SANAMENTE

Caso:

Matilde es una estudiante universitaria cuyo rostro delgado y elegante tiene la permanente sombra de unos ojos tristes. Pocas veces se la ve distendida y tranquila. Sonríe escasamente y su comportamiento huidizo con la gente suele hacerle ganar el adjetivo de antipática y altiva.

Desde la separación de sus padres Matilde vive «oficialmente» con su papá, aunque suele alternar con períodos en la casa de su mamá. La relación entre ellas es tensa. Blanca tiene que ser muy cauta con sus palabras para evitar que Matilde se moleste y abandone la casa dando un portazo.

Ayer, sin querer, Blanca ha escuchado parte del mensaje que en el contestador ha dejado Juan, el «amigovio» de Matilde. No podía dar crédito a esas palabras. ¿Cómo podía ser que Matilde aceptara que la trataran de esa forma? Los insultos y descalificaciones no admitían el silencio.

Blanca, sobreponiéndose al temor de generar una nueva crisis, decide hablar con su hija. Se asoma así a un mundo oculto y oscuro de permanentes descalificaciones e insultos que Matilde acepta en nombre del amor.

Juan es un chico muy fachero, que hace tiempo ha abandonado sus estudios. Pasa todo el tiempo entre sus amigotes y Matilde, a quien hostiga permanentemente: «Para qué vas a estudiar, si sos una tonta». «Estúpida, te pensás que por ir a facultad sos mejor que yo…» «Te dije que tenés que estar conmigo, no me importa si tenés examen mañana. ¡Qué te creés, tarada!».

Blanca, compungida, no puede controlar sus lágrimas. Sus desvelos para criar a esa hija, la luz de sus ojos, no pueden haber dado esos frutos. Los recuerdos queman su cabeza. La historia se repite y esos insultos son similares a los que durante mucho tiempo recibió de parte del papá de Matilde. Parece una maldición que ahora vuelve a cobrar otra víctima, su adorada hija.

 

Comentario:

«En el fondo es bueno…» es el comentario de muchas mujeres cuando son maltratadas. Es un camino que muy lentamente va minando la capacidad de reacción de la víctima, al punto de la incapacidad de reconocer un insulto como agresión. La necesidad de sobrevivir en situaciones de continua agresión anestesia incluso la capacidad de reconocer el peligro, la amenaza, el maltrato. Sólo frente a la violencia física con lesiones importantes se prende la alarma.

En ese largo y tortuoso camino, la recurrencia de insultos, descalificaciones y aun golpes es «perdonada» con argumentos seudo racionales: «en el fondo es bueno», «lo hace porque me quiere y yo no hice lo que me pidió», «sólo está un poco nervioso», «el amor es así…hay que aguantar», «me pidió perdón y me juró que nunca más lo haría…», «lo de hoy no fue para tanto…».

Al igual que una planta que requiere para crecer una tierra fértil, el maltrato o violencia crece en situaciones de dependencia y su abono es una baja autoestima.

El maltratador y su víctima suelen ser personas inseguras y dependientes que han experimentado, a lo largo de su vida, otras situaciones de maltrato ya sea como espectadores o como víctimas, aunque esta disquisición es tan sólo una cuestión de grados. El espectador de situaciones de violencia también de algún modo es una víctima en tanto no tenga la opción de alejarse de tales hechos.

En el caso de hoy, Matilde en su niñez fue espectadora de la violencia sufrida por su mamá. Hoy es ella la víctima directa. No consigue alejarse de esta relación sin mayores lazos. Asume que el amor es sinónimo de «aguante» y repite la historia de Blanca. Se ha producido un «acostumbramiento» a la interacción e intercambio de estímulos negativos que sumados a una autoestima muy baja son el campo fértil de las situaciones de violencia.

Y estas experiencias en cualquiera de sus formas y aun en sus mínimas expresiones atentan directamente contra la integridad psíquica de las víctimas menoscabando especialmente su autoestima. Es entonces el momento en que se anula la capacidad de reacción y de discernimiento para detener las agresiones o apartarse de ellas. Surgen entonces seudo explicaciones basadas en el temor al abandono y la inseguridad de la propia valía que alientan al «aguante» manteniendo un círculo vicioso de agresión, perdón, agresión.

Por otra parte Juan, si bien está en el rol de victimario, también está atrapado en una situación de dependencia de la persona de Matilde, a quien maltrata para sentirse superior. La necesita para evitar caer en la realidad de sus incapacidades y carencias. Sin embargo también debe destrozarla como prueba de su superioridad. Es un engaño macabro que intenta alimentar una autoestima maltrecha.

Revertir situaciones como las del ejemplo de hoy requiere un trabajo arduo y continuo, sin duda posible, con el objetivo de revalorizar y nutrir las capacidades personales. Cambiar la vivencia del temor que genera dependencia por la conciencia de la capacidad para «lograr» aquello que uno se propone, aun en pequeña escala. Cada momento o circunstancia logrado en la cotidianeidad, por mínimo que sea, debe ser revalorizado como la gota de agua en un desierto. Se alimentará así la capacidad para tomar decisiones y confiar en las fuerzas propias manteniendo una autoestima alta. Es la luz que tiene la capacidad de ahuyentar la oscuridad del camino del maltrato.

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