TIENE LA PALABRA
Réquiem para un lustro (*)
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Hoy sé que otras emociones acudirán a los corazones de la gente y que por 90 minutos o más, como el otro día, harán olvidar risas y llantos, lágrimas y cantos, nudos de garganta por sollozos contenidos.
Pero en mi pecho, o en el estómago, no sé, hay algo que puja ya desde hace ya dos meses y es ese sentimiento de pérdida, quizá parecido al que Terpsícores le alcanzó a Mozart.
Dicen que el tren de la oportunidad pasa sólo una vez frente a uno y el perderlo te hace quedar parado en el andén, desolado y sin saber qué hacer.
Entonces empiezas a pensar cuál fue la razón o el hecho que te hizo llegar a destiempo, el que te hizo olvidar que la cosa más importante y única que tenías que hacer era alcanzar ese tren.
¿Cómo entonces pudo haber acaso circunstancia que te hiciera perder ese único objetivo?
Y más, sabías que ya al tren habían subido todas las personas que te importaban y que te estuvieron esperando en la puerta de la estación, casi hasta último momento. Y digo casi, porque hubo un instante, en el medio de las conversaciones, discusiones y elucubraciones sobre cuál habría sido la causa de tu atraso, en que alguna voz se levantó entre las de los demás y dijo: «No podemos seguir esperando, estos ya no vienen, estarán discutiendo entre ellos quién viaja en primera y quién en segunda»; y así fue que de a poco unos empezaron a subir al tren y otros, ya desencantados del todo, hasta abandonaron la estación y en lugar del boleto llevaban en sus manos una papeleta en blanco.
Es por eso que escucho a Mozart, porque va relatando de a poco, la historia de estos cinco años.
Empieza muy suave, como tanteando, como se hizo, en la oscuridad de lo ignoto y la única luz que alumbraba era la de la esperanza, pero ésta titilaba por el movimiento de las manos que la portaban, trémulas por la emoción y el peso de la responsabilidad adquirida, mezcladas por los cantos y las risas nerviosas que festejaban lo conquistado.
Luego quizás la música y las distintas tonalidades de las voces nos hablen de las innúmeras reuniones, donde se discutieron alternativas sobre los posibles rumbos que se podrían tomar para llegar a las metas convenidas, cuáles serían las estaciones donde se debía parar a levantar a los pasajeros que otros trenes habían dejado olvidados a la vera de la vía de la vida; qué cosas descargar para abrigar y satisfacer las necesidades de los que aún, a pesar de todos los esfuerzos, todavía no podrían embarcar; cómo utilizar la precariedad de la locomotora con ese raro nombre de «Presupuesto»; cómo hacer para que los fogoneros, guardatrenes, guardavías, maleteros y demás, comprendieran que con el paso cansino del burócrata no podrían hacer funcionar todo como es debido.
Y quizás fue ahí cuando se tomó la decisión de que todos, incluso los guardavías, ayudaran a subir a la gente y trataran de darle todo el confort posible, aún a los de «tercera», para que se sintieran otra vez cuidados como los de «primera».
Quizás no pensaron que sin el necesario e imprescindible trabajo de los guardavías, el tren encontraría obstáculos insalvables, que debería abandonar varias veces el rumbo para tomar vías accesorias pero no paralelas, haciendo que cada vez se fuera perdiendo el rumbo previsto.
Y luego todo fue así, cuando se encontraba un obstáculo, en lugar de enviar a cada quien a cumplir su tarea, se los ponía a todos ha realizar las maniobras de cambio de vía que hasta hacían retroceder a veces, el camino ya andado.
Mientras las voces agudas de las sopranos o las potentes de los barítonos daban gritos de alerta, siempre desoídos por los conductores y fogoneros, que no hacían más que apurar el paso, sin comprender que iban en retroceso, dejando esperando en estaciones a las que nunca llegaron, a gente que también importaba que subieran al tren en el vagón para pasajeros comunes, con otras necesidades, pero que también era obligación llevar.
Esto fue un penoso trayecto para todos, conductores acuciados por circunstancias imprevistas, guardatrenes que tomaban decisiones importantes pero inconsultas y pasajeros a quienes nadie les informaba del porqué de esos cambios de vía y que no se conformaban que durante el viaje se les produjera miles de entretenimientos, música, teatro, deportes, cursos de todo tipo, participación en algún tipo de decisiones y fondos para lograr algún proyecto soñado y votado por ellos mismos, porque algunos no comprendían que esto era parte fundamental del viaje porque todos llegarían crecidos a la meta y capaces de valerse por sí mismos.
Y algunos de estos que no comprendieron y más, aquellos por cuyas paradas no pasó el tren, para el siguiente viaje por otro lustro, decidieron tomar otro. Y cambiaron conductores y fogoneros que pintarán la locomotora «Presupuesto» con otro color y pondrán más vagones de primera y de hecho, volverán a tomar la vía antigua, la que pasa por centros importantes y deja a un costado a los más, dejando caer cada tanto algún presente con magnánima mano, para que algunos se crean que son atendidos.
Y como hoy hay muchos que sólo ven al fútbol como conquista que alimente, física y culturalmente hasta a los más desposeídos, sepan que la otra vez se habían ganado, además del «nacional», 8 campeonatos locales.
Esta vez, aunque se ganó de nuevo (esta vez con alargue) el campeonato nacional, sólo se ganaron 4 locales, uno inesperado, pero se perdieron 2 que se pensaba que ya estaban «ganados».
(*) La Misa de Réquiem en re menor (K. 626), decimonovena y última misa escrita por Wolfgang Amadeus Mozart, está basada en los textos latinos de la liturgia católica que se ofrece en funerales.
Mozart murió antes de terminarla, en 1791. El Frente Amplio en Paysandú, también.
Saludos.
HERNAN ZUNIN
Solos ante el peligro
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Tan chiquitos, tan poquitos nosotros… ¡y a la vez tan grandes!
En una foto del grupito de uruguayos (naturales, legales y anexados) durante el partido contra Holanda. Todo lo que se ve detrás, todo lo que aparece naranja, era un montón de holandeses de nombres impronunciables.
Estuvo bien el encuentro, dimos batalla hasta el final. Los naranjas vociferaban «Ho-lland… Ho-lland» y nosotros -viveza criolla mediante- aprovechamos la coincidencia de las vocales para cantar «Foor-lán… Foor-lán». Entre el bullicio y la cerveza, terminamos todos cantando lo mismo.
La foto a la que hago mención la sacó una chica uruguaya con mi teléfono móvil. Si no me equivoco, mañana saldrá publicada una parecida en el diario El Mundo, porque nos acompañó un periodista durante la primera parte del partido.
Me despido por ahora. Rubén acaba de traerme un chorizo al pan que está buenísimo. Hay que acabar bien esta jornada tan uruguaya en la que me he sentido (y me siento) infinitamente orgullosa de pertenecer a mi país, la tierra de los tres millones.
Un abrazo para todos y, para que no quepa duda alguna: ¡Uruguay nomá!
Vamo’ arriba la Celeste.
UNA URUGUAYA
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