Profesor de tres edades
Es oriundo de Paysandú. Se define como un «ser especial», un genio. Pregunto por qué, y no me da muchas explicaciones. Para él alcanza con decir que cada tanto nace una persona así, un elegido. Y hace no se sabe cuánto tiempo, le tocó a Antonio Virgilio.
Es imposible precisar la fecha, pues afirma tener tres edades. Una es la que aparenta, cincuenta. Otra es la que vivió, cien, y la última que es la verdadera, se niega a confesarla, dice que nadie la sabe.
Los años vividos, le enseñaron infinidad de cosas, y parte de ese conocimiento lo adquirió porque siempre estuvo muchas horas despierto y pocas dormido.
Se siente orgulloso del apodo que le pusieron, «profesor». Fueron sus alumnos de la vida, pues afirma que enseñó a muchas personas.
A los ocho años empezó a trabajar, plantaba perejil que luego vendía en la feria, junto a su padre verdulero.
Con veinte años llegó a Montevideo, traía el oficio de sastre.
Le agrada recordar que a esa edad estrenó en la capital, el mérito de primer oficial sastre más joven del país.
Instaló un taller en 18 de Julio, desde donde trabajó para varias sastrerías. Pero su oficio pasó de moda y tuvo que sobrevivir.
Intentó con las flores, como artesano en arreglos florales y colocó un puesto en bulevar Artigas y 12 de Diciembre, cerca de su casa.
Pero otra vez la modernidad… El ensanche de Bulevard quitó espacio a la vereda y a él lo dejó sin lugar.
Fue entonces cuando su tercera edad le dio el conocimiento suficiente para descubrir una nueva forma de ganarse la vida, la compra venta de antigüedades.
Al «Profesor» se lo puede encontrar en la Plaza Matriz, los sábados y en la esquina de Galicia y Magallanes, los domingos.
–¿Cómo hizo para obtener los artículos que tiene a la venta, en un negocio que es nuevo para usted?
–Conseguir antigüedades es una ciencia de muchos años. La primera idea que se me ocurrió fue usar tarjetas personales. Después se dio una conexión entre la gente. Me llamaban, yo compraba y esa persona me recomendaba a otra.
–¿De qué modo logró conocer la calidad y la antigüedad de las piezas?
–Y… el saber se adquiere con los años de vida, en esto es igual. Es necesario pensar mucho. Además hay que tener la virtud de comprador, característica que no posee cualquier persona. También se precisa labia. Soy muy bueno en esto, las cosas que tengo yo no se ven en ningún lado, sólo en mi puesto.
–¿Le cuesta a la gente desprenderse de los artículos, en el momento de venderlos?
–Claro, la gente vende por la misma necesidad de dinero que tenemos todos. La mayoría de las cosas tiene un valor sentimental. Le cuesta mucho, es como si se desprendiera de un hijo.
–Me imagino que los precios son muy variables, ¿en cuánto oscilan las piezas aproximadamente?
–Un plato de bronce antiguo, incrustado en madera vale 200 dólares, un centro de mesa inglés que tiene más de 200 años, cuesta 100 dólares. Tengo un molinillo de café de 150 años que lo vendo en mil pesos. De todos modos estos precios son flexibles, se puede hacer algún descuento. Yo también me dedico a hacer restauraciones, es una de la cosas que tuve que aprender en este negocio.
Hago cosas muy interesantes, difíciles de lograr. Y eso se debe a la forma en que yo nací, especial. *
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