El PMA alimentó a 89 millones de personas en un año

El círculo vicioso del hambre y la pobreza

CATHERINE BERTINI (*), ROMA IPS

 

Sólo en 1999, el PMA alimentó a 89 millones de personas en 82 países. La mayor parte de esas personas eran víctimas de situaciones de emergencia, por ejemplo desastres naturales como el huracán Mitch en 1998 o los terremotos en la India y El Salvador. A causa de la atención que los medios de comunicación prestaron a esas crisis, la rapidez con que trabajó el PMA para dar una respuesta a esas emergencias humanitarias hizo que su labor fuera bien conocida.

Esas fueron tareas llamativas, que les interesan en particular a los medios de comunicación. La gente ve las coberturas televisivas y lee las revistas y diarios que se refieren a tales tareas y exige que sus gobiernos sean sensibles a ellas y las respalden.

Pero el público en general no sabe, porque encuentra poco acerca de ello en los medios de comunicación, que en el mundo hay 800 millones de personas que tienen hambre porque son pobres y que son pobres porque tienen hambre. Estas personas necesitan nuestra ayuda tanto como las víctimas de una impresionante inundación, de un tremendo terremoto o de una horrible guerra. Pero como su tragedia es silenciosa, tenemos que hablar en voz tan alta como podamos en nombre de ellas.

Porque una madre que está en la indigencia y con hambre crónica da luz a un niño que tiene por delante una vida entera de penosa lucha para sobrevivir. Porque el hambre que pasa de madre a niño es una herencia ruinosa. Porque los niños que pesan poco al nacer corren riesgos de infección más altos. Porque los niños privados de una alimentación adecuada tienen mayores posibilidades de sufrir deficiencias neurológicas que acarrean, por ejemplo, una pobre vista, un bajo rendimiento escolar y problemas cerebrales. Porque los niños subalimentados son más sensibles a la malaria, a las infecciones respiratorias y a la neumonía, mientras que en la vida adulta corren más riesgos ante la diabetes y las enfermedades cardíacas y circulatorias.

Con más de 40 años de experiencia, el PMA ha adquirido inestimables percepciones sobre cómo debe hacer su trabajo.

En primer lugar, sabemos que las mujeres deben ser comprometidas directamente en nuestras actividades, no solamente como receptoras de ayuda alimentaria sino también como participantes en la toma de decisiones. Las mujeres deben determinar qué alimentos se necesitan, cuándo se necesitan y cómo deben ser distribuidos.

En todos los países del mundo, en casi todas las familias del mundo, las mujeres son las responsables de asegurar que todos los miembros del grupo familiar se alimenten. Las mujeres producen los alimentos o los compran. En algunos países ellas deben caminar durante horas todos los días en busca de agua. Ellas cocinan los alimentos, los sirven, nutren a los niños. Y por cierto, en sus esfuerzos para alimentar a todos sus familiares ellas son, invariablemente, las últimas en comer. Dado que la mujer es la persona más comprometida con el bienestar nutricional del grupo familiar, los alimentos que nosotros le damos, ella los comparte con sus familiares. El año pasado, el 63 por ciento de las personas que recibieron alimentos a través del PMA eran mujeres. Estamos trabajando para aumentar ese porcentaje.

En segundo lugar, sabemos que la instrucción es vital para resolver los problemas del hambre. Hay 130 millones de niños en edad escolar que no asisten a la escuela y son estos niños los menos preparados para obtener un ingreso y lograr un pasar estable para ellos mismos. Cuando los niños van a la escuela sin un desayuno, particularmente si deben recorrer a pie una larga distancia, su lucidez y concentración decaen a media mañana. Por lo tanto, un desayuno nutritivo permite a los niños obtener un mayor provecho de la escuela.

A causa de los probados beneficios de la alimentación en la escuela, el PMA está planificando su participación en una iniciativa a nivel mundial del embajador de Estados Unidos ante los organismos de la ONU en materia de alimentación y agricultura, George McGovern, en favor del suministro de comidas a los niños durante el horario escolar.

En la Cumbre Económica del G8 de julio del 2000, el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton anunció su compromiso inicial de 300 millones de dólares para el programa mundial de alimentación escolar e instó a otros donantes a contribuir a fin de hacer que esta iniciativa se convierta en una realidad a escala universal para todos los niños pobres y hambrientos del mundo entero. El hambre y la pobreza no pueden ser eliminados del día a la noche ni por las contribuciones de un solo donante ni por los programas de una sola organización. Hacen falta muchos donantes y muchas organizaciones trabajando concertadamente por llegar a una meta común. Porque yo he visto el vigor que emana de la combinación de fuerzas para alcanzar un logro, albergo la esperanza de que con la convergencia de experiencia, pericia y voluntad política se pueda terminar con el hambre en el planeta.

(*) Catherine Bertini es la directora ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, con sede en Roma. *

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