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Niños de la calle viven en hogares donde pierden el "terror al no poder"

Son los últimos de los últimos, los niños que, sumidos en un mundo de violencia, eligieron abandonar sus familias para sobrevivir en las calles. Tres hogares de la nueva red de atención del INAU y el Mides ­que trabajan junto a ONG- los albergan para que recuperen la autoestima y los derechos que perdieron.

Escrito por: Gelsi Ausserbauer |

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“Hacía zarpado frío. Cuando salía a robar, después me arrepentía. Y después empecé a fumar pasta, pero un mes nada más, porque no me gustó. Quería estar en un hogar porque me sentía mal. Quería hablar con alguien y no tenía con quién: en la calle no podía hacer casi nada. Ahora que estoy acá por lo menos tengo más gente y puedo ir a todos lados. De vez en cuando nos peleamos, pero nos conocemos y sabemos la situación que pasamos”, cuenta Mario, de 16 años.

La historia de Mario es la de decenas de niños y adolescentes que, después de vivir distintos tipos de violencia con sus familias, optaron por vivir otro tipo de penurias, esta vez en las calles. Desde febrero, el Instituto del Niño y Adolescente (INAU), junto con el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), creó la Red de atención para niños con experiencia de vida en calle, una propuesta que ­a diferencia de otras con las que cuenta INAU­ hace énfasis en aquellos chicos con un perfil más “extremo”, como suele decirse en la jerga institucional. Es decir, aquellos que no sólo trabajan en las calles, sino que viven en ellas. Allí despliegan sus estrategias de supervivencia, mientras mantienen vínculos precarios y complejos con sus familias. Son “los últimos orejones del tarro” o “la población que va quedando para el final”, según definen algunos de los técnicos que trabajan a su lado.

La red cuenta con dos centros de captación: Revuelos (junto a Gurises Unidos) y El Farol (con Vida y Educación). Cogestionados entre el INAU y el Mides, integran un sistema al que se suman la Unidad Móvil (que recorre las calles para captar niños), Casacha y La Escuelita, propuestas que dependen únicamente del INAU y que atienden a niños y jóvenes que aún preservan ciertos vínculos con algún referente adulto.

La red atiende a 60 chicos en las fases de captación y convivencia. Para ello, cuenta con tres hogares en convenio con organizaciones sociales (Pirí, Rescatate y Posada de Belén), específicos para estos niños y adolescentes. Pronto, el INAU abrirá un cuarto hogar (éste de gestión en solitario) en la zona de Colón o en el Prado.

“La meta es que no existan barreras para que estos niños ingresen a un hogar; no puede haber situaciones demasiado complicadas. Es muy fuerte dejar de vivir en la calle: la vuelta es compleja, tanto que atenderlos era muy difícil antes de que se creara este sistema. Muchas veces, por un tiempo, van y vienen, y eso distorsiona a quienes están en el hogar, y a veces genera hasta un efecto de ‘arrastre’ hacia la calle”, explicó Marina Cal, directora de la Red.

Las autoridades buscan que los niños y adolescentes vivan en estos hogares por períodos relativamente breves, para así encontrar una oportunidad de retorno a sus familias. Esa será la tercera etapa de la red, el egreso, que aún no comenzó pero, probablemente, se establezca dentro de pocos meses, según anunciaron Cal y Susana Tierno, directora del Programa Calle del INAU.

Entre tanto, la red les proporciona facilidades para integrarse a la educación formal y no formal (algo que no resulta sencillo para niños que no suelen sostener rutinas), mientras realizan otras actividades que los ayudan a desarrollarse y socializar, como informática (“les encanta el mundo cibernético”), cabalgatas, deportes extremos y música.

 

Sentido de pertenencia

Pasar de la calle a un hogar con reglas de convivencia establecidas, rodeado de pares, pero también de adultos que establecen normas y pueden sancionar es un salto a veces traumático en la vida de estos niños que se valen por sí mismos y dependen, en gran medida, de sus grupos de amigos.

“Los días de frío son complicados”, admitió Katherine, una adolescente que hoy vive en Posada de Belén, aunque enseguida Eusebia, de su misma edad, precisó: “Pero también pasás momentos lindos. Estás con tus amigos”.

Así son los recuerdos de sus épocas de calle: llenos de matices. Por eso, su adaptación a un nuevo mundo, donde tienen que ayudar a limpiar su casa y respetar horarios, atraviesa vaivenes. De cualquier modo, quienes llevan adelante estos procesos coinciden en que son sumamente positivos.

