SANAMENTE
Cuando los hijos maltratan a los padres
Caso
María está angustiada, ha llorado toda la noche. Andrés, su hijo, que está en España, la llamó ayer por teléfono. María recibió con alegría la llamada, pero Andrés le comunicó que estaba haciendo algunos arreglos para que pasara a vivir en un residencial para ancianos.
María quedó muy sorprendida, ya que es una persona de 72 años y está muy activa física y mentalmente. Pasada la sorpresa, se negó rotundamente a la posibilidad que Andrés proponía. De inmediato quedó paralizada por una avalancha de insultos irrepetibles y luego el corte de la llamada sin una despedida, tan sólo los insultos.
¿Qué pudo desencadenar esta propuesta por parte de Andrés? María, hace unos días, le había contado a Andrés que lo extrañaba y se sentía sola. Tal vez esa es la explicación para esta reacción de Andrés, especulan las amigas con las que María está compartiendo un té. Entre sollozos les pregunta: «¿Acaso aún no puedo seguir viviendo sola, al menos por algunos años más?, o ¿podría haberme planteado ir a vivir con él a España? El está en una excelente posición económica por lo que podría venir a verme o ir yo a verlo para hablar personalmente de estos temas». Las amigas de María no saben cómo tranquilizarla.
Comentario
El caso de hoy se repite con frecuencia en nuestros días. Por un lado, la longevidad como un bien deseado y, por otro, las dificultades relacionales entre generaciones, la distancia y especialmente la pérdida del encuadre de respeto necesario para superar las diferencias.
María, desde su lugar de madre, se ha visto avasallada por la decisión de un hijo que, a la distancia, ha decidido que debe ingresar a un hogar de ancianos. Sin una preparación previa, sin la evaluación sobre el momento y las circunstancias más adecuadas para este planteo, la propuesta se torna más difícil de aceptar. Además de esta decisión sobre la suerte de María, está la forma de relacionarse, que se agrava por la lejanía. Los insultos han desencadenado en María una revisión sobre las renuncias y abnegación para criar a ese hijo. Momentos de lucha y todo con mucho amor. Parece que a la distancia física se suma el tiempo y, en esa lejanía inundada de insultos, el dolor de una madre no tiene consuelo.
La situación de maltrato que angustia a María es lamentablemente muy frecuente en nuestros días. Es una forma de violencia doméstica. Los adultos mayores son insultados por sus hijos o incluso golpeados. Se ha perdido la capacidad para dirimir las opiniones divergentes desde el análisis del problema y la búsqueda de la solución que logre menos resistencia o procure mayor consenso. Tal vez sea ésta otra faceta de esta carencia extendida en la sociedad. La violencia como forma de zanjar las diferencias es un peligroso camino que nada soluciona.
En concreto, el caso de hoy requiere además el análisis desde la situación de Andrés. A la distancia, su preocupación redimensiona las palabras de María. El reclamo de atención y cariño lógicos desde una madre hacia su hijo se convierten en una preocupación sobre la verdadera dimensión de soledad o desamparo por las lógicas limitaciones progresivas de los años. Es entonces que surge la necesidad de una solución: «la interno en un residencial» es la propuesta que tiene la sociedad para la población de avanzada edad. La inclusión de un anciano en el seno de la familia se vive como complicada. Juegan en ésto el ritmo de vida, las dificultades laborales, familiares, económicas y un sinfín de variables como limitaciones prácticas, a veces insalvables.
María y Andrés son dos caras de una misma moneda. La longevidad tan ansiada en algún momento requiere del apoyo de las generaciones más jóvenes. Este apoyo especialmente afectivo también demanda tiempo y recursos económicos no siempre disponibles.
Este problema, que es vivido por muchas personas en nuestra sociedad, no es analizado y conversado previamente a su presentación. Requiere una reflexión de los adultos jóvenes que, previendo su futuro, se preparen para transitar su etapa de edad avanzada. Este ejercicio mental facilitará a unos aceptar situaciones de apoyo o continentación acordes con las limitaciones y, a otros, proyectarse de tal forma de tratar a sus mayores con la dedicación que ellos quisieran para sí.
Tal vez no sea sencillo para los adultos jóvenes imaginarse con más edad, pero es hora de hacer este ejercicio, ya que, como ironizó alguien alguna vez: «La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo». Y esto es una certeza.
Sean cuales sean las circunstancias, es necesario mantener los lazos afectivos sólidos en un encuadre de respeto. Y en las peores circunstancias en que los lazos afectivos fuesen débiles, no es aceptable perder el respeto. Los insultos y golpes desde la situación de preeminencia de la juventud están habilitando el mismo comportamiento cuando la balanza se invierta. Y si hay algo seguro, es que en algún momento esto sucederá. Por ello, más que nunca, es necesario reflexionar sobre un ciclo vital que inexorablemente llega y sobre las condiciones en las que queremos transitarlo.
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