LA HISTORIA DE HUMBERTO Y TANIA

Un desamor de Montevideo

Su padre no pudo disimular su asombro, pero intentó parecer lo más natural posible. Es que las cosas de un tiempo atrás no estaban bien entre padre e hijo y ambos lo sabían.

Hablaron sobre temas banales, como evitando caer en discusiones innecesarias, asimismo la charla se prolongó unas cuantas horas, hasta que Humberto le dijo que no se quedaría a almorzar porque había quedado en pasar a buscar a su novia. «Vengo temprano en la noche papá, así cenamos juntos y nos tomamos un ron», le susurró al oído antes de despedirse. Su padre no respondió, tan sólo asintió con un leve movimiento de cabeza.

Humberto enfiló sus pasos hacia la Ciudad Vieja, el día estaba fresco y el cielo amenazante, desde lejos sentada sobre el Malecón divisó a Tania, su adolescente novia, apuró sus pasos y cuando llegó junto a ella la rodeó entre sus brazos y la besó apasionadamente. Esa tarde la pasaron juntos y se juraron una y mil veces no dejar de quererse jamás.

Al mar

Regresó temprano en la noche a su casa, debajo de su brazo izquierdo colgaba una botella de ron, le pidió a su padre que lo dejara cocinar, cenaron juntos, a diferencia de la mañana, esta vez casi no cruzaron palabra. Humberto acomodó una silla frente al viejo sillón de su padre, ubicó la botella de ron entre ambos y sirvió generosamente dos vasos. Mirándose sin palabras se dijeron muchas cosas.

Antes de terminar de tomar su ron, el padre cayó en un profundo sueño, Humberto lo siguió mirando, comprendió cuánto lo quería, cuánto lo admiraba. Silenciosamente se levantó, camino hacia el cuarto y sacó del cajón de la mesita de luz una medalla que el gobierno revolucionario le había otorgado a su padre como reconocimiento a su lucha de toda la vida en defensa de la causa revolucionaria de su patria, Cuba.

La besó y volvió a dejarla en su lugar, respiró hondo y fue hasta su cuarto para ponerse toda la ropa de abrigo posible, miró a su padre por última vez, se arrodilló junto a él y lo besó en la frente suavemente, abrió la puerta y salió. Un auto viejo, casi destartalado, lo levantó unas cuadras más adelante, para dejarlo al cabo de unos minutos en una zona costera, una veintena de personas casi en penumbras arrastraban hacia la orilla unas improvisadas e inseguras balsas, Humberto hizo lo mismo pero solo, así lo había decidido tiempo atrás. Se hizo a la mar y remó con todas sus fuerzas sin volver la vista atrás.

Al cabo de unas horas la fuerza de sus recuerdos pudo más que la del mar y regresó. Agotado y quebrado alcanzó la orilla, la luz del sol le mostró la imagen de un hombre arrodillado en la arena: era su padre esperándolo.

Casi arrastrándose llegó hasta él, los dos se abrazaron con indisimulada necesidad y rompieron en llanto. Humberto comprendió para sí, cuánto lo había dañado y su llanto se hizo más fuerte.

En casa, hablaron sin tapujos, dialogaron y se entendieron, su padre aceptó que se fuera del país para buscar una vida mejor, Humberto aceptó venirse al Uruguay donde vivía su hermana hacía ya unos años.

Tania luchó desesperadamente para que no se fuera, para que no la dejara, él le prometió traerla lo más pronto posible para casarse.

La personalidad de Humberto, su forma de ser tan particular y su inteligencia le abrieron las puertas más pronto de lo soñado, consiguió un buen trabajo, se hizo de un montón de amigos, aprendió a tomar mate, a comer asado, y a ser fanático de Peñarol. Se asombró cuando por televisión vio una solicitud para una cuenta en dólares para operar una criatura en el exterior, no entendió nunca por qué unos pagan colegios particulares para estudiar y otros no. En fin, revaloró un sin fin de cosas que siempre las había tenido y no se había percatado de lo importante que eran, conoció el capitalismo.

Tania nunca dejó de escribirle; él tampoco. Todos los atardeceres ella con sus cartas entre las manos se sentaba en el Malecón para darse fuerzas, el día que él la mandara a buscar sería como tocar el sol con las manos. Humberto juntó el dinero con mucho esfuerzo, le envió el pasaje y apenas llegó, se casó con ella.

A Miami

Tania era realmente hermosa, sumamente inteligente y muy bien preparada. Consiguió un excelente trabajo en una importante firma de Pocitos con un sueldo en dólares, ascendió por méritos propios rápidamente. Probó por primera vez en su rostro las fragancias francesas más caras, cambió drásticamente su manera sencilla de vestir, nunca se acostumbró al mate ni a los amigos de su esposo. Humberto comenzó a sentir que la estaba perdiendo poco a poco y se lo dijo. Tania lo ignoró, estaba muy ocupada con las fechas de cierre de sus tarjetas de crédito.

La cama de matrimonio se agrandaba cada vez más y sus jóvenes cuerpos se encontraban cada vez menos, las diferencias crecían hasta transformarse en agrias disputas. Una tarde Tania le dijo a Humberto que quería irse para Miami, porque estaba cansada de vivir en un apartamento de dos dormitorios, de que su sueldo no le alcanzara para cubrir sus gastos, y además que esta no era la vida con la que ella había soñado. Quería más, mucho más de lo que Humberto podía darle. El le contestó que si un día se iba de Uruguay era para volver a Cuba, ella le dijo que era un don nadie y que iba a terminar como su padre, sin nada.

Humberto sintió que había llegado la hora, le reventaba el pecho de tanto dolor acumulado, la miró y le repitió que él a Miami no se iba. Hace pocos meses Tania y Humberto se divorciaron, ella ya está viviendo en Miami con un tío que tiene mucho dinero; Humberto sigue acá, trabajando en el mismo lugar, tomando mate, yendo al estadio, cosechando amigos, orgulloso de ser hijo de ese hombre que sigue en Cuba de la que no quiere salir, al que nunca deja de escribirle para decirle cuánto lo quiere, cuánto lo admira. *

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