Retratos urbanos

"Amo el violín"

Benito Melo Violinista

 

Dice que los uruguayos desconocen muchas de las cosas que existen en el país, sobre todo los montevideanos. Una de ellas es el monte criollo. El sí la conoce porque en él nació, hace 78 años. Fue en Cerro Charrúa, en el departamento de Tacuarembó. Allí sus padres y trece hermanos vivían en una chacra. Criaban animales y él todos los días subía, cuatrocientos metros, hasta la cumbre y observaba el monte. Asegura que crecer ahí le permitió humanizarse con los animales, muchos de ellos salvajes y que nunca le pasó nada. Convivía con lagartos, gatos monteses, pumas, pájaros y aves rapaces. Los observaba y puede describir cada una de sus costumbres.

Complementaba su alimentación con plantas que crecían en esa vasta vegetación, de la que recuerda sus propiedades. Lloró mucho cuando tuvo que abandonar el lugar, a causa de una decisión que tomó su madre, luego del fallecimiento del padre. La chacra se vendió y la familia se trasladó a la ciudad de Tacuarembó.

Atrás quedaron las mañanas con leche recién ordeñada y excursiones a la cima del Charrúa. Se acabó el contacto con los animales, y dejó de presenciar hechos insólitos que según él sólo ocurrían en esos pagos, como alguna aparición extraña que durante mucho tiempo creyó que era producto de su imaginación.

La vida en la ciudad fue diferente, hubo que acostumbrarse, trabajar y aprender un oficio. Esa nueva vida brindó a Benito Melo la posibilidad de aprender lo que más le gustaba: tocar el violín.

–¿Dónde aprendió a tocar el violín?

–Fue hace mucho. Cuando vivía en el cerro yo le dije a mi madre que quería aprender y me dio una azada y me mandó a carpir. Yo igual me fabriqué uno improvisado con arco y todo, que me servía para hacer ruido. Después cuando nos fuimos a Tacuarembó me empleé en una casa mayorista y me compré uno.

Llegó hasta la ciudad un profesor que era primer violín en la Sinfónica de Buenos Aires, fue por un cargo político a trabajar a la Intendencia. Y fundó un conservatorio gratuito. Allí empecé escondido de mi madre, éramos 25 y quedamos cuatro.

–Después dejó de tocar. ¿Por qué y cuándo retomó?

–Dejé a los tres años. Comencé con doce y abandoné a los quince, porque falleció el profesor y me desanimé. Aunque yo quería estudiar para tocar en la Sinfónica, de todos modos siempre me quedó en el alma.

Al tiempo me vine a Montevideo a trabajar. Conseguí un empleo de carpintero en Ancap. Recién cuando me jubilé, hace 22 años, retomé y desde entonces sólo lo dejé durante una semana porque estuve enfermo. Amo el violín.

–Su violín es muy antiguo, ¿cómo lo obtuvo?

–Es italiano, de 1760. Me lo regaló una periodista francesa que trabajaba para la Presidencia de Francia. Ella estuvo en Uruguay, me vio tocar y me pidió que le contara la vida de los uruguayos y las costumbres de los gauchos. Al año me mandó el violín y dos revistas con mi foto en la tapa y el reportaje. Este instrumento es original. El arco también es original, de madera de pernambuco y de cuerdas de cola de caballo. De éstos no se hacen más porque esta madera es muy cara y cuesta conseguir las cuerdas. Ahora son todos de acrílico.

–¿Qué tipo de música toca?

–Tangos, boleros, música italiana, húngara, óperas de Verdi. Estuve dos años en el San Rafael de Punta del Este, hice el espectáculo «Declaraciones de Amor» con Cristina Alberó. Diez chicos se le declaraban y yo hacía el fondo de bolero. También toco en fiestas y banquetes, voy a las casas de tercera edad a tocarle a los ancianos. Pero prefiero la calle, me gusta la gente. Sobre todo los jóvenes que me dan vida y no hablan de problemas. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje