La entrega de esta semana de los 10 mejores trabajos

Como viene sucediendo domingo a domingo, y después de que fuera publicado el texto de la ganadora de «La hoja en blanco», LA REPUBLICA sigue difundiendo los trabajos que mostraron condiciones de calidad como para ser reconocidos entre los mejores diez.

En esta oportunidad, el relato es de Hugo Domínguez, de 60 años de edad, residente en la ciudad de Montevideo.

 

Compañera

Desde joven acostumbro a vivir solo debido a circunstancias que no vienen al caso comentar.

Hoy, que ya tengo 46 años, lo sigo haciendo y la verdad que me hace sentir bien, sin ataduras ni compromisos más allá de los lógicos y naturales que conlleva el hecho de vivir en sociedad.

Además, no lo voy a ocultar, la situación económica de un trabajador común y corriente como yo no da para compartir demasiado.

La miseria prefiero vivirla solo y sin perjudicar a nadie.

Pero, cuando la conocí, nada de esto tuvo valor y ni siquiera me pasaron por la cabeza las complicaciones que supuestamente me podía ocasionar, o yo a ella.

La conocí a través de una vidriera, de casualidad no más. Estuve unos minutos tratando de hacerme el desinteresado pero al final no soporté la atracción y entré al local.

Luego de algunos minutos salimos juntos y pude notar que ella, por suerte, no se encontraba a disgusto.

Cuando llegamos a casa, a unas pocas cuadras de donde la había conocido, enseguida se puso cómoda en el sillón más grande, donde realmente parecía sentirse a gusto y daba la sensación de ser una reina.

Su aspecto y postura era brutalmente atractiva. Lo que más me llamaba la atención era su pelo brilloso y cuidado, yo diría aterciopelado.

Debo admitir que la primera sensación que tuve era que no iba a ser posible que ella permaneciera mucho tiempo conmigo.

Es que la casa es relativamente chica; no hay mucho espacio. Sin embargo nos fuimos acostumbrando uno al otro a tal punto que todos los días desayunamos juntos y luego salimos a trotar por el parque.

Esto nos mantiene a tono y nos permite estar juntos un rato más. Luego volvemos y yo me voy al trabajo.

A mi regreso cenamos juntos y después de yo leer el periódico y mirar algún programa en televisión, nos acostamos a dormir.

De esta forma, casi sin darnos cuenta, ya han pasado 15 años de estar juntos acompañándonos permanentemente y de compartir algunos momentos buenos y también de los otros, fundamentalmente por alguna enfermedad por suerte hasta ahora pasajera.

Se podrá decir que quince años no son tantos, y quizás sea cierto. Pero sin embargo los recuerdos, para mí al menos, son muchos y casi todos buenos. Fundamentalmente el recuerdo de aquel día que yo me resistía a entrar y traer conmigo a quien sería mi compañía durante todos estos años. «Tania», la cachorra de labrador, que me miraba a través del vidrio de la Veterinaria pidiéndome que la llevara conmigo.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje