinar las reglas del juego.

Los principios y sus mandamientos provocan consecuencias evidentes.

En primer lugar, la mercificación de todo: el suelo, la naturaleza, nuestros genes, la vida, las semillas, el semen. Nos hemos convertido en «recursos humanos», ya no «seres humanos» y por eso el derecho a la vida no está correctamente asegurado. ¿Qué clase de civilización somos si aceptamos que tres mil quinientos millones de personas no tengan agua potable?

Todo pasa a estar bajo la lógica de la conquista: hay que conquistar el mercado, el consumidor, los espacios. Estamos en una guerra, de lo cual emerge otra consecuencia: vivimos en la cultura de la supervivencia. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir.

La conquista del mercado se basa en una lógica competitiva sin piedad según la cual debo eliminar a mi competidor. Debo hacer más, con mejor calidad y en menor tiempo, ya que también se ha impuesto el imperialismo de la velocidad. Hemos perdido la lentitud de vivir juntos; nuestro tiempo lo determina el capital financiero.

Es coherente con estos principios y mandamientos la destrucción del estado asistencial (welfare), la eliminación de la solidaridad y, en definitiva, de la democracia. Al volante de este orden económico está el financiero, ya no el político, que debería ser reinventado junto con la noción de bien común.

¿Qué tipo de creyentes somos –cristianos o de otra fe, socialistas o liberales– si aceptamos con naturalidad la brecha tecnológica y la división entre los que saben y los que no, entre los que pueden educarse y los que no, entre los bien alimentados y los desnutridos, entre los sanos y los enfermos?

(*) Riccardo Petrella es catedrático en la Universidad de Lovaina y consejero de la Comisión Europea de Ciencia y Política Tecnológica. (Especial para LA REPUBLICA de IPS) *

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