SANA MENTE

¡Hoy me saludaron con un beso!

Caso

María era una niña alegre y sociable. Una tarde se encontraba con sus compañeritos de la escuela jugando en la vereda cuando su mamá irrumpió en la distendida escena, gritándole mientras la zamarreaba de un brazo y la empujaba hacia adentro de su casa. María no alcanzaba a comprender el motivo de la golpiza y los insultos que, de ahí en más, se repetían siempre que estaba en compañía de varones aún si éstos eran sus compañeros de la escuela.

María adolescente entendió que su vida sería más fácil lejos de sus padres. Con ese pensamiento, concretó un casamiento con el primer candidato disponible. No existió un romance ni el enamoramiento propio de estas circunstancias. El apuro por escapar de las golpizas y malos tratos no permitió la elección del «corazón», ni la de la «razón».

Juan era mayor que María, su seriedad y pocas palabras parecían ser la solución a sus problemas. Sin embargo los años de matrimonio trascurrieron entre malos tratos y golpizas. El alcoholismo de Juan se agravaba con los años. Mientras se acentuaba en María una actitud de sumisión y resignación que buscaba apaciguar las golpizas, «cobrando» ella muchas veces el castigo dirigido a algunos de los 3 hijos de este matrimonio. Juan inevitablemente llegaba a su casa golpeando puertas, pateando lo que encontraba a su paso y profiriendo insultos y golpes a quien se interpusiera en su camino. En muchas ocasiones volaban las ropas de María por la ventana que salía vergonzosa a recogerlas mientras veía que la puerta de la casa se cerraba a sus espaldas dejándola en la calle en medio de la noche. Acurrucada en la puerta esperaba que el sol del nuevo día permitiera su reingreso al hogar que no se animaba a dejar por temor al destino de sus pequeños hijos. Fantaseaba con escapar junto a ellos, idea que abandonaba rápidamente ya que nunca había trabajado y temía no poder alcanzar el sustento para los hijos y las condiciones de vida que Juan les daba en términos materiales.

El contacto con un centro de ayuda para víctimas de violencia familiar hizo que María se animara a tomar las decisiones correctas para separarse de Juan. Pudo superar el miedo a las golpizas que la habían llevado en varias ocasiones a internaciones sanatoriales y el pavor frente a la amenaza de muerte que se esgrimía cada vez que tímidamente María planteaba una separación. Las dudas entre seguir aguantando esta situación o alejarse ella la angustiaban, pese a lo cual pudo dar los pasos necesarios apoyada por un equipo profesional que la alentaba.

Hoy María ha iniciado una nueva etapa de vida. Mientras transcurre una reunión de un grupo terapéutico descubre con sorpresa que se acerca a ella un compañero, la saluda pronunciando su nombre y le da un beso en la mejilla, al igual que a todos los demás integrantes del grupo. María reflexiona en voz alta: «Hace tantos años que suponía que Juan me estaba tratando bien, cuando entraba en casa y solo golpeaba la puerta, sin insultarme ni pegarme, que hoy este saludo me sorprende haciéndome caer en cuenta que es la primera vez en años que recibo un beso como saludo»

 

Comentario

La autoestima es la capacidad de quererse y respetarse lo cual hace que los demás también nos quieran y respeten. Esta capacidad es destruida en la persona que sufre violencia, al punto de sentir que no existe otra forma de relacionamiento. Por eso es que frecuentemente los niños que han crecido maltratados, insultados, castigados suelen caer en sus futuras relaciones interpersonales en situaciones que reproducen esa violencia. Es que han perdido la capacidad de quererse, respetarse y por lo tanto cuidarse. Esa incapacidad para el autocuidado incluye la imposibilidad de poner los límites de respeto necesarios para resguardar la autoestima, impidiendo cuidar de aquello que no se siente valioso. Por si esto fuera poco la autonomía necesaria para tomar las decisiones dirigidas a la obtención de objetivos de vida se torna imposible.

La violencia atropella la autoestima como un auto que en la carretera pasa por arriba de un pequeño animal encandilado. Una persona sin autoestima no podrá tomar la decisión de alejarse de la situación de violencia porque se asume como incapaz de llevar la vida adelante renunciando a sus deseos, sueños, objetivos, etc. El miedo por no saber como hacerlo, por despertar reacciones mas violentas, paraliza cada vez más. Maria está tan lastimada en su autoestima que se sorprende cuando alguien la saluda cordialmente: un beso en la mejilla y oír su nombre le permiten caer en la cuenta que los años vividos bajo maltrato la han «desacostumbrado» a recibir naturalmente situaciones de trato cordial o simplemente respetuoso.

Una buena autoestima prende las señales de alarma ante el mínimo maltrato. Si estas señales no son captadas y la situación de violencia se reitera se va tolerando más y más violencia sin tomar conciencia de la incapacidad de reacción que se va instalando paulatinamente. Se aprende que el único código de relacionamiento posible es reproducir esa violencia.

Poner un granito de arena para vivir en contextos menos violentos y mas saludables implica, entre otras cosas, alimentar diariamente la autoestima personal y las de las personas del entorno. Una forma simple es resaltar en lo personal y en los demás todos los pequeños logros cotidianos y permitirse disfrutar por ellos

La situación analizada corresponde a una ficción sobre hechos de la realidad de tal forma que cualquier semejanza es solo coincidencia.

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