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SANA MENTE

Un agresivo "virus" ataca el cerebro de nuestros jóvenes

Escrito por: Ivette Almendras (*)  Psiquiatra (*)

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Caso: Joaquín se siente acorralado, debe plata y teme que le cobren las cuentas, para colmo necesita otra dosis y la angustia lo invade junto a un temblor asociado a una excitación que no le permite razonar. De pronto está corriendo con un puñado de dinero en la mano mientras martilla en su mente una débil ráfaga de gritos, llantos y súplicas. Solo recuerda los empujones y no entiende muy bien lo que ha pasado mientras sigue corriendo con el sonido de una chirriante sirena que le sigue los talones.

Comentario: Ya no llaman la atención noticias similares, mientras los rostros de los mudos testigos de hechos o relatos solo consiguen dar gracias por haber salvado la vida. Comentarios resignados por doquier señalan por lo bajo: “es la droga… ¿qué se puede hacer?” y es precisamente este comentario de desvalimiento sin salida el que no puede ganar a la población.

Las drogas y especialmente la pasta base atacan el cerebro en forma similar al que lo hace el virus del sida en el sistema inmunitario. Éste invade y se replica desde adentro del propio sistema de defensa y de esta forma deja al cuerpo indefenso frente al ataque de cualquier otro microorganismo. La pasta base en analogía tiene una acción similar en el cerebro. Se instala e invade la capacidad de razonar, de discriminar lo bueno de lo malo. Domina al cerebro hasta hacerle sentir que lo único que debe hacer es conseguir una nueva dosis, no importa como, no importa el método. La autocrítica está bloqueada, desde el propio cerebro. No existe capacidad para tomar conciencia de cuan distante se está de la salud, no existe conciencia de enfermedad, es decir que hay total ausencia de conciencia mórbida. Solo existe la necesidad de conseguir una y otra dosis, interminablemente, ya que éste es el único momento en que el cerebro parece alcanzar un efímero y miserable estado que lo aleja de la angustia y el sufrimiento de la abstinencia. El cerebro pierde la humanidad que le permita la convivencia, se anula toda voluntad de salir de ese estado, atenazando a la víctima en la abulia posterior al consumo, hasta que el nuevo apremio de la abstinencia que por cierto aparece rápidamente impulsa al adicto a nuevas transgresiones.

Y es claro entonces que muchos de los delincuentes que hoy inspiran miedo a la población están enfermos de una dolencia para la cual la medicina aún no tiene “la pastillita” salvadora. El cerebro de estos chicos ­ porque la mayor parte de estos consumidores son adolescentes o adultos jóvenes – no consigue llegar a la situación de autocrítica suficiente como para solicitar o aceptar la ayuda del sistema de salud. Solo pueden expresar demandas violentas a su entorno familiar y social al que van destruyendo por el desgaste que producen sus actos sin coherencia y lejos de toda racionalidad que no sea conseguir más pasta. El desfallecimiento de las redes de contención familiares si es que existen, son desvastadas con la violencia y el imperio de la transgresión a todo, sin el más mínimo respeto por ningún límite.

¿Será que nuestra sociedad está tan paralizada que no puede armar las estrategias necesarias para ayudar a estos adictos y para promover un entorno más saludable para el conjunto de la población?, ¿será necesario asistir al deterioro de la calidad de vida de los habitantes de este país? Quizás, nos debemos una honesta puesta a punto sobre las reales posibilidades de contener un fenómeno que tal vez aún podamos revertir. Sin duda con acciones que sinceren a todos los niveles de nuestra sociedad: a las familias y a las instituciones. Incluso cabe pensar en un replanteo de las posibles soluciones que el sistema de salud aporta o podría aportar, de las posibilidades del sistema judicial que no puede estar ajeno a la compleja realidad de un fenómeno que exige compromiso y que muchas veces no cuenta con los debidos instrumentos y en fin de los niveles decisorios y de la sociedad en su conjunto sin desperdiciar ninguna de sus reservas.

Nuestra fuerza de reemplazo demográfico ­ la juventud – está siendo atacada por un perverso mecanismo que se instala en nuestros países en vías de desarrollo. El consumo de drogas, tan románticamente defendido en los años 60 vinculado al libre albedrío ya no puede ser el eje de la acción en este caso. Hay un “virus” muy agresivo que está invadiendo y dominando el cerebro de nuestros jóvenes y está logrando paralizar la capacidad de respuesta de toda una sociedad. No queda margen para el dogmatismo o los planteos académicos despegados de la realidad, es hora de pensar seriamente si es posible cambiar alguna de las propuestas, y cómo hacerlo. Ya que se debe tener presente que quienes ponen en jaque nuestro sistema de seguridad son en su mayoría personas enfermas, sin conciencia de estarlo, con severos síntomas que se expresan por la violencia y no pueden ser marginados como respuesta. Deben ser contenidos por la sociedad ya que los posibles lazos de continentación familiar hace rato que han sido sobrepasados sembrando desorientación y desesperación.

Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983

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