"Algún día todos los que están desparramados van a volver"
ortaba caña de azúcar en Bella Unión, pero la desocupación y la búsqueda de nuevas fuentes de trabajo lo obligó a tomar la decisión de abandonar su pueblo. Atrás quedaron la familia y los amigos. Los lugares comunes donde al caer la tardecita, se encontraban los conocidos de toda la vida, para tomar mate y conversar.
Llegó a Montevideo cargado de esperanzas, pero pronto se desilusionó. Las expectativas laborales que traía quedaron reducidas a unos pocos meses de peón en la construcción y alguna «changa». La situación no era mejor que en el norte del país, pero ya estaba acá y había que seguir. Gracias a una amiga solucionó el problema de la vivienda y vive de «agregado» en una casa, en la zona de Manga.
Desde allá, Luis Macedo se traslada todos los días hasta San José y Santiago de Chile. Allí vende maní durante seis horas diarias, sin importar el frío, la lluvia o el calor.
Cuando la plata alcanza va hasta su lugar de trabajo en ómnibus, pero cuando no hay, tarda un poco más de una hora en llegar a pie.
Dice que está acostumbrado a caminar y cuenta que lo único que tenía era una bicicleta, pero tuvo que desarmarla para ponerle las ruedas al carrito de maní que él mismo se construyó.
A pesar de todo, aunque extraña su pueblo, le gusta la capital, la gente que define como muy culta y con la que puede hablar de lo que sea.
–¿La venta de maní le da para vivir?
–Es muy difícil sobrevivir sólo con esto. La venta está muy baja, la gente no tiene plata. A veces no se saca ni para la yerba.
Hago 40 o 50 pesos por día y con eso hay que arreglarse, con mucha suerte puedo llegar a cien. A mí este trabajo no me gusta, pero lo tengo que hacer porque no hay otra cosa. Si pudiera elegir quisiera volver a la construcción, pero en ese sector la cosa también está muy brava.
Cuando no se vende el tiempo no pasa, me aburro, lo único que me ayuda es conversar con la gente, estar siempre en este lugar me permite conocer a muchas personas y aunque no me compren se paran a hablar.
–¿Es un trabajo sacrificado por la poca ganancia y el frío de la calle?
–Yo estoy acostumbrado. Es sacrificado en cuanto a las ganancias, en lo que tiene que ver con el trabajo no. Dejo el carro acá en el centro, compró el maní en una agropecuaria o en el mercado y después lo llevo a tostar a una panadería. Lo único que hay que hacer luego es mantenerlo caliente… y tratar de venderlo.
–¿Piensa volver a Bella Unión?
–Por ahora no. Imagínese que si ahora que es temporada de plena zafra, muchos de mis compañeros quedaron desocupados, yo que hace varios años que me fui sería el último orejón del tarro. Extraño mi pueblo, pero no hay más remedio que aguantarse.
Yo salí obligado, aunque pienso que algún día todos aquello que están desparramados van a volver a su lugar de origen. *
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