Hugo Nantes
Ayer, en la madrugada, comenzó a ganarnos la congoja. Murió Hugo, nos dijimos, a lo largo de las horas y en voz baja. Una oscura pincelada nos pintó el ánimo.
Decirle adiós a Hugo Nantes: al amigo, al artista, al hombre comprometido que fue siempre, es difícil.
«¡Cuidate pibe…que buenos quedamos pocos…sueltos!» El particular saludo fue a los gritos. Corrían mediados de los 70 y su vozarrón inconfundible se escuchó a tres cuadras de distancia. El podía, porque se animaba y porque siempre fue «el loco Nantes».
Hugo fue el profesor que quiso dar concurso y no pudo, porque el modelo que pusieron para dibujar una naturaleza muerta estaba demasiado muerto. Tenía que rendir prueba de idoneidad para dar clases de dibujo: ¡Hugo Nantes!
El taller de Hugo era centro de reuniones, conocido y tolerado. Amparo para todo tipo de desvalidos, en particular una perrita callejera a la que le puso «Vaya» y «Venga». Tenía dos nombres el pobre bicho y un gran desconcierto. Cuando salía a la calle, Hugo le gritaba «¡Venga!» Y venía, con las orejas gachas y aire de culpa. Entonces tronaba el vozarrón del amo: ¡»Vaya»! y pegaba la vuelta más triste y turbada.
Dicen que no pintaba cuando había visita, pero muchos le vimos meter el gastado pincel (uno común, como para pintar puertas) en los tarros de Inca y de allí a la paleta, un cartón sobre el que se formaba una montañita de sucios colores, y de allí a la fibra de 50 x 70. La pincelada rápida y segura que hacía brotar magia, sin duda las sugeridas formas de un paisaje, el Carnaval, los puertos, las siluetas, los rostros, el campo desolado…
Podía pintar, uno sobre otro, 7 cuadros en 10 minutos, a cuál más bonito. Y uno veía desaparecer una obra tras otra, bajo el inmisericorde pincel que mostraba otra realidad con pocos trazos.
Él se reía mucho con los amigos, nunca «de» nadie. Fue buenazo el Hugo y sufrió por los demás realmente. Le dolía particularmente la mediocridad y la sobrellevó en San José con su increíble sentido del humor.
Cada vez que le pedía para hacer una nota me contestaba: «Andá, buscate alguien que tenga algo para decir» y nunca me fui del taller sin alguna enseñanza nueva.
Del arte, de su arte, de sus pinturas, de sus esculturas o de sus resinas nada puedo decir.
Como amigo y compañero también fue un maestro.
DR
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