En Toledo está el Hogar Pirí, encabezado por la ONG Cipfe. En el enorme jardín que incluye una chacra, se asoman dos niños que corren a recibir el automóvil del que bajamos fotógrafa y periodista. Nos reciben con un beso y, junto a un adolescente que también aparece, nos hacen pasar. Allí aguardan Luis Enrique Bernier, el director del centro desde que abrió sus puertas, hace 16 años, y Sebastián Rodríguez Marichal, un psicólogo que aquí se desempeña como educador.

Pocos minutos dentro del hogar bastan para comprobar que allí se respira alegría, y también respeto. Es casi un pecado no comentarle a Bernier lo educados que se mostraron los niños al hacernos pasar. A medida que aparecen desde los dormitorios para llegar a la sala, no hay uno solo de ellos ­ni siquiera el más tímido­ que no se presente y nos salude. Da gusto estar ahí.

“¿Sabés por qué te saludan? Porque esta es su casa. Cuando logramos que esto sea así, ya está. Adquieren el sentido de pertenecer, de que ellos son parte de todo esto. Estos gurises eran los últimos orejones del tarro”, dice Bernier, orgulloso de su labor, mientras un niño de 8 años le llama “abuelo” y le pide que lo ayude a quitarse el cinturón.

Estos logros llevan tiempo y trabajo. “Estar internado es un conflicto para cualquier niño. El objetivo es que se dé el tiempo para conocer la propuesta, identificarse y reconstruir la fragilidad con la que llega. Últimamente han sido pocos los que largan”, asegura Bernier. “Largar” no significa otra cosa que decidir volver a la calle. De cualquier modo, los técnicos aseguran que quienes no se adaptan son una minoría, aunque los escollos son múltiples y dolorosos.

 

El terror a no poder

Parte de esos escollos son la baja autoestima y las experiencias, en muchos casos terribles, con las que cargan estos niños y adolescentes. “¿Por qué se llega a una situación de calle extrema? ­reflexiona Bernier-. Más allá de que hay una situación social y global, también hay algo en esa familia para que un niño común decida irse a vivir a la calle para sobrevivir robando o pidiendo permanentemente. Muchos de ellos lo hacían y volvían a su casa con la obligación de llevar determinada cantidad de dinero, y si no eran golpeados y todos los etcéteras que quieras poner”.

Pero la violencia no sólo pasa por los golpes. “Un chiquilín vino hace tres días de Pando y se emocionó al ver un plato de comida, porque se acordó de que sus hermanos no tenían uno, o de todas las veces que no pudo comer”, contó el director de Pirí.

Para revertir su baja autoestima y lograr que estos niños adquieran hábitos (de convivencia o higiene) que no tenían, es fundamental el papel que desempeñan otros chicos internados desde tiempo atrás. “Son referentes. Lo que ellos digan y hagan es tan o más fuerte que lo que uno, desde el mundo adulto, pueda transmitir”, afirma Bernier.

Sólo así estos niños adquieren costumbres tan básicas como sacarse la ropa o los zapatos para dormir, algo que no hicieron durante los meses o años que duró su estadía en las calles.

En los días en que LA REPUBLICA visitó Pirí, un muchacho, ya mayor de edad, egresaba del lugar para vivir con su pareja. Antes, había estudiado gastronomía y llegó a conseguir un trabajo en el Hotel Radisson. “Lo ven en las fotos y era el peor de la banda. Ahí es cuando dicen: ‘Mirá hasta dónde llegó”. Si el otro puede, ¿por qué yo no?”.

Es este proceso el que permite que estos niños vuelvan a las aulas, poco preparadas para atender a chicos con historias de vida semejantes, coinciden todos los técnicos consultados por LA REPUBLICA. “La necesidad de estudiar les va surgiendo, en la medida que lo trabajamos como un derecho que nunca se les ha respetado”, indica Bernier. La mayoría tienen muchos años de atraso e
scolar respecto a los otros niños. Santiago, de 12 años, cursa segundo de primaria, igual que William, de 11. Miguel, adolescente, pregunta cada un promedio de 10 minutos si ya es hora de ir a la escuela. “No me la quiero perder”, dice, tenaz. Cuando se retira de la sala, Sebastián explica: “No lo toman como una obligación; lo reclaman”. Bernier agrega: “Es que ven que todos salen con su túnica y su moña, y se preocupan por lavarlas ellos mismos”.

Con los años, estos jóvenes han encontrado sus carreras. Muchos eligieron el camino de las artes en la Escuela Figari de UTU, sin ir más lejos. “Después del mayor esfuerzo ­que permanezcan­ el segundo es crear las condiciones para que cada uno de estos chiquilines puedan desarrollarse completamente. Del lado nuestro, no hay otra cosa. El resto lo pone cada uno, de acuerdo a sus características y sus limitaciones. Esto ha sido así y no es ningún verso. Ultimamente, capaz que porque estamos trabajando mejor que antes, han encontrado oficios”, dice Bernier.

