SANAMENTE
Caso:
Marita es una mamá abnegada. Ha pasado su vida velando por sus dos hijas junto a su esposo Carlos. Su esmero por educarlas y darles lo máximo a su alcance ha dado sus frutos. Ambas tienen nivel universitario y sueñan en un futuro exitoso.
Ayer Marita se acostó llorando por una nueva separación. Su hija menor acaba de tomarse un avión para empezar una nueva vida en un país lejano. Ese mundo extraño la ha tentado con posibilidades y respuestas a sus deseos de progresar. Marita y Carlos tienen un gesto de triste resignación en sus rostros: están viejos y solos.
Comentario:
En nuestra sociedad ¿quién no tiene un amigo, conocido, familiar que se haya ido del país? La frecuencia de esta situación se constituye en una variable que cuenta a la hora de ver por doquier seres tristones y resignados. La conocida frase: «los uruguayos somos tristes, o grises» tiene muchos motivos entre los cuales la migración se ha instalado desde hace muchos años. Por motivos diferentes sin duda, pero con resultados iguales: familias partidas por la distancia para las generaciones que viven el «trasplante» y distantes en las costumbres e idiomas para las generaciones que pasan a ser uruguayos nacidos en el mundo fuera de nuestro pequeño mapa.
Centrando el análisis en quienes se quedan, es indudable que el sentimiento de pérdida predomina sobre una razón que intenta variados argumentos y muy válidos en muchos casos. Los sentimientos no entienden tales argumentos y el lugar vacío de ese miembro de la familia que se fue, requiere un proceso de aceptación similar al del duelo. Hasta llegar a la resignación y aún con ella, el vacío existe. Solo se amortigua el dolor y se convive con él.
Desde quienes partieron, el sentimiento de pérdida estará también presente. Sin embargo el esfuerzo de adaptación a las nuevas condiciones consume energía, que de esta forma solo se destina a la lucha por aceptar un «trasplante» buscado, cuyo costo es la lejanía de los afectos. En otros casos este sentimiento es tan fuerte que impide la adaptación y obliga a pegar la vuelta «con la frente marchita». Se reconstruye la cercanía de los afectos a cambio de procesar el fracaso de un proyecto.
Sin entrar en el análisis de los fenómenos migratorios, sus motivos y consecuencias a nivel poblacional – tema que no me corresponde-, desde la perspectiva individual y frente a los hechos es necesario poner una mirada que cambie el dolor y pesadumbre por alegría y esperanza.
El principio de realidad, impone la aceptación de los hechos. Sin embargo es posible convertir esos hechos «amenazantes» en oportunidades de crecimiento individual y social. La distancia física de hoy no es la misma de muchos años atrás. En aquellos tiempos las cartas si llegaban lo hacían en semanas. Hoy la inmediatez y accesibilidad de la comunicación permite contactos en tiempo real. Sin duda se ha reducido la distancia. Se la ha permutado por virtualidad. Pero esta característica es parte de nuestras vidas, desde el advenimiento de la computación. Los abrazos con quienes están lejos serán virtuales, pero tienen la misma o mayor fuerza de sentimientos que si existieran físicamente.
La duración de los viajes se ha acortado, existen promociones y son más accesibles. Sobre todo si se cumple el deseo de superación de quienes se fueron y el éxito corona sus esfuerzos y costos de la separación, el aspecto económico no será un obstáculo y se facilitarán los traslados.
Es así que también hoy como nunca encontramos uruguayos viajando para ir a ver a su familia en el mundo. O uruguayos viniendo a ver a los suyos mientras vacacionan.
Lo cierto es que el intercambio con ese mundo globalizado, también «abre la mente» a un mundo lleno de oportunidades, de novedades, de ideas que pueden crecer, desarrollarse y enriquecer nuestro propio mundo.
Hoy como nunca es posible ver a la abuela o abuelo muy motivados en el uso de la computadora para comunicarse con sus afectos del otro lado del mundo. Es esta motivación que ha permitido a una generación muy ajena al mundo de internet, acercarse a la nueva tecnología, usarla a su favor y mantenerse activa e interesada.
Es evidente que todas estas ventajas no sustituyen la pérdida de afectos, de talentos, de generaciones jóvenes que nuestra sociedad vive. Sin embargo una forma de revertir lentamente esta situación tal vez sea cambiar la vivencia de «sangría» a la que se hace referencia frecuentemente por «oportunidad». Para intercambiar, conocer, comparar, valorar y enriquecer aquello que por ser propio es siempre mejor. Tal vez así llegará un momento en que esto propio sea atractivo para los jóvenes y nuestra sociedad pueda darles las oportunidades que anhelan.
Es obligación de quienes quedan luchar por mejorar, remozar y recrear condiciones atractivas de vida enriquecidos por el intercambio y la mirada de ese mundo lejano, pero siempre buscando el sabor de lo propio. Sustituir así, los rostros tristes y resignados por otros esperanzados en resignificar los propios valores y capacidades para resaltar las bellezas y bondades del país hogar.
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