El panorama desolador de la mayoría de las naciones de Latinoamérica

El colapso de la democracia

Hoy, el 30 por ciento de sus habitantes desea abandonar Argentina, sobre todo los jóvenes. El país otrora receptor de emigrantes, sinónimo de esperanza y de progreso económico, se ha convertido en tierra de emigración y desesperanza.

Pero el colapso argentino no es el único. Con excepción de cuatro países (Chile, Uruguay, Costa Rica y Panamá) y la singularidad de otro (Brasil), cuya inmensidad territorial le permite disfrazar el impacto de las desigualdades (al costo de vender extensiones de territorio mayores que Irlanda, deforestar la Amazonia y sacrificar a los pueblos aborígenes), América Latina ofrece un panorama desolador de desigualdad, pobreza, endeudamiento, emigración y, consecuentemente, volatilidad política y social.

Nada ilustra mejor el fracaso de los sistemas imperantes que la marejada migratoria que desvertebra a la región, de la Patagonia al Río Bravo. No son únicamente argentinos los expulsados de su patria. No es Ecuador, con sus 800.000 emigrados, el país que ostenta el récord del éxodo poblacional. De El Salvador ha huido en los últimos seis años un millón y medio de personas. De Nicaragua, un millón.

México, merced a su vecindad con el imperio, se beneficia de la tolerancia hacia la nada de desheredados (18 millones de mexicanos han emigrado), gracias a lo cual el sistema, aunque cruje, no estalla. Haitianos y dominicanos, desamparados en su insularidad, huyen como y hacia donde pueden. Los haitianos, a República Dominicana y al mar. Los dominicanos, a Estados Unidos y España.

Centroamérica se ha convertido en zona de paso para miles de ecuatorianos y peruanos. Colombianos y venezolanos intentan el acceso directo a Estados Unidos. La región, con las excepciones indicadas, expulsa a millones de hijos en el mayor drama humano de su historia desde la independencia.

Tras décadas de dictaduras feroces y gobiernos represivos que en Chile, Paraguay y Guatemala siguen pasando factura, la región vio el advenimiento de sistemas más o menos democráticos.

Se creyó que, al fin, prosperidad y libertad podrían convivir dentro de sistemas políticos y económicos donde, por una vez, cupieran todos. No fue así. Bajo la ola neoliberal y la presión de los organismos financieros multilaterales, de las multinacionales y los gobiernos de los países ricos, las naciones latinoamericanas sacaron a subasta sus riquezas. En un tiempo récord desmantelaron los estados, privatizaron empresas públicas, recursos naturales y servicios sociales. Las empresas extranjeras realizaron negocios escandalosos comprando a precio de saldo el patrimonio estatal y nacional. El desarme arancelario provocó la quiebra de miles de pequeñas y medianas empresas nacionales, incapaces de enfrentar la competencia de poderosas transnacionales.

En Argentina y Brasil, las ciudades industriales alcanzaron niveles desconocidos de desempleo superiores al 20 por ciento. El festín, la corrupción se hizo endémica, provocando, además del desarme moral, un incremento espectacular de las desigualdades en una región ya célebre por ello.

Las relaciones entre la Unión Europea y Latinoamérica ejemplifican el aumento de la desigualdad en el ámbito internacional. Desde 1993 el intercambio birregional ha pasado del superávit (que en 1990 era de 12.884 millones de dólares sólo para el Mercosur) al déficit (que alcanzó los 16.000 millones en 1998) con una particularidad: Latinoamérica importa productos de alto valor añadido y exporta materias primas (café en grano, plátanos, petróleo crudo, minerales). Este modelo reproduce la clásica estructura de los intercambios Norte-Sur.

El intercambio desigual se manifiesta de otra forma. En Latinoamérica, las empresas extranjeras se benefician del desarme arancelario. Estados Unidos y la UE, por el contrario, oponen un duro proteccionismo a los productos agrícolas dejando fuera de juego uno de los sectores más competitivos de la región.

El éxodo latinoamericano es la expresión más dramática del fracaso de las democracias neoliberales, excluyentes y corruptas.

El descontento, que antes se canalizaba hacia la militancia política o la insurgencia, toma hoy forma de éxodo, que es la opción de quienes han perdido toda esperanza de que el país pueda cambiar o el sistema mejorar. El éxodo hará más profundo el subdesarrollo y el atraso, pues los emigrantes pertenecen a los sectores más dinámicos.

Podrán los países ricos elogiar los sistemas políticos latinoamericanos en la medida en que han permitido el enriquecimiento de sus empresas nacionales. Para los países latinoamericanos, sin embargo, esos sistemas han significado un cúmulo sin fin de fracasos, lo que recuerda que sigue abierto el reto de inventar y construir sistemas políticos propios, que junten democracia política y democracia económica, desarrollo económico y justicia social.

La crisis regional confirma lo sabido: si las imitaciones sirven para poco, los remedos acaban en catástrofe. Los sistemas políticos funcionan cuando resultan de cada realidad nacional. Para servir a los pueblos, no para destruirlos. Para promover el bienestar general, no para enriquecer a minorías nacionales y extranjeras. Por eso mismo, vistos los resultados y atendiendo a las perspectivas inmediatas, hablar del éxito de la democracia en Latinoamérica sabe a burla. A sumar, a los cuernos, palos. *

(*) Augusto Zamora es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid.

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