Escrito por: Luis Grene
Cuando alguien de la familia compraba una televisión, todos se alborotaban. Había que visitarlo y, al llegar el domingo, la casa del feliz propietario se llenaba de parientes. Sobre una mesita con un coqueto mantel de puntillas, estaba el grandote aparato de lustrada madera, perillas doradas y una gran pantalla llena de imágenes en blanco y negro. Era un televisor Admiral comprado en Casa Cardelino, de Rondeau y Paysandú. Entre el chocolate caliente y los bizcochos caseros, desfilaban las primeras seriales y programas de la pionera década de los 60. Los familiares que habían llegado de mañana se deleitaban con las series para los niños y adolescentes. “Mi amiga Flicka”, en Saeta, mostraba la amistad de un niño vaquero con su fiel caballo; “Lassie”, la perra collie, siempre sacaba a sus dueños de complicados apuros. El “Canal de las familias”, Teledoce, seguía la línea de los cines barriales que todos los domingos a partir de las 10 de la mañana exhibían el llamado “Cine Baby”. Con ese mismo título se presentaban una sucesión de cortos animados de Las Urracas Parlanchinas, El Super Ratón, El Gato Félix y capítulos del LLanero Solitario y Jim de la Selva. El “Canal de la Avenida”, Montecarlo, tenía en su matutina programación un dibujo con muchos seguidores. Se titulaba Huckleberry Hound y era un cómico perro azul que hablaba con el típico cantito del sur norteamericano. Al terminar las aventuras del gracioso can, aparecía en ese show un personaje que luego adquirió fama mundial, el Oso Yogui, junto a su amigo Bubu. Todas creaciones de los dibujantes Hanna y Barbera, que también plasmarían a otro ídolo de los pibes montevideanos, como lo fue Don Gato y su pandilla. La culminación llegaría unos años después con Los Picapiedras, lo máximo de esa creativa pareja de dibujantes americanos. La tarde del domingo ahora mostraba en el living a los tíos, sobrinos, y hasta los viejitos abuelos rodeando al mágico aparato. Mientras algún futbolero ponía muy bajito la radio para escuchar los relatos de Carlos Solé, en la principal habitación de la casa empezaba la gran serie “La Familia Topper”. Una deliciosa historia de duendes y fantasmas buenos y gentiles. Luego, más tarde, aparecían las míticas series de detectives. Sin algún pibe hacía ruido, lo mandaban a la puerta a jugar a la bolita o a cambiar figuritas. Aparecían en la pantalla del Admiral los investigadores de “Intriga en Hawái” con Robert Conrad, muy conocido por su personaje de Tom Lopaka. Lo acompañaba la blonda Connie Stevens, como una pícara fotógrafa de hotel. Y nadie olvida al conductor de taxi, el hawaiano Kim, con sus numerosos primos. Otra serie detectivesca fue “77 Sunset Street”, dos investigadores del mundillo de Hollywood, llamados Stu Bailey y Jeff Spencer. Las montevideanas se enamoraron del pintún actor Efrem Zimbalist Junior. El humor de la TV llegaba con La Revista Dislocada, dirigida por el talentoso Delfor. Un numeroso elenco del que destacamos a Calígula, Nelly Beltrán, Alberto Locati, un joven Jorge Porcel, Carlitos Balá y la señora Isabel Lainer.
La memoria rioplatense recuerda que ese programa de humor fue prohibido por la dictadura militar de Lanusse. Una comedia americana maravillosa fue “Yo quiero a Lucy”, con la actriz Lucille Ball, que sería un ícono de aquellos años, representando a una esposa norteamericana. El folclore no faltaba en aquellos domingos, cuando aparecía el programa “Esta tarde en lo de Anselmo Grau”. Y todos los partidos del fin de semana se comentaban en “Glorias Deportivas”, una rueda de periodistas, con Semino y Cacho Vázquez, dirigida por Musse. Las visitas se despedían y al llegar a sus casas de seguro soñarían con detectives, lindas mujeres y el vaquero Roy Rogers. Con más recuerdos y música, los esperamos los domingos a las 18 horas en CX40 Radio Fénix.
COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE
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