Mientras tanto, los más chicos practican hip hop, juegan al fútbol, o hacen karate. Y a todos los une una tarea en común: el cuidado de la chacra de la casa, donde aprenden a respetar los tiempos de la naturaleza y a ganarse, con un trabajo en equipo, un plato de comida.

 

Menos violencia

Posada de Belén, un hogar que está en manos de la Iglesia Anglicana, funcionó como refugio durante años, en el Barrio Sur. Los adolescentes podían pasar la noche allí, pero después volvían a las calles. Luego de la crisis de 2002 aumentó el consumo y la situación de estos jóvenes se hizo más y más precaria. La violencia física y verbal imperaba en el refugio, tanto entre los adolescentes como, incluso, contra los educadores que los atendían. A partir de enero, un convenio con INAU transformó al refugio en hogar mixto de tiempo completo, donde conviven 15 adolescentes y hay 5 camas de emergencia para que otros jóvenes que así lo requieran puedan encontrar allí un “espacio circunstancial”, dijo Alejandro Manzoni, director de Promoción Humana de la Iglesia Anglicana.

“Yo estuve cantidad en la calle. Un tiempo estuve por voluntad propia, porque me fui de mi casa. Después mis padres ya no me aceptaban. Por diversas razones no volví.

Al primer hogar que llegó fue por un delito, y después por un amparo. Acá está bastante bien. “Estudio y tengo todo”, contó Jonathan, de 16 años. Ese sentimiento (“acá tengo qué comer”, “a mí me gusta estar”) es el que acompaña a los jóvenes, aunque la tarea no sea sencilla.

Cuando LA REPUBLICA llegó a Posada de Belén, un muchacho había roto un teclado para mostrar su disgusto, lo que llevó a que la directora del hogar, Ana María Mendoza, reuniera al grupo para conversar. La adolescencia es una etapa conflictiva, pero lo es mucho más entre jóvenes que han vivido entre varias intemperies.

“Cuando esto era un refugio, había muchos problemas con los gurises: armaban motines, agarraban los lockers a patadas, tenían actitudes hostiles con la casa. Hoy por hoy eso se está revirtiendo mucho, y las situaciones de violencia son muy acotadas. Tienen que ver más que nada con problemas de convivencia entre ellos. Siempre apelamos al diálogo. La lógica no es sancionatoria. Comprendiendo su historia, se pueden entender algunas de sus reacciones. Eso es lo normal para ellos”, indicó Manzoni.

En Posada de Belén los jóvenes tienen horarios definidos y deben colaborar con las tareas de limpieza de la casa. Tiene las puertas abiertas, por lo que pueden salir, tanto a estudiar (asisten al liceo y a varios cursos que ofrecen las Areas Pedagógicas del INAU) como a visitar a sus familiares, en el caso de aquellos que preservan el vínculo. Aunque es común que los chicos de la calle sientan la tendencia a retornar por algún tiempo, siempre vuelven al hogar. “Deciden estar ahí”, afirmó Virginia Pereira, una educadora.

A pesar de ello, Manzoni admitió que el hecho de que convivan muchachos de ambos sexos, sumado a que existan camas de emergencia donde “paran” otros jóvenes por pocos días, resultan “desafíos” muy complejos de asumir. “Donde vengan 4 o 5 juntos, cosa que pasa dos por tres, la dinámica se desequilibra. Es una casa, que tiene sus limitaciones físicas, incluso. Es como si en la tuya entraran 3 personas nuevas que están por fuera de un proceso de convivencia”, dijo Manzoni, que indicó que se planteará al INAU la posibilidad de abrir otro hogar, esta vez sólo para mujeres. “Lo ideal sería que hubiese tres: uno para cada sexo y otro sólo con camas de emergencia”, indicó.

Como en toda la red, el objetivo es que puedan egresar a corto o mediano plazo para reinsertarse a la sociedad plenamente, sin estigmatizaciones. Por ello, todos estos hogares buscan integrar a los niños en actividades ajenas al propio centro y al INAU, para que no se conviertan en habitantes de “guetos” y logren, de este modo, conquistar autonomía.

Todos aseguran que los resultados son satisfactorios. El consumo de drogas desciende notablemente (ver recuadro), muchos retoman el vínculo con sus familias y todos vuelven a las aulas.

“Yo quiero lo mismo que todos: estudiar, salir adelante, tener un buen trabajo”, dice Eusebia, mientras Mario planea regresar con su familia el año que viene. Maira quiere ser peluquera, y Gabriel, en Pirí, asegura que Toledo Chico, un cuadro de baby fútbol, está buscando su pase. Hace pocos meses, su única preocupación era conseguir algo que comer. Tienen razones para sonreír.

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