"El Reposo". Visita a la colonia de vacaciones de La Floresta

El cable a tierra para los niños del INAU

Allá a lo lejos cuchichean algo y se ríen. Una le enseña a otra un paso de baile. «Después de la comida ponemos la música y te lo paso», se dicen.

Luego del almuerzo (una calurosa sopa en un día caluroso y carne mechada con puré), limpieza colectiva mediante, comenzó la música, aunque el baile quedó detrás de la puerta para no cometer el pecado de que alguien las vea bailar. Al presentarse, saludaron diciendo su nombre muy bajo. Luego no hizo falta decir más nada: de pronto todas hablaron juntas y estallaron algunas risas.

Después de cumplir con el diario ritual de quitarse la arena de la playa en los ducheros fuera de la casa, llegó el ritual de sentarse alrededor del fogón que, hasta el domingo, no se encenderá. Junto a él, el pasto, la cancha de fútbol y el tejido para jugar al vóley.

Allá van las invitadas de esta semana que, a pesar de conocerse hacía solo tres días, ya compartían varias historias juntas y algunas peleas ­según confesaron­, pero «nada grave», aclararon. Algunas no conocían el mar y en su primera experiencia también se llevaron de recuerdo haber conocido las aguavivas.

Nancy fue una de las víctimas de estos animales que Víctor, uno de los dos educadores, les mostró bien de cerca, enseñándoles los cuidados que deben tener con ellas. El primer aprendizaje del día fue que Nancy, tras ser tocada por una aguaviva que le dejó una pequeña reacción alérgica en el brazo, fue ayudada de inmediato por una de las chicas que apenas conocía. «Acá se generó un acto de buen compañerismo», destacó Patricia, también educadora, antes del aplauso que se dieron ellas mismas para felicitar la acción.

El lunes llegó esta tropa de chicas. Venían de tres hogares femeninos de Artigas, Montevideo y Tacuarembó. Siempre van cambiando los internos que concurren al centro a vacacionar, y por ende las edades. También van cambiando las historias. Lo que quedan son varios recuerdos y carteles de agradecimiento dedicados a los funcionarios que lucen en toda la casa. A medida que pasa el año, llegan niños de todo el país completando un millar. Según los educadores, «se van con la esperanza renovada».

 

A trabajar

Es el tercer día, luego de una mañana de playa en la colonia de vacaciones del INAU. Miles de niños y jóvenes concurren por año a desarmar la rutina de los hogares, a derribar mitos y demostrar de lo que son capaces en tan sólo una semana. Esta sería otra semana de actividades para el personal del INAU (cuatro funcionarias más las cocineras), encabezado por Ernesto Hernández. Pantalón deportivo, calzado deportivo, buzo deportivo y espíritu deportivo, Ernesto los luce como un gran caudillo al recordar, justamente, «vengo del deporte». Es por eso que entiende que «es bueno que ellas cambien de aire y que disfruten de las actividades», al referirse a las visitantes.

Hace muchos años, unos 20, llegó allí como funcionario (ahora es el director). «Cuando vine por primera vez vi todo lleno de arena, baldío, y me desilusioné mucho. De a poco comencé a trabajar», contó. Así hizo un parrillero, él mismo, y ahora piensa en hacer un quincho, más baños (ya que dos son insuficientes) y perforar un pozo para que El Reposo tenga siempre agua, aunque esté la sequía cerca. Todo con la venia del directorio del INAU, tras el pedido del propio Ernesto al presidente Víctor Giorgi, el día de nuestra visita.

 

El fruto

Víctor y Patricia, los dos educadores que allí trabajan, el último día (hoy) llevarán adelante una jornada donde, entre otras cosas, los invitados de esta semana deberán realizar un sketch preparado por ellos mismos. Víctor se disfrazará de cacique indígena. Patricia es «la futbolera» del grupo, dice el director Ernesto. De hecho presentó varios proyectos vinculados al fútbol femenino que fueron estudiados para ser aplicados en el INAU.

Víctor presentó otro proyecto, pero desde su propia vida. En Rivera, durante su niñez, fue interno de la misma institución en la cual trabaja hoy. «El es fruto del INAU», desliza una funcionaria. Luego de conversar con LA REPUBLICA sobre lo positivo de su experiencia, hoy ­aunque él no lo admita pero sus compañeros sí­ es un referente para los chicos.

«Uno se encariña», explicó Ernesto. Víctor coincide con que se da un «lazo muy fuerte» entre los niños y los educadores.

 

Rompiendo con la rutina

Jesica cumplió años el jueves. Los 17 los festejaría junto a sus compañeras y, en la idea del grupo, estaba hacerle la torta. «Estoy muy contenta de estar acá», dijo. Es que además de romper con la rutina de los hogares donde viven (en el caso de ella en Montevideo), y de sus historias de vida, que a veces no son fáciles de contar, «aprendemos cosas nuevas», destacó.

«Para ellos, en general, es una experiencia, una apertura. Fijate que algunos niños llegan acá teniendo que tomar pastillas todos los días y el miércoles se acercan y me dicen ‘no necesito la pastilla, estoy bien’, no se la damos y pasan bárbaro», explicó Ernesto.

Tal vez el cambio tiene que ver con el entorno, o con las actividades. La Floresta es un hermoso balneario a 50 kilómetros de Montevideo, recostado al mar. Allí está El Reposo, en medio de una comunidad de veraneantes y vecinos que están a gusto de tener allí a los visitantes del INAU. Sin ir más lejos, algunos niños de la zona se acercan a compartir algunas de las actividades recreativas con los niños del INAU.

Una acogedora casa con decenas de camas de cómodos colchones, una cocina, una sala de juegos compartida por el comedor diario y una pequeña biblioteca recibe a los niños y adolescentes. Los días de lluvia, la Comuna Canaria permite la utilización de una biblioteca y cine, dependientes de esta institución. El resto del año, cuando el tiempo lo permite, los niños van a la playa, realizan actividades deportivas y educativas.

«Yo me siento muy bien», resumió Florencia (13), de Tacuarembó.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje