Las otras cárceles del Uruguay
«El trabajo con ellos es una pasión. Es muy desgastante, pero también rico y motivante», dice el psicólogo Luis González a LA REPUBLICA. En la dinámica de la entrevista «ellos» son los reclusos del Comcar, con los que trabaja desde hace 14 años, de los cuales seis como psicólogo.
«Ellos» también son un segmento muy particular de la población carcelaria: aquellos reclusos que presentan problemas de drogadicción, con quienes González está poniendo en marcha un programa piloto del que participa también la Junta Nacional de la Droga, con apoyo de la Onudd (Organización de las Naciones Unidas contra el Delito y la Drogadicción).
Hoy ese segmento lo ocupan diez reclusos, «jóvenes, primarios, con delitos asociados al consumo o a su problemática, o directamente adictos», dice González cuando explica las características del plan que está poniendo en marcha. «Desde el año pasado se manejan una serie de iniciativas, empezamos por este proyecto», comenta.
«Hemos visto que hay cambios en el perfil de la población carcelaria», dice enseguida, y destaca como principal característica que «es más joven», entre 18 y 25 años, que los promedios de edad tradicionales. «En función de eso, muchos de los códigos de la prisión se cambiaron, por cuestiones mucho más volátiles», añade, y comenta que «pensamos que esto tiene que ver con el consumo de drogas».
Cuando González habla de «volatilidad» hace referencia a la «falta de estabilidad emocional», que la registran especialmente «los presos más viejos que, de alguna manera, dejaron de sentirse cómodos como lo estaban antes, y hablan de una sensación diferente a la de otras épocas».
Es allí donde el equipo que integra González se propone trabajar: «en la población crítica, para mejorar su rehabilitación, su reinserción; si es que puede hablarse de que alguna vez estuvieron insertos, porque muchos de ellos ni siquiera desarrollaron las habilidades sociales mínimas».
De manera que el programa piloto se sumerge «en una situación extremadamente crítica y muy real: jóvenes adictos, afectados por el consumo problemático y, obviamente, con problemas familiares».
Así las cosas, el equipo se propone «sistematizar una forma de trabajo especial para ellos», a partir de una «modalidad investigaciónacción, de tal manera que, a medida que se trabaja, también se investiga».
Las pautas fijadas para ese plan de trabajo son las de separar un grupo chico, manejable, para ser sacado del módulo general y trasladado a un espacio en el que convivan los 10.
«Hemos conseguimos un lugar específico, separado de los otros» y también «hemos tramitado con el INDA el tema de la alimentación, para tener satisfechas las necesidades básicas, única manera de poder trabajar con los aspectos psicológicos más profundos».
Explica González que también hubo que solucionar la integración de un equipo multidisciplinario, por llamado abierto y destaca muy especialmente que «es todo un tema, porque lo que funciona afuera, no sirve adentro, más en terrenos como el psicológico». Y comenta que «las defensas psicológicas ponen a la población carcelaria en situación de crisis, como quien va a una guerra».
Para el proceso de selección de los integrantes del grupo objetivo «nos planteamos hablar con los delegados de los módulos, les pedimos listas de interesados, también con las autoridades carcelarias y con los policías. Obtuvimos varias listas, hicimos una selección, entrevistamos a todos los interesados, seleccionamos algunos, y ya estamos en la primera etapa del proceso».
«El equipo ya está trabajando con algunos muchachos para investigar y desarrollar el modelo que pueda aplicarse y ampliar», añade.
«No es imposible salir»
El plan piloto apunta especialmente a «crear dispositivos que los puedan ayudar», señala el psicólogo Luis González, quien a lo largo de su experiencia comenta que «hay gente que trabajó conmigo y que dejó la droga por abstinencia; es muy duro, pero salen de la droga solos».
Aunque esa es una situación, dentro de la multiplicidad que se puede generar detrás de los muros de la cárcel. «Otros entran en el consumo, generan deudas y después tienen problemas de violencia».
«No es imposible salir, depende de las herramientas que tenga cada uno», añade el entrevistado quien explica que el trabajo que encara se propone «crear dispositivos que los puedan ayudar» a superar los problemas de la dependencia.
Tras comentar que también adquirir una adicción «es una forma de relacionarse», señala que las evidencias muestran que en la cárcel se consume alcohol, «escabio» en la jerga de los presos, una bebida que se preparan ellos y que resulta bastante nociva. También marihuana, psicofármacos, a los que llaman «canicas» y que quienes tienen acceso llegan a ingerir «como caramelos», y también tabaco. De hecho, dice el especialista que «no conozco prisión que trabaje el tabaquismo como problema».
«Tenemos experiencias de países como Chile, Colombia, que han desarrollado dispositivos sobre droga en cárceles. Nosotros entramos en contacto con gente que ya empezó y tratamos de no repetir errores. Tratamos de fusionar lo nuestro con lo de ellos», agrega.
«Es un plan piloto», subraya González, de tal manera que «queremos aprender de esto, ver, y sobre todo escuchar, la palabra de los que sufren el problema».
«Ya estamos trabajando, aunque hay que esperar para que el grupo se complete. Estamos trabajando con ellos, también tratamos de generar actividades de prevención que salgan de este grupo al resto. Estamos tratando de generar políticas de prevención para estas personas, en su lenguaje».
En cuanto a las líneas de acción, el especialista menciona «dispositivos de terapia psicológica individual, grupal, con las familias, atención médica, entrenamiento en conductas más saludables, consultas psiquiátricas que permiten ir actuando de acuerdo a las necesidades de cada momento, trabajo con las redes».
«La idea es que hay una forma objetiva de estar en la sociedad, distinta de la que conocen», subraya.
«La propia convivencia dentro de este grupo es más terapéutica que lo que pasa afuera. La vida en grupo tiene que servir para que lleguen a cambiar su dinámica», sin dejar de reconocer limitaciones sobre las que González ilustra: «en una universidad de los Estados Unidos se hizo una investigación muy salvaje con estudiantes sin ningún tipo de trastorno, ni con problemas sociales, de los que la mitad hicieron de reclusos y la otra mitad de guardias, en las mismas condiciones de una cárcel. El experimento no pudo llegar a su fin porque llegaron a materializarse torturas y otras barbaridades que generó el propio sistema».
Aún así, el especialista reconoce que «el trabajo con ellos es para mí una pasión», al punto que «es un tema en el que estoy hace 18 años, investigando toda mi vida» y que representa «un desafío interminable, uno de los campos de las Ciencias Humanas que aún no tiene una definición. También es una oportunidad única. Desgastante, pero también rico y motivante».
Es que más allá de los prejuicios, «los reclusos responden mejor que lo que en principio se puede esperar. Eso mismo lo hace alentador y fascinante del punto de vista profesional».
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