SANAMENTE

¡Horror, la invalidez provocada por amor!

Caso:

Carmen es una joven adulta muy retraída. Cuando habla con la gente lo hace en voz muy baja y es inevitable que se sonroje. Se define como insegura e indecisa.

Martha, su mamá, dice que siempre la crió protegiéndola de todo. La acompañaba a todos lados y la ayudaba a estudiar. En ocasiones le hacía los deberes. Sin embargo, consciente de que debía prepararla para la vida, siempre le advirtió en forma pormenorizada sobre todos los peligros a los que podría enfrentarse, recomendándole manejarse con mucho cuidado.

En su intento de evitarle problemas, jamás la dejó hacer la cama, preocuparse de su ropa, libros, etc. Y por supuesto jamás la dejó cocinar ya que temía que se quemara. Tampoco la dejó ir de compras, ya que no quería que saliera ni aún al supermercado de la esquina. Siempre le eligió la ropa ya que temía que no supiera decidir lo correcto.

El amor por su hija la llevó a allanar todas las dificultades con sus amigas. Aún las niñerías eran solucionadas por Martha. No podía permitir que su hija adorada sufriera.

 

Comentario:

El amor a veces con su mejor intención, equivoca los caminos. La sobreprotección es uno de estos caminos no deseables que tienen como final una invalidez para la vida de quienes fueron sobreprotegidos.

El deseo de proteger a los hijos de las vicisitudes de la vida, alejándolos de las frustraciones cotidianas, los coloca en una burbuja de irrealidad, en la que todos los problemas son resueltos por los padres que sobreprotegen. Se evita poner límites, para «no lastimarlos», sin caer en cuenta que la ausencia de tales límites, mañana los lastimará más. No es posible así, enfrentar las dificultades propias de cada edad, tampoco se aprende a superar las frustraciones inevitables en la vida.

Cada situación es vivida con temor, con inadecuación. El entrenamiento para la vida que se hace desde que se abandona el útero materno pasa a ser una asignatura pendiente. A medida que se crece, el aprendizaje no realizado va forjando una brecha que coloca a esos niños en desventaja con sus pares.

Al llegar a la adultez esa distancia se convierte en una verdadera invalidez para resolver las situaciones propias del mundo adulto, sin apoyo, sin una mano que guíe o decida por ellos. Esta situación de dependencia coloca a esos seres en un continuo tormento, ya sea por la incapacidad y temor a decidir en forma autónoma, o por la necesidad de aceptar cualquier situación de dependencia a cambio de «protección». Otras veces la inmadurez reivindica, a modo de derecho, exigencias con la pretensión de obtener de los demás aquello que es responsabilidad propia.

En tales situaciones, la vida pasa a ser un tormento por la continua zozobra. Inevitablemente se instala una «parálisis» que coloca a quien fue sobreprotegido en una penosa desventaja con los pares. Nuestro mundo globalizado exige más competencias para la vida laboral; consecuentemente se requiere también más resistencia y energía para enfrentar las circunstancias de la vida personal, afectiva y familiar. Un ser que no ha tenido un entrenamiento paulatino y un aprendizaje a partir de sus propias experiencias, adecuadas a su edad, se encontrará en inferioridad de condiciones. Secundariamente, es más probable que fracase en sus proyectos o deba esforzarse más para alcanzar sus metas. Tal vez intente ahogar su temor consumiendo alcohol u otras drogas. Se negará a asumir las responsabilidades de la vida adulta escondiéndose en una eterna adolescencia.

Estamos frente a una persona que a la vista es un ser adulto, sin embargo en su interior tiene atrapado un niño asustado. Mientras los demás adultos se ocupan de las actividades adultas, estudian, trabajan, mejoran y utilizan sus competencias para la vida, los sobreprotegidos deben superar su asignatura pendiente y correr detrás del tren de la vida intentando subirse al vuelo. El trabajo y los riesgos son sin duda impensados para quien fue sobreprotegido en nombre del «amor».

La buena noticia es que es posible modificar esta situación de «retraso» para la vida y lograr que el niño asustado crezca y consiga asumir su cuerpo adulto. Se requiere ser consciente del problema y apoyo especializado para «madurar».

No es fácil para los padres asumir sus equivocaciones. Sin embargo, siempre se está a tiempo de apoyar saludablemente los esfuerzos de esos hijos en su crecimiento. Son ellos quienes pueden ayudar en este proceso con unas simples palabras de confianza en sus capacidades.

Sin embargo, es muy frecuente ver cómo suelen tirar por tierra los mejores esfuerzos por crecer de sus hijos, con una simple frase de desconfianza en sus habilidades o posibilidades. Lo más dramático es que muchas veces sin darse cuenta la carencia de autoestima de los padres muestra además un modelo de inseguridad, de desconfianza en sí mismos y de dependencia afectiva.

Es decir que en la otra cara de la moneda, también los padres sobreprotectores deben crecer junto a sus hijos, confiando en ellos mismos, aprendiendo a revalorizar sus propias actitudes. Una buena autoestima en los padres se volcará en confianza, serenidad y amor para ayudar a salir de la invalidez a sus hijos, colocar límites a tiempo y en forma progresiva acompañarlos en su crecimiento. Después de todo no hay nada más hermoso que ver un ser adulto, responsable, autónomo y saludable, fruto de la abnegada tarea de ser padre o madre.

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