PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

LOS BOLICHES DE LA UNION

Y la orquesta del vecino del barrio Carusito lo popularizó en toda la Vieja Capital. Y por ese bar también veíamos al gran músico Julio Arregui. La Villa de la Unión supo tener, por mediados del siglo XX, gran cantidad de bastiones entrañables donde se adquiría «la carpeta» del oficio de vivir. Filósofos del estaño, pibes primerizos, veteranos cancheros, deportistas y laburantes. Por la misma esquina estuvo «El Apolo», lloraban las copas de caña y la clásica ginebra de porrón que, por aquellos días, era muy accesible. En sus mesas anduvo Tito Pastrana cuando salía en los humoristas La Embajada del Buen Humor, mucho antes de crear su querida Nueva Milonga.

En la brava esquina de 8 de Octubre y Joanicó estuvo «La Proa», muy frecuentado por vecinos del cercano Puerto Rico. Cada tanto había unos broncas descomunales, aunque nunca cuando estaban presentes los boxeadores del barrio Basilio Alvez, Júpiter Mansilla o Raimondi que imponían mucho respeto. Muy cerca, casi llegando a Villagrán estaban dos boliches muy concurridos, «El Balear» y el café del señor Stratta que era muy apreciado por los parroquianos y vecinos por ser una persona muy servicial y fraterna en los momentos difíciles. Por 8 de Octubre y 20 de febrero, supo hacer historia el boliche «Los Vasquitos» que perteneció al gran golero de Nacional y del combinado celeste Aníbal Paz. En sus mesas se veía cada tanto al gran Obdulio Varela, ya retirado del fútbol, que venía a conversar luego de jugar a las bochas, que fue su gran pasión en la madurez.

Por 8 de Octubre y Larravide, había un gran bar de tragos que se hizo famoso también por tener en su frente un kiosco de quinielas atendido por Raúl Bentancor. Fue un gran jugador de Danubio y también brilló en el fútbol brasilero, y luego, en su kiosco, tenía fama de dar buena suerte a los apostadores. En la clásica esquina de 8 de Octubre y Comercio, la leyenda y la realidad se confundían en dos grandes boliches llenos de historias. Fueron «El Hércules» y el «Nuevo Esperanza» cuyo dueño fue también propietario del Cine Versalles. Luego de los corsos de la Unión, sus mesas desbordaban de disfrazados y máscaras sueltas que se tomaban una de apuro antes de arrancar por los tablados del barrio.

Los guardas y los choferes tenían su boliche exclusivo por 8 de Octubre y Habana y su mostrador fue testigo de grandes discusiones por horarios incumplidos, cambios de ruta o relevos con atraso, temas propios de los trabajadores del transporte. «Las Chispitas», se ubicó por 8 de Octubre y Forteza y entre sus parroquianos estuvieron Juan Carlos Croccia, violinista y luego director de su gran orquesta tanguera y también el talentoso Walter Silva un gran pianista y también compositor de éxitos. Sobre la principal avenida del barrio y Corrales, estuvo un café de gran arraigo carnavalero. Se cuenta que en sus mesas nació la llamada «murguita» de Don Timoteo, todo un emblema de la tradición carnavalera. Las llamadas murgas de la Unión que, luego se enfrentaron a las de la Teja, mucho tuvieron que ver con aquellos boliches barriales. Casi en el límite de la Unión, en Propios y 8 de Octubre, estuvo el «San Antonio» que sobrevivió hasta hace poco tiempo. En sus lejanos inicios sus mesas, de madrugada, se llenaban de músicos y cansados bailarines del «Agrícola-Italiano», el llamado baile de los negros, que estaba enfrente. La Universidad de la calle, las sencillas alegrías y los personajes populares tuvieron su lugar en el mundo en aquellos imborrables boliches de la Unión.

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