"¡Eso… era mío!"
Caso:
Carmen era una niña muy vivaz. A veces se la veía pensativa y a la búsqueda de respuestas a las mil preguntas que ya no se molestaba en hacer porque nunca recibía la información esperada. Sus interrogantes invariablemente eran seguidas de un zamarreo y un «siempre molestando…» que le indicaban que debía callar. Vivía en una casa muy humilde y pequeña. Todo en la casa era de «los demás», de los adultos y de la hermana mayor: la cama, el ropero, los pocos juguetes. Ninguno era suyo. Se había acostumbrado a estar siempre en la periferia de todo, pensando por qué ella no tendría un juguete propio, una cama… Un día, al volver de cumplir un mandado, asomando en el tacho de la basura descubrió una hermosa muñeca. Tenía poco pelo, estaba sucia y sin ropa, pero «era tan bonita…» y sobre todo, era de ella. La había encontrado y, a partir de ahora, ya no se sentiría ajena a todo. Tenía a Meli. Carmen compartía su mundo de fantasías y sus preguntas sin respuestas con ella. Pensaba que nadie en la casa se había percatado de su hallazgo y esto la hacía sentir más segura. Su mundo estaba protegido. Un día, al volver de la escuela, no encontró a Meli en el lugar habitual. Su inquietud iba en aumento al constatar la desaparición. De pronto la voz de su padre, interrumpió su búsqueda: «eso sucio que tenías ahí… se lo regalé a tu prima, ya no molestará más». Carmen estalló en sollozos ahogados murmurando: «eso… era mío…». Hoy es una mujer adulta que sigue buscando respuestas. Ha luchado por su familia, ha conseguido formar su propio mundo, real. Se pregunta, por qué un nudo de angustia le oprime el pecho cada vez que alguien abre el cajón de su mesa de luz o se entromete entre sus cosas.
Comentario.
Para los seres humanos, al igual que para los animales, la vida cotidiana está plagada de «problemas territoriales». Frecuentemente este concepto de territorialidad no es explícito y muchas veces tampoco es consciente. Sin embargo, tal desconocimiento no hace más que agravar los conflictos interpersonales que derivan de la transgresión de ciertos códigos que rigen la territorialidad. Su expresión a través del lenguaje se hace con adjetivos posesivos como: «mi cuarto, mi cama, mis libros, juguetes, ropa, etc.» Las pertenencias son una forma de demarcar en forma objetiva los límites de ese territorio. Existen otras formas más sutiles como la música o los perfumes que señalan territorios más amplios, aún sin la presencia física de su «dueño». Muchas veces estas marcas invaden el territorio de otras personas sin tomar en cuenta esos límites. Por ejemplo, en la oficina que alguien tome útiles del escritorio de otra persona sin su autorización, o use alguna de sus pertenencias, puede originar conflictos más o menos ostensibles. Los hijos invaden el territorio de sus padres, al dejar sus útiles y ropa tirada por toda la casa. Esta expansión muchas veces «arrincona» a los padres a los confines de su territorio que es «cedido» en aras de una pretendida paz. Esta actitud es interpretada por los hijos como un «derecho» que se repite en todos los ámbitos. Se aprende a transgredir los límites de respeto del territorio ajeno: la hija o hijo que hoy usa la ropa de la madre o de la hermana sin su autorización, o toma el dinero de la billetera de los padres, tal vez mañana repita igual conducta con una amiga obteniendo respuestas menos condescendientes. Cada transgresión siempre tiene una «justificación». El papá de Carmen invade su único «territorio» al decidir regalar su muñeca: «eso sucio… ya no molestará más». El sufrir invasiones territoriales desde la niñez menoscaba la autoestima y seguridad personal. No es posible quererse y respetarse, en la medida que no se es respetado en la posesión de, al menos, algún efecto personal. La conciencia de esa posesión, además de afirmar la autoestima va generando un código de reciprocidad en el respeto de los territorios ajenos. Este respeto será importante luego, a la hora de la interacción y la convivencia. Un niño que no aprende estos códigos de respeto, suele «dejarse» invadir en su territorio sin generar mecanismos de defensa adecuados que lo resguarden. Por el contrario, si se le permiten invasiones a territorio ajenos sin oponer resistencia, se impedirá un aprendizaje necesario para la convivencia. Es así que tenemos adultos que no dudan a la hora de abrir la correspondencia ajena, revolver cajones o carteras de las personas con las que conviven. Aún en nombre del amor es necesario un marco de respeto que requiere una autorización al menos mínima o sutil, explícita verbal o gestual, pero siempre una autorización. Ejercitar este respeto evita conflictos interpersonales y facilita la convivencia. Son innumerables los ejemplos cotidianos que ilustran estos aspectos que deben tenerse presente en los aspectos tangibles de demarcación de un territorio. También y con más fuerza aún deben respetarse aquellos aspectos intangibles y sutiles que derivan de los aspectos psicológicos relacionados con el «territorio personal» como los ámbitos de decisión personal. Cualquier transgresión lesiona en menor o mayor medida la autoestima y genera o mantiene conflictos que dificultan la convivencia. Compartir «el territorio personal» es un aprendizaje posterior que se construye sobre la seguridad del respeto de estos códigos que nos construyen como sociedad.